Nacional

Don Josecito y sus 92 agridulces años


Edwin Sánchez

Don Josecito Cuadra Vega está ahí junto con su doña Julia, solos. Una soledad acompañada, y él que nos habla de sus 92 “agridulces años”, mientras el sonido de un hacha entra a desordenarle sus nostalgias.
Él, como siempre nos recibe con su rosario de picardía para no perder su humor y salir invicto de este mundo: no refunfuñar de la vida, no amargársela a nadie y enarbolar su existencia con un firmamento de sonrisa.
Episodio inesperado
Su doña Julia permanece en la silla de su sala como en los poemas que se le hicieron libro y leyenda de amor urbano, pero el día que llegamos, el viernes cinco de mayo, un episodio inesperado le arrancaba una página de su biografía.
Para quien pasara por ese sector de la Colonia Centroamérica, sólo miraría a unos muchachos talando un árbol en un país muy aficionado a arrasar sus bosques con decretos y sin decretos. Para don Josecito era un acontecimiento: “Hace 60 años sembré ese laurel de la india”.
A la casa llegaban las voces de los que con machetes y sogas en mano primero quitaban las ramas y después se preparaban para arremeter contra su fuste. Nos había dicho, sin embargo, que jamás quisiera escuchar de alguien que le dijera: “Viejo cascarrabias”. Seguramente este deseo lo ha logrado con un estoicismo de escuela griega.
Lo vemos caminar despacio. Le preguntamos si continúa escribiendo, y me recuerda la respuesta que le encontré hace algún tiempo: “La fuente se ha secado, las azucenas, las margaritas se han marchitado. Lo que es, lo que son, mis facultades mentales --si alguna vez las tuve--, están perfectas. Lo que no puedo y sospecho que para siempre, y esto para bien de la humanidad, lo que he perdido son mis facultades intelectuales. Pero ninguna víctima, lector o lectora, leerá un verso más de Josecito”.
Su sensible corazón amante
De verdad, su estado de salud ya es de calendario. “Tengo arteriosclerosis coronaria: en buen cristiano quiere decir que mis arterias coronarias, que son las que abastecen de mi preciosísima sangre -- ya me estoy haciendo como Jesús-- a mi organismo, ya no quieren dejar pasarla para que siga palpitando con el mismo amor por Dios, con el mismo amor para mi doña Julia y por el mismo amor a la vida misma, mi sensible corazón amante”.
En la calle, los hombres amarran las ramas que han quedado. Ya no hay hojas y el astro arremete con su fiebre solar todo lo que fue sombra. “Quiero que me recuerden con el amor, con el mismo amor y la misma devoción, con el mismo cariño, con la misma sinceridad con que yo siempre distinguí y quise a quienes fueran mis amigos. Entre esos amigos tengo la seguridad de que cuento con quien escribe esta crónica…”.
El sonido del hacha arrima las voces y junta todo contra el laurel. “Cada machetazo lo siento en mis células”, dice don Josecito. El eco cerrado del corte vibra en sus evocaciones. Lo plantó, lo vio crecer, le devolvió sombra y oxígeno, y le vio morir sin poder hacer nada.
Su propia Vía Láctea
Oyó de guerras mundiales, de la Primera, de la Segunda, de la Fría, de la de Baja Intensidad; vivió tantos huracanes y hasta persecuciones como las que solía hacer el primero de los Somoza, y el segundo y el que siguiera, y pasó épocas de lomazos, revoluciones y conflictos, y él con su poesía, su propia Vía Láctea de palabras que dijera José Coronel Urtecho.
Ahora, desde el porche de su casa mira a su viejo compañero: su árbol, su viejo laurel cómplice, a punto de ser tumbado. “Si el alma tuviera arteria, ese hachazo último hubiera cortado la aorta semi santa de mi alma”.