Nacional

Asentados entre cauce y desechos del hospital

* 26 familias se niegan a salir de sus improvisadas champas a pesar de las notificaciones de la Alcaldía y el peligro que corren

Valeria Imhof

Desafiando el peligro, unas 26 familias cuidan el pedazo de terreno a orillas del cauce que colinda con el Hospital “Roberto Calderón”. Ahí se asentaron hace unos 25 días ante la falta de un lugar para vivir. Ellos están conscientes del riesgo que corren, pero la necesidad de un pedazo de tierra es mayor que cualquier cosa, incluso la muerte. Las champas que levantaron están casi encima del cauce de unos tres metros de altura que ahora está seco debido a la época de verano.
Algunos de los moradores dicen que ya no podían seguir alquilando, por lo que decidieron ir a ocupar ese sector. Ellos reconocen que no es un área ideal para vivir, pero mencionan aquel dicho popular que reza: “La necesidad tiene cara de perro”, y por eso, aún con el riesgo y la advertencia de desalojo aseguran que de ahí no se irán.
La casita de cartón de doña Elena Salgado, de 46 años, se ubica en la franja del cauce. Cualquier niño que caiga puede lastimarse, y, lo que es peor, morir. En invierno el riesgo será más grande, pues las grandes correntadas a causa de las lluvias podrían llevarse casa, familia y todo. Pero ellos ya pensaron en la solución: colocar una maya o un alambre de púas para evitar cualquier tragedia.
Llegaron poco a poco
Las familias se asentaron espontáneamente, comenzaron a llegar una tras otra al ver que las parcelas estaban siendo ocupadas por otras personas. Inicialmente eran 43 familias, pero muchas se fueron por temor a ser desalojadas por la Alcaldía. Sin embargo, los habitantes ya se han organizado, incluso una delegación acudió a la comuna para buscar una solución al problema.
¿Será vida la de estos compatriotas? Una pregunta que ellos contestan con la naturalidad de aquellas personas que están acostumbradas a resistir y a no asombrarse de nada ni siquiera de sus propias penas.
Carlos Alberto Mendoza es uno esos habitantes. “Sí, nos da un poco de nervios vivir a la orilla del cauce porque con los huracanes puede crecer, pero nosotros necesitamos vivir y el gobierno no resuelve nada”, responde. Mendoza dice que llegó ahí para no seguir pagando los 400 córdobas mensuales que le cobran de alquiler.
Carlos nació en Chinandega, pero desde hace 16 años reside en Managua. Vivió un tiempo con su padre, pero una vez que contrajo nupcias tuvo que irse de la casa. Ahí hizo su champita que llega a cuidar todos los días, principalmente en horas de la noche. Aunque la mayoría de los moradores sólo llegan a cuidar el pedazo de tierra otros ya abandonaron su antigua morada y están viviendo en el lugar.
“Yo oí que se habían tomado aquí y viene a ver para ver si agarraba algo, porque necesito donde vivir”, dice Carlos. Su objetivo es dejarle “algo propio” a su hija de cuatro años, para que cuando ya sea adulta tenga su pedazo de tierra y no ande rodando como él.
Notificados de irse
El lunes pasado, los habitantes recibieron una notificación de la comuna, la cual les señalaba que debían irse del lugar en un lapso de tres horas, pero ellos afirman que se quedarán.
Angela Valdivia está embarazada y tiene dos hijos. Dice que pasando en un bus vio que otra gente estaba instalada ahí, por lo que decidió coger su parcela.
El cauce está relativamente limpio en comparación con las toneladas de basura que pululan en Managua, pero con estos vientos el polvo es casi insoportable; sin embargo, Ángela dice que “ahorita está lindo” en relación con la situación como lo encontraron, porque antes era un lodazal con monte.
Los moradores se encargaron de limpiar el terreno y ya hicieron zanjas para que el agua contaminada que sale del hospital caiga directamente al cauce.
“Pensamos rellenar a desnivel para que el agua baje, y hacer un pequeño murito para que el agua del cauce no se rebalse”, señala César Acevedo, otro de los moradores.
“No renunciamos, de aquí no nos movemos porque necesitamos la tierra”, dice César, quien asegura que antes vivía “de prestado” en una iglesia.
César pasa las 24 horas cuidando el terreno, y se ha dado la tarea de quitar la basura y terminar con el lodo que se acumula al lado de las casas. “Mis hijas no tienen dinero para comprar un terreno, y a pesar de las críticas y de la resistencia de la alcaldía es necesario que estamos aquí”, comenta.
Los habitantes indican que han enviado cartas al Distrito 5 y a los concejales, y aunque no creen en los políticos porque dicen que “sólo llegan a buscar los votos”, conservan la esperanza de que les adjudiquen las parcelas.
Doña Elena resume la situación así: “Somos personas decentes carentes de un techo. De acuerdo con las leyes no estamos haciendo lo correcto, pero la necesidad que tenemos es demasiado grande”.