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Presos de la “21” lo mandaron al Seminario

**75 años de vida, 40 de sacerdocio, salud quebrantada, pero plenamente realizado en lo que fue entrega y amor por su vocación ** Su corazón en “Los Pueblos”, la lucha contra Somoza, el respeto por las decisiones de los jóvenes y su relación con la Teología de la Liberación **Sabía por dónde se llegaba a Obispo, pero nos dice: “No viene a la Iglesia a buscar puestos”

Edwin Sánchez

Monseñor Guillermo Quintanilla es un hombre de 75 años, 40 de sacerdocio, dos infartos, un derrame y una fe tan blindada que cuando habla de Cristo se emociona como un jovencito al hablar de su banda de rock preferida.
En el año 2001 le llegó la edad del retiro en Niquinohomo. “No era eso lo que yo quería, sino dar lo mejor a la parroquia, y me di cuenta que ya no podía darle lo mejor porque ya no leía, ya no estudiaba. Entonces no quería estar engañándoles ni engañándome yo mismo”.
De donde fue el Cine Darío, 75 varas al norte, un hombre está en cama. Una vida hecha, y los evangelios todavía en pie, por donde predicó, adelantan el cuadro que alcanza en un pequeño cuarto donde hay libros, pero también medicamentos, ruidos de la calle que se apagan y un silencio como de iglesia.
Convencido de que los días del púlpito agotaban su calendario, habló con el cardenal Miguel Obando, y “él, al principio, no estuvo de acuerdo. Me hizo algunas propuestas, poner un ayudante, un sacerdote amigo, pero yo le dije: ‘Mire, Cardenal, no solamente es eso, sino que la parroquia no da para mucho. Es decir, tal vez para uno, para mí, y con el esquema que yo tengo de administrar el dinero, pues sí: hemos podido estirar y hacer muchas cosas en la parroquia’”.
Hay dramas detrás del altar. La vida se torna difícil para un sacerdote en retiro.
“Al final estuvo de acuerdo y me permitió venir a la casa de mi madre, en las cercanías del antiguo cine Darío”.
Lo vemos con su estado de salud que nada tiene que ver con su robusta fe. Con dificultad se incorpora de la cama. Él prácticamente vive en este cuarto, a la orilla de unos libros, de alguna iconografía. Al lado derecho, sobresale un retrato del Papa Benedicto XVI, pinturas de Cristo y un crucifijo. Y además, un poema escrito por él.
Su madre se llamaba Corfilia, “cor” de corazón, “filia”, hija: Hija del Corazón.
-- ¿Esto anunciaba ya su vocación?
-- ¡Oh, por Dios Santo! Es posible, sí. Yo soy el quinto hijo de ese matrimonio de don José Quintanilla y de doña Corfilia Jarquín.
Prácticamente un infarto lo mandó a dejar su parroquia. Pero Monseñor Quintanilla no parece hecho para este papel, hombre demasiado activo, y que tomó los evangelios como el mejor instrumento para favorecer los cambios. “Después sufrí un derrame y un decaimiento por la misma enfermedad. Esto fue previo a mi retiro, por eso ya no podía. Ya estaba desbaratado. Tengo cuatro años de haberme retirado, voy para cinco”.
Le sirvió a la Iglesia mucho tiempo, casi todo el obispado de monseñor Obando.
Para Somoza era un cura “rojillo”
-- ¿Qué le empujó a usted a abrazar esta carrera por servirle a Dios?
En primer lugar, la necesidad que encontré en la gente y la vocación, el llamado del Señor, el llamado de Cristo, y me dije: ‘Quizás es esto lo que quiere para mí’. Entonces yo lo abracé como lo que yo quería para mí también. Después hubo hechos importantes, por ejemplo, cuando mataron al general (Anastasio) Somoza García.
En ese entonces me echaron preso en “La 21” de León. Era estudiante del último curso de Derecho, y a los estudiantes se nos perseguía y se nos maltrataba. Pues (a los hijos de Somoza) se les metió que yo estaba metido en el complot para matar a Somoza, y así fue que estuve en la cárcel. Y esa gente pobre, miserable de “La 21”, me hizo un poco reaccionar más a favor de mi vocación.
Yo siempre digo: “Los presos de ‘La 21’ me mandaron al Seminario”.
Yo dejé mi carrera de Derecho, me titulé y le traje el título a mi madre, y le dije: “Mamá, me voy”. Y me fui a Salamanca. Ahí estudié todo lo relativo a mi sacerdocio. Allá me ordené.
-- ¿Este episodio en “La 21” marcó su conciencia por la situación social, y no estar sólo viendo al más allá, sino que estaba con los pies en la tierra?
Yo estaba muy claro de lo que estaba pasando y de lo que Nicaragua buscaba, que era un estado de liberación, y también eso me empujó al sacerdocio. Yo creí que desde el sacerdocio podía hacer mucho en beneficio de la libertad del pueblo. Así fue, siempre estuve predicando sobre la libertad. Ha sido muy duro mi papel en la Iglesia, porque he recorrido parroquias muy duras. Cuando me trasladaron de Managua a Los Pueblos --eso es muy importante en mi vida--, yo asumo Los Pueblos totalmente, y Los Pueblos me asumen a mí.
Yo soy parte de Los Pueblos. Esto fue en 1968. Me mandaron a Masatepe, el primer pueblo donde estuve. Ahí me relacioné con los muchachos, muchos de ellos resultaron posteriormente ser sandinistas. Después, cada quien tomó lo que le parecía. Yo formé unos hombres con amplitud de criterio. Cada quien escogió lo que quiso, ya en el caso de sandinismo o no sandinismo.
-- ¿Somoza Debayle lo catologó como un cura rojillo?
Ah, como no. Éramos los curas rojillos. No nos quería. Era una lucha permanente contra el general y contra su gente también.
“Sabía que molestaba al gobierno”
-- ¿No había ninguna contradicción entre el modelo de Jesucristo y el tener un papel beligerante de conciencia y de voz de los necesitados y hambrientos de justicia? ¿Nunca tuvo problemas de conciencia de “me estoy metiendo en política”, “esto no debe ser así”, “o es parte de mi papel de sacerdote”?
Yo creo que sí, que mi decisión fue una actitud muy consciente en ese sentido. Yo sabía que molestaba al gobierno. Sabía que molestaba a mucha gente, pero sí sabía que lo que estaba haciendo era en beneficio del pueblo, era una lucha interior, claro, pero al mismo tiempo era una lucha que me permitía acercarme cada vez más al Señor. No estuve en ningún momento separado del Señor, y menos de la Iglesia. Eso sí hay que tenerlo muy claro.
-- ¿Cómo hacía usted, si en la Iglesia Católica hay dos tendencias, una conservadora, y otra más de compromiso social, y usted, a pesar de su cristianismo activo, no siguió la Teología de la Liberación?
Entendí la Teología de la Liberación, pero no quise usar esa teología como un arma a favor de los políticos o de la política en Nicaragua. Esta Teología la estudié perfectamente en el Instituto de Pastoral de Quito con los grandes hombres de la Teología de la Liberación, sin embargo, no fue para mí algo que debiera realizarse materialmente en la política, y peor en la política partidaria de Nicaragua. Eso fue lo que pasó. No me llenó la Teología de la Liberación. Yo admiraba la Teología, pero creía que tenía su propio papel, mas no el papel de darle vida a una revolución socialista como en muchos países en esos momentos.
-- ¿Hasta dónde podía llegar el compromiso suyo como cristiano: formar hombres con mentalidad libre en Cristo?
Exactamente, eso fue lo que hice en todas mis parroquias. Tú preguntas a la juventud, y te dirá quién fui yo: “Esto me lo enseñó el padre Quintanilla”.
--¿Dejó un rastro en el corazón de mucha gente?
Oh, sí, sin lugar a dudas. Nunca hice partido por mí mismo. Más bien era el partido de la gente, de los muchachos jóvenes, de los ancianos.
-- ¿El papel del sacerdote llega a cierto punto, y después los laicos son los que después deciden si toman este gobierno u orientación política?
Eso lo decía Pablo VI, y San Pablo lo decía: “Hay que probarlo todo y quedarse con lo bueno”. Esa teoría es muy importante en el sentido de ser quien uno es. La gente es la que tiene que decidir. El cura no tiene que meterse a decirle al pueblo, ustedes tienen que hacer esto, ir por aquí, votar por tal. Yo creo que no. Que voten por quien quiera. Eso es precisamente lo que yo hice, y sobre todo, con los muchachos que me tocó guiar.
-- Es el libre albedrío de lo que hablan las Escrituras.
Creo que el Señor Jesucristo es el Maestro en todo, y es el Maestro de la libertad, el Maestro de la verdad, y todo eso a mí me emociona, me transforma, me llena, y lógicamente me siento siempre cura.
-- A pesar de…
“…Que ahora ya no tengo una parroquia. Pero sí siempre estoy ligado a la Iglesia en cualquier circunstancia. Acabo de hablar con el nuevo Arzobispo (Brenes), y cuando hace un mes que regresó de Roma, hablé con el señor Cardenal. Nos estimamos mucho, y con el señor Arzobispo yo soy amigo de mucho tiempo”.
Estas palabras parecían alumbrar su rostro. Lo vi emocionado. “Me siento siempre cura”.
-- Monseñor, esta actitud de tomar el Evangelio con todo lo que ha tenido de vida, sabemos que le provocó problemas con Somoza, pero eso es algo lógico. ¿Dentro de la Iglesia, con la jerarquía de entonces, no causó ciertos roces?
Sí, a veces. Recuerdo cuando yo era Presidente de la Asociación del Clero Nacional. Ahí tuve algunos roces con algunos obispos.
-- ¿Le dijeron que se calmara, que no comprometiera a la Iglesia?
No solamente los de la Iglesia, sino también mi familia. Me daban ciertas pautas, orientaciones, no herir la conciencia política de nadie, y eso fue para mí una gran ayuda en mi camino sacerdotal. Sobre todo Pedro (Joaquín) y Raúl Quintanilla.
---Recuadro---
“Nunca tuve
vocación
de Obispo”
-- En la Iglesia hay promociones, y todo eso. ¿Su actitud socialmente comprometida llevando el Evangelio a sus máximas consecuencias no frenó su carrera en la escala jerárquica?
Pues, yo creo que no. Yo sabía perfectamente qué se necesitaba para subir en la Iglesia. Pero yo no vine a la Iglesia, como le dije al Cardenal Obando un día: ‘Yo no he venido a la Iglesia a buscar puesto’. Para puestos, yo ya los tenía. Yo me fui al Seminario siendo abogado y siendo Subdirector de la Normal de Maestros de Nicaragua. Yo he venido aquí a la Iglesia no a buscar algo que me haga brillar. No lo necesito. No necesito brillar. Mi brillo surgirá cuando yo realice las obras del Señor.
-- “En tu luz veremos la luz”, dice el Salmo.
-- Exactamente, así es.
-- No buscó privilegios, pero cierta gente, sea adentro o fuera de la Iglesia, busca siempre la ostentación.
Sí, pero yo no tuve esa vocación. Yo nunca tuve vocación de Obispo, por ejemplo. Ni la busqué. Más bien hice aquello que era contrario a favorecer ese ascenso que tú dices. Lo hice todo al revés. No creas, el mismo cardenal Obando me dijo: “Yo lo quiero a usted para obispo de León”, en varias ocasiones. Sin embargo, yo nunca le dije sí o no, porque yo no quería ser Obispo. Quería ser párroco de San Marcos, de Niquinohomo, de Masatepe, de Jinotepe.
-- De sus queridos Pueblos.
Sí… me dolió mucho dejarlos. Me hubiera gustado morir al pie de la gran cruz de Niquinohomo, que significa trabajo. La cruz es lo duro del sacerdocio.
-- ¿Se siente bien pagado, satisfecho por esta carrera sacerdotal, fructuosa en la formación de almas, o esperó más? ¿Cómo la sociedad lo ha visto?
Me siento bastante bien porque en cada pueblo, en cada parroquia donde estuve, dejé mucho cariño. Me quisieron mucho, y yo los quise también muchísimo. Hablamos de Masatepe, Diriamba, San Marcos, Jinotepe, aún Juigalpa, donde estuve tres años, a raíz de la expulsión de Monseñor (Pablo Antonio) Vega. El Cardenal pensó en mí no como obispo, sino como administrador. Y lo hice, y me parece que no lo hice mal.
-- ¿Ya no da misa?
Como no, le pedí al Cardenal al retirarme que me permitiera celebrar en mi casa, por lo menos el día domingo. Y ese día nos reunimos aquí mis hermanos, mis amigos, la gente del barrio, los viejitos del barrio vienen.
Mi enfermedad me ha arruinado. Tenía más o menos una idea de cómo iba a vivir. La Iglesia me da 200 dólares, sólo para la luz y unos pagos. Pero mis amigos no me han abandonado. Esos amigos de Los Pueblos son los que me mantienen ciertamente, y si lo decís, dilo:
Estoy tan agradecido de la gente. Yo creo que también me ayudan algunos amigos que se hacen al correr del tiempo. A base de la ayuda de la Iglesia que es poca, y de los amigos y la colaboración de mis hermanos que tienen poco, vamos adelante.
El sacerdote, al borde de su cama, añora la parroquia de Niquinohomo, su altar barroco, y ahora sólo ha quedado con su única arma de reglamento: su fe, la misma que hizo mover las montañas…