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Convertidas en esclavas sexuales de un sórdido mundo

Quienes han logrado escapar de un lupanar, dicen que allá no hay piedad ni para el cuerpo ni para el alma. Los sitios, más de 80 en Guatemala, según la Policía Nacional Civil, son lugares de prostitución a donde van a parar las adolescentes que desde Nicaragua son llevadas con “el gancho” de empleos prósperos y seguros

II entrega de tres partes

Las pocas horas que tienen para dormir terminan a las 8:00 de la mañana, aunque la jornada anterior se haya extendido hasta pasada la medianoche. Algunas todavía se levantan alucinadas por el consumo de licor y drogas, y entumecidas por el maltrato físico al que fueron sometidas por quienes pagaron para saciar su apetito sexual.
La Policía Nacional Civil (PNC) tiene registrado más de 80 sitios nocturnos entre bares, barras show night club), casa de citas y burdeles en el casco urbano de Guatemala. En esos lugares, llamados también “lupanares”, se ofertan servicios sexuales de menores, en su mayoría nicaragüenses y salvadoreñas.
La PNC se declara impotente para frenar esa explotación sexual, pues aseguran que los dueños de sitios, administran una efectiva red de informantes que incluso han infiltrado esa institución. “Fácilmente esta gente logra eludir los operativos”, asegura Carlos Calju, Secretario de Comunicaciones de la PNC.
Eso incluso lo comprobamos el jueves pasado, durante un frustrado operativo que la PNC ejecutó en el lupanar “Eclipse del Amor”, ubicado en la conocida Zona 6, a eso de las dos de la madrugada. Según los agentes, el operativo se planificó apoyándose en información que suministró Casa Alianza y la Procuraduría de Derechos Humanos de ese país.
Impunidad sospechosa
La información que se manejó es que en el sitio había diez menores de edad. Sin embargo, al llegar sólo encontraron adultas. “Con una simple llamada le avisan a los dueños de lupanares, y éstos, a su vez, trasladan a las señoritas”, señala Calju. Según el oficial, los agentes sólo deben conocer detalles del operativo unos 15 minutos antes de ejecutarlo. “La información se maneja en un sobre, y sólo lo abrimos minutos antes de caer, el problema es que entre el tiempo que recibimos la información y una llamada telefónica es suficiente para botarlo todo”, explica.
El operativo, al final se quedó como un operativo anti-migrantes. Algo que sí comprobamos, es que de ocho de estas mujeres, seis eran nicaragüenses. Fueron llevadas a migración y al día siguiente dejadas en libertad, bajo la amenaza de que si no regulaban su situación, un segundo arresto significaría la repatriación a su país de origen.
La impotencia de la PNC se percibe aquí extrema, y a veces hasta sospechosa. Por ejemplo, en el lugar conocido como “La Línea”, ubicado en la llamada Zona 1, hay una estación de Policía, y frente a esas instalaciones hay un callejón (parecido al populoso callejón de la muerte) que lleva a un caserío precario. Es vox populi, que con 24 quetzales, unos tres dólares, se pueden comprar servicios sexuales. “¿Qué usted busca una nica? Aquí las puede hallar. ¿Se las consigo?”, nos dice un sujeto con apariencia de mendigo, cuando visitamos el lugar.
Según la PNC, las zonas más peligrosas donde están ubicados los bares son la llamada 1, 2, 3, 4, 6, 7,9, 10, 12,18 y 21. Igual fama tienen los municipios de Villa Nueva, Amatiplan y San José Pinula. En las localidades portuarias llamadas Barrios, San José e Iztapa.
Ha sido tanta la presión de la sociedad guatemalteca sobre estos sitios para delinquir y la inoperancia de la PNC, que el mismo presidente Oscar Berger se vio obligado el 24 de marzo pasado a ordenar que el Ejército saliera a patrullar día y noche en esas zonas y en otras avenidas de mayor peligro.
Hacia el lupanar
END se propuso conocer un lupanar por dentro. Sin identificarnos oficialmente, conocimos que la mejor hora para entrar al “infierno” es pasada las diez de la noche, aunque funcionan desde las primeras horas de la tarde. La primera recomendación que nos hicieron, fue que sin carro propio, lo más idóneo es entrar en los taxis de color amarillo, los únicos en este país que utilizan taxímetros.
¿Por qué ellos? --preguntamos--: “Es señal de que usted anda dinero, y es más seguro”, nos dijeron.
El lugar escogido fue el lupanar “Ilusiones”, ubicado frente al Mercado San Martín, en la Zona 6. Es un edificio de tres pisos, pintado de color blanco con un vistoso anuncio de la cerveza más popular de Guatemala: “Gallo”. Para reducir los riesgos de nuestra visita, nos apoyamos en un guía que ha estado en el lugar dos veces.
De “Ilusiones” se dice que renueva su “flota de chicas” cada mes. “Es por eso que es el más preferido”, nos dice nuestro guía. Tomamos el taxi en las afueras del Hotel Capri, cerca de las terminales de las excursiones, todo en la Zona 1, 9na. Avenida, Calle Universidad.
Juan, el taxista que nos llevó, entró en confianza rápidamente como todos los de su gremio. “¿Van a celebrar?”, nos preguntó. “Algo así”, respondimos. “A nosotros ya nos conocen por aquí, los otros entran con desconfianza”, nos alerta, como queriendo asegurarse de que al salir no busquemos un taxi sin taxímetro.
Antes de llegar a “Ilusiones” pasamos por dos barras show que están en la misma Zona 6; “El Milagro” y “Eclipse del Amor”. A las 9 y 40, el movimiento en las calles de Guatemala se percibe extremadamente peligroso, en cada avenida se observan policías y oficiales del Ejército, como si se trata de una ciudad en estado de sitio.
Para entrar en la “zona roja”, Juan nos sugiere dar varias vueltas. “No es por el taxímetro”--se justifica con cierta malicia--. “Es que así es mejor, para volvernos familiares en la zona. Recuerden, al lupanar se va como para rematar la noche”, dice muy convencido de que nos hace un favor.
“A las puertas del infierno”
Por fuera, las luces de neón y las figuras intermitentes te invitan a entrar. Desde ahí, el local se ve obscuro y hasta silencioso, pero al pasar todo se vuelve diferente, hay música y el ambiente se vuelve multicolor.
El lugar tiene forma de “T”. A mano izquierda lo primero que resalta es un primer tubo, donde se cuelgan las muchachas mientras bailan. Por ahora está vacío, pero lo rodean unas 30 mesas para cuatro personas. Los juegos de luces de todos los colores te causan una especie de vértigo, que termina cuando tus sentidos se adaptan a la nicotina y “al amargo olor de la Gallo”.
El otro tubo está al fondo, cerca de los baños y de las escaleras que llevan a las plantas dos y tres. Por esa escalera las muchachas bajan “vestidas hasta las manos” y suben con todo al aire, cuando han terminado su número musical.
Los ojos del “hades”
La noche se va poniendo caliente, asomándose las 11. Una mujer con las maneras de un sargento recorre todo el lugar. En la mano derecha carga un manojo de llaves y cuelga al cuello un teléfono móvil. Ella es la administradora del local.
Una voz febril se escucha desde los altoparlantes. “A gozar chicas…les habla DJ Bosco”, grita. Un segundo de silencio y hace sonar un tecno que los asistentes al lugar saludan con aplausos y chiflidos. “¡Rubí, Cristal!, ¿qué pasó? La jefa las está chequeando”, alerta sin señalar a nadie, y haciendo una reverencia a la administradora.
“La jefa” es Mariela Estrada, una mujer que fácilmente raya los 35 años, gorda, blanca, de pelo crespo y forzado rojo. Usa jeans azul, camisa roja, y cuando termina su recorrido ocupa la única silla tapizada del local. Inmediato llena su “trono”, las muchachas le hacen rueda.
Desde ese lugar ella escoge qué chica recibe al que va entrando. A veces ella misma se les acerca y les da la bienvenida. Vimos que bastó una seña, y las muchachas se posicionaron de la mesa que ella señala.
Las “tareas especiales” de las esclavas
Más al fondo está una mujer morena y gorda. Nada femenina. Su trabajo parece ser ordenar que quienes suban a la planta alta por los llamados servicios especiales o dicho en guatemalteco “una chimadita”, lo hagan de forma ordenada y nada más allá de los abusos permitidos.
El día que llegamos, “Ilusiones” estaba de promoción. “Usted hoy paga cuatro jarras (de Gallo cruda), y se toma cinco, por tan sólo 60 (quetzales), (nueve dólares)”, dijo la chica que atendió nuestra mesa. La primer jarra llegó acompañada de maní, tortillas y la invitación de la noche: “¿Quieren compañía? Hoy están como las Gallos, heladas y buenas”, nos dijeron.
Las chicas “servidas” también en la mesa, toman licor y fuman bastante. El verdadero fondo de sus miradas se pierde entre las bocanadas de humo y el áspero maquillaje que retocan constantemente. Aunque a veces les es difícil ocultar el cansancio y la tristeza de esa vida forzada.
Pero no todo es tragos y diversión. Fuimos testigos de algo que, según nuestro guía, es usual en estos sitios: un ebrio besaba a la fuerza a una de las jovencitas. Ella, una morena menuda, sólo cerraba los ojos como para resignarse a lo que la estaban sometiendo. Otra quiso auxiliarla, y la mujer morena llegó a “nalguearlas” a las dos. Hizo una mínima advertencia al agresor y pidió cambio de acompañantes.
La “jefa” subió con ellas, y fue la última vez que esa noche las vimos. “Las encerarron, eso hacen si se portan mal. Hoy no cenan, y hasta les cortan el desayuno”, nos dice el guía. En otra de las mesas una joven blanquita de hermosas piernas era besada por un hombre de unos 45 años, y otros dos la manoseaban desechos en carcajadas sus pechos, sus caderas y su parte íntima. Aquello parecía sacado de una película hollywodense.
La subida…al infierno
El movimiento en las escaleras es como el de un centro comercial. Unas suben, otras bajan con quienes las han comprado por 75 quetzales, unos 10 dólares. Allá arriba tardan el tiempo que sexualmente rinda su comprador casual. Después deben bajar, porque el show debe continuar.
A nuestra mesa llega una joven delgada. “Me llamo Perla”, dice. “¿Están cómodos? ¿Quiéren algo?”, dice mientras se acomoda en una de las sillas que sobran. Dice tener 19 años y se deja ver un sostén provocativamente sexy.
“Perla” luce cansada, hasta que una seña de “la jefa” parece despertarla. De inmediato empieza a bailar y poner sus pocas piezas en la mesa. Termina desnuda al mismo tiempo que DJ Bosco cambia de ritmo.
Mientras eso ocurre, el show continúa en las barras y las demás mesas. En tanto la noche termina, la ropa de las chicas va desapareciendo como por arte de magia. Las que atienden las mesas se mueven desnudas y sobran las manos que tocan y pellizcan.
Al fin de cada pieza musical, las que bailan se cubren por encima con la misma ropa que se quitaron. Otras quedan sin nada, como alucinadas, y suben a los cuartos a esperar otro turno para bailar. A otras, las perdimos de vista porque lograron “engancharla” con un bondadoso comprador.
A la carta
Las chicas tienen instrucciones específicas de provocar de todas las formas posibles a los clientes. Su misión: hacerles consumir lo más que se pueda y de todo lo que se ofrece.
La noche se termina en Ilusiones, donde lo primero que estas chicas perdieron fue precisamente la ilusión de salir de una vida mejor. Quisimos terminar nuestra visita con una mirada “al menú” de esa noche.
“Perla”, que a ratos volvía, se encargó de informarnos que el precio dependía de la edad de la joven. “La prefiere chica o madura”, nos dijo. Las primeras están entre los 14 y los 17, y la segunda supera los 20. “Con 50 dólares sube (a la planta alta), porque si es nica paga más”, nos dijo como incluyéndose.

Vientres a la venta y el final trágico
A algunas las obligan a tener sexo sin condón. Supimos que no es descuido, es mera intención, pues se investiga en Guatemala el lucrativo negocio de la venta de niños para adopción y donación de órganos.
La cónsul de Nicaragua en Guatemala, Gloria Inés Reyes, dice que la oficina que dirige cuenta con varios casos documentados. “Recientemente asistimos al triste caso de una joven que se lanzó del tercer piso de uno de estos sitios. Tenia sietes meses de embarazo, supimos que le dijeron que el bebé debía entregarlo en cuanto naciera. Fue triste”, nos contó.
El consumo de droga en estos lugares es impresionante y necesario, es una forma de atarlas. “Si son adictas, son más controlables”, nos dice el guía. Se cuentan quienes han muerto de sobredosis. Otras han encontrado el final en la casa de clientes, que las pidieron a domicilio. Cuando la Policía las encuentra, nadie las reclama, pues están sin documentos que las pueda identificar, y allá son enterradas sin nombre y sin historia.
(Con la colaboración de Nuestro Diario, de Guatemala).
Mañana:
• La impotencia de las autoridades, y nadie parece decidido a frenarlo
• Organismos contra trata de personas se sienten solos contra un enemigo de poderosos tentáculos