Nacional

Un ex jefe de guerrilla en estado crítico


Edwin Sánchez

“En este pueblo la gente se mueve alrededor de las campanas”, es una frase que sobrevivirá a Aldo Briones, un hombre que se fue a la guerrilla, ayudó a derrocar a Anastasio Somoza, se arriesgó en innumerables ocasiones, pero cuando su vida estuvo en peligro por insuficiencia renal, soportó el abandono de sus antiguos compañeros de lucha revolucionaria.
Hoy está sedado en el Hospital de Salud Integral de Managua. Su esposa e hijos cuidan de él, y los médicos no decidieron darle esperanza más allá de lo que ellos pueden como profesionales. “Sólo un milagro lo salvaría”.
Doña Ana María Bermúdez, la señora de Briones, dijo que su esposo se complicó cuando le fue extraída una muela. Luego se le infestó, pero por ser un paciente con un riñón transplantado, la misma le afectó los pulmones.
Se le paralizaron los pulmones, le pusieron un dreno e incluso le operaron el cuello. Todo eso le diezmó su salud. Ahorita, dijo la señora Bermúdez, este martes, el pronóstico es que son altas las probabilidades de que fallezca en cualquier momento. Sus órganos comenzaron a fallar.
En cuanto al transplante, los facultativos aseguraron que “es lo único que está bien ahorita”. De acuerdo con el lenguaje médico, Briones es un inmuno suprimido, de tal forma que luego de algo tan común como sacarse una muela hoy, tras la infección que avanzó rápidamente, se encuentra con un estado clínico muy crítico.

Los que se acordaron de él
El ex guerrillero cuenta con 48 años y participó desde los años 70 en la guerrilla. Su primer acto en contra del régimen --según narró a Arnulfo Agüero y a Humberto Meza, en julio de 2004--, fue en la toma de la iglesia de Estelí en 1975, pidiendo la libertad de los reos políticos.
Doña Ana dijo que el general de Ejército Omar Halleslevens, y el general César Avilés, han apoyado a su esposo en estos días.
Briones tiene cuatro hijos. Casi la mitad de su vida estuvo dedicada a la lucha guerrillera, sinónimo de darlo todo por un mundo mejor, y al final, en su libro “Y no dejo de luchar”, cuenta lo que encontró al otro lado del biombo de la utopía:
“Nos hicimos egoístas, arrogantes; la guerra pasó y luego nos hicimos eco del grito “sálvese quien pueda”, el mismo grito que hoy muchos abrazan, aquellos que una vez fueran los grandes revolucionarios, aquellos que formaban parte del mito del sandinismo, aquellos imitadores del Che… de compañeros y hermanos pasamos a Señores…de pensar en un proyecto político y social revolucionario, con olor a pueblo todo el tiempo, pasamos a descalificarlo como utópico sueño de jovencitos…”.
Briones, decepcionado, escribe: “…en fin, la insensibilidad está gobernando hoy en día a este país, de la que no escapa el FSLN. Los problemas sociales no son más que referencias en el discurso... y mostraré un botón de lo que estoy diciendo: ¿Se acuerdan de Marquito? El que anduvo en la guerrilla. Murió sin pena ni gloria, en pleno abandono, solamente algunos sabemos de su fallecimiento. Solo el “Chele” (César) Avilés lo ayudó en la medida de sus posibilidades…”.
El luchador se dedicaba hasta ahora al comercio. Está desligado de toda estructura política.
Su esposa dijo a END que “muy alegre entró al quirófano, el viernes a las 11 de la noche, para la operación de cuello, y salió a las tres de la mañana. Y desde esa hora entró en cuidados intensivos. Él iba muy contento, un poco lamentando que por una muela estaba en la situación que estaba”.
Desde ese momento ella ya no habló con él… salió sedado.

Un jefe guerrillero
Aldo Briones era jefe de la columna guerrillera “César Augusto Salinas” en el norte de Nicaragua. Aldo empezaba a acostumbrarse a su nuevo “nombre” (Santiago), después que había pasado toda una vida como correo de la guerrilla entre Estelí, Condega y Pueblo Nuevo. Pero decidió entrar de lleno a la lucha algunas semanas antes de la insurrección. Contactó a “Esther” --seudónimo de Mónica Baltodano--, y todas sus ideas de los “muchachos guerrilleros” se vinieron de picada:
“Cuando me contacté con la Mónica, recuerdo que estaba esperando a un hombre, ya que la guerrilla era de hombres, y me encuentro a una mujer joven, vestida de estudiante, bella y talentosa. Eso me asustó y me bloqueó la mente. Claro, al irla conociendo, ver su firmeza y valentía, me cambió el casete”.
Fue jefe sustituto de la Aviación, tras la formación del Ejército Popular Sandinista, y participó muy activamente en los operativos militares “Interarmas”, “Repunte-85”, “Danto-88” y “Soberanía”.
Él colgó sus medallas “Camilo Ortega” e “Hilario Sánchez”, en oro, para dedicarse de pleno al evangelio y a la Palabra de Dios, cuando por un milagro no perdió sus riñones.
“Y no dejo de luchar”
Han pasado muchos años, y ahora Aldo es un desempleado. Tampoco goza de los beneficios de oficial en retiro del cuerpo castrense. Editó su libro “Y no dejo de luchar”, para testimoniar la historia que vivió, desde la clandestinidad, hasta que luchó contra una infección renal que por poco le quita la vida.
“Vendí un jeep que tenía y compré una finquita. Luego vino lo más difícil, me enfermé. Vendí la finca, que era de cinco manzanas, para cubrir los gastos de la hemodiálisis. Me trasplantaron un riñón y logré sobrevivir. Ahora, en compañía de algunos artesanos, quiero vender artesanías y café orgánico. No tengo seguro ni beneficio alguno de parte del Ejército; pero por fin hallé el camino del “Hombre nuevo” leyendo la Palabra de Dios, que no pude encontrar en la guerrilla”.
Quizás un episodio que nunca lo cambió de sus primeros lugares en la evocación de su carrera de luchador social fue cuando se tomó la iglesia de Estelí. La gente salió, pero encontró una explicación: “En este pueblo la gente se mueve alrededor de las campanas. Nosotros sonamos las campanas a las seis de la tarde y todo el pueblo se desbordó para saber qué diablos estaba pasando. Entonces me subí en un muro de la iglesia y anuncié la toma y el grito de: ¡Viva el Frente Sandinista! Fue impactante: las campanas y el grito”.
¿Cómo empezaste tu vida en la guerrilla?
“Los que estábamos en aquellos grupos semiclandestinos decían y se admiraban de que el ‘Hombre nuevo’ estaba en la montaña. Entonces había una ansiedad de todos los reclutados de llegar a la guerrilla y conocer a los grandes hombres de la montaña. En esos días sonaban los nombres del legendario ‘Modesto’ --Henry Ruiz--, Carlos Agüero, y otros de la columna guerrillera “Luisa Amanda Espinoza”; y se decían otras cosas como que en el centro de la montaña había talleres de zapatería, que había autoabastecimiento, que andabas armado hasta los dientes, con granadas, fusiles y carabinas. El estereotipo guerrillero era un hombre grande, barbudo y armado hasta los dientes. Cuando llegué, cuál fue mi sorpresa: no había tales barbudos. Entonces me dejé crecer el cabello”.
(END julio 2004)