Nacional

Sudor, cueros, suelas y una lucha por exportar

* Pequeño empresario que ha revolucionado el taller artesanal de su padre, hasta convertirse en un distribuidor nacional y potencial exportador * Zapateros deben buscar modelos actuales, porque los nicaragüenses ya no sólo quieren “vestirse barato, sino que quieren estar a la moda”

William Ortiz calza y alimenta a los masayas. La “necesidad” lo ha llevado a desarrollar dos negocios distintos entre sí, pero que a él le garantizan una renta estable.
Ortiz es administrador de profesión --con estudios en Estados Unidos--, zapatero por herencia y panadero por añadidura, porque su esposa es propietaria de una panadería de la que él es socio. Pero la actividad que más lo apasiona, y en la que ha invertido tiempo, dinero y conocimientos, es la fabricación de zapatos.
En su casa --ubicada dos cuadras al oeste del Colegio Salesiano en Masaya-- este hombre de rasgos mestizos ha construido un pequeño taller, donde emplea a 14 trabajadores, que a diario fabrican un promedio de 25 pares de zapatos.
El taller de Ortiz ocupa más de la mitad de la casa. Es un espacio acondicionado para la zapatería, donde está la bodega y sala de confección, separadas apenas por una pared de cemento. Un pasillo que recorre toda la casa, conecta ambos espacios.
En el taller, los trabajadores manejan las máquinas, que según Ortiz han sido recientemente adquiridas para “mejorar la calidad del producto”. Así, bajo un calor desesperante, los trabajadores cortan y pulen el cuero, cosen las suelas y le dan forma a los zapatos que más tarde se venderán en tiendas de todo el país.
Este proceso, al que Ortiz llama “seccionado”, forma parte de un cambio impulsado por este pequeño empresario, quien aprovechó sus conocimientos de Administración de Empresas para “rescatar” el negocio familiar.
Una tradición familiar
La zapatería ha sido la actividad económica de la familia Ortiz desde hace 20 años. El padre de William, Manuel Ortiz, comenzó a fabricar zapatos para niños “como una alternativa para obtener ingresos extras”.
Don Manuel era obrero en Cecalza, una fábrica de calzado ubicada en Masaya, que antes de la década de 1980 se presentaba como una de las más importantes del país en su ramo. En la fábrica aprendió el oficio, y luego del debacle de la industria, comenzó la actividad en su propia casa, aunque de forma artesanal.
Con la apertura política de los años 90, William Ortiz fue beneficiado con una beca para estudiar cursos de Administración de Empresas en Estados Unidos. Ahí conoció la importancia de elementos como el mercadeo y los procesos de calidad en un sistema de producción.
Cuando regresó a Nicaragua, William le propuso a su padre cambiar la forma de fabricación de zapatos. La idea era pasar de confeccionar zapatos para niños a calzado para adultos, mejorar la técnica de producción, hacerse con una marca y obtener maquinaria especializada.
“Pasamos de producir de una forma artesanal a una semifábrica”, comenta.
Pero ese no fue el único cambio. Desde que William inició la “revolución” en el negocio familiar, Manuel pasó de dictar todas las órdenes a ocupar un cargo que sólo existía en las grandes fábricas: supervisor de calidad.
“Él se encarga de que los trabajadores cumplan con todas las normas en la fabricación del calzado”, explica William, mientras su padre se acerca para formar parte de la conversación.
Es cerca de la una de la tarde y el calor se hace insoportable en el taller. La humedad se siente en ese ambiente con olor a cuero nuevo y pegamento, mientras pequeñas gotas de sudor se asoman por la frente o recorren suavemente la espalda. Los trabajadores continúan con su ajetreo, impávidos, mientras la conversación transcurre de pie, entre las mesas de trabajo.
El papá de William bromea sobre la falta de costumbre de las visitas que hoy invaden el taller, que sin quejarse, dejan ver en sus rostros lo difícil que es soportar ese bochorno.
“Tendría que estar más tiempo aquí”, bromea, “nosotros ya estamos acostumbrados”.
Cobertura nacional
En los últimos cinco años, William ha recorrido todo el país en busca de mercados para sus zapatos. Viaja de ciudad en ciudad, cargando muestras de los productos que fabrican. Se presenta en las tiendas, charla con los dueños y los convence de la calidad y el precio de su calzado.
Esto lo comenta orgulloso, con un aire de satisfacción en su rostro, remarcando que es algo necesario “para mantenerse frente a la competencia”. Ahora, la pequeña fábrica de Masaya abastece con calzado a tiendas --William remarca que son “tiendas” y no locales de mercados-- en Jinotega, Matagalpa, Estelí, León, Managua, Juigalpa y Río San Juan.
“Yo contacto las tiendas y me presento a los vendedores. Les damos crédito, por lo que se ha hecho más fácil obtener clientes. Hoy en día el producto ha tenido mucho éxito”, agrega.
Diseños propios
En el taller, los trabajadores fabrican 25 modelos diferentes de zapatos, que han sido sacados de revistas de moda o por “búsquedas en Internet”, como explica William. La idea es actualizarse siempre, porque, según él, los nicaragüenses ya no sólo quieren “vestirse barato, sino que quieren estar a la moda”.
En el puesto de exhibición de la casa de los Ortiz, que ocupa la entrada de la vivienda, la familia muestra a los visitantes los modelos que ellos fabrican, y cuyos nombres están en inglés. Así, comparten el pequeño lugar los New Man, Runner Ball, Work Land, Thunder u otros tantos que también son exhibidos en catálogos y en una página web que William creó para dar a conocer en el ciberespacio su producción.
El costo de un par de zapatos W&R --que es la marca registrada de los Ortiz--, puede andar entre 350 y 450 córdobas.
Planes de exportación
Ortiz quiere iniciar la exportación de sus zapatos, y su mirada se dirige a México y Guatemala, mercados donde, dice, le gustaría comercializar sus productos. Por ahora el empresario ha buscado asesoramiento en la Secretaría Técnica de la Comisión Nacional de Promoción de Exportaciones (CNPE).
Con estas asesorías, Ortiz busca mejorar la presentación y calidad de su producto, así como el empaque, establecer un código de barras y definir el sistema de costos en su fábrica.
Ortiz ha participado en ferias empresariales en Guatemala y México, donde se contactó con ejecutivos de la cadena estadounidense Wal-Mart, quienes se mostraron interesados en su calzado. Luego de algunas reuniones, los ejecutivos de Wal-Mart le hicieron una propuesta de compra, que al final no se concretó, porque el empresario no cuenta con los niveles de producción para satisfacer los pedidos del gigante estadounidense.
“Wal-Mart nos pidió que mejoráramos nuestra calidad, pero como no tenemos la capacidad para proveerles, nos pidieron que nos juntáramos con otros fabricantes para que les vendiéramos el calzado, pero a pesar de sus niveles de compra, no descarto que algún día podamos venderles”, explica William.
Por el momento, agrega, busca un cliente que esté a su alcance, a quien puedan proveerle un nivel de producción aproximado de dos mil pares de zapatos mensuales. Y mientras llega eso, el empresario debe enfrentarse a una serie de problemas “culturales”, como la falta de mano de obra calificada, las dificultades para importar la materia prima o los problemas en la comercialización del producto.
“Nicaragua es una oportunidad, porque en el país hay suficiente demanda para este producto. Todo se trata de abrir un espacio y ser competitivo”, afirma el empresario, mientras camina por el largo pasillo hasta la salida de su casa, donde lo espera una bicicleta que lo llevará a su otro negocio, la panadería, que dirige junto a su esposa.
Déficit de zapatos
* Nicaragua no produce suficientes zapatos para sus cinco millones de habitantes. Datos del Banco Central muestran que en 2005, se importaron 51 millones 310 mil dólares en productos de vestuario y calzado.
* La misma fuente muestra que las exportaciones de estos productos a penas alcanzaron 6 millones 499 mil dólares, es decir, un déficit promedio superior a los 4 millones 481 mil dólares.