Nacional

El prodigio de imitar con arte, gracia y altura


Edwin Sánchez

La única explicación que Luis Enrique Calderón ofrece para revelar cómo se las ingenia para reproducir con una fidelidad magnetofónica las voces de tantos personajes políticos nicaragüenses, es sólo un gesto de respeto, señala con su índice hacia arriba, y dice con reverencia: “Es un don divino”.
Aunque quizá no lo quiera, el artista que ha acumulado 16 años de labor en la radio, la televisión y en presentaciones en vivo, parece haber llegado, si no al día, al año de su retiro, al menos de las actuaciones en público.
“Ya son 41 años”, nos da un dato que no parece dicho para el público, sino para encontrar en voz alta su propio apoyo a una decisión de la cual da la impresión de no estar muy convencido. Noches, desvelos, fatigas, madrugadas incluso, una vida frente a los reflectores parece que lo desaniman un poco a continuar la brega en el arte de la suplantación, y, por supuesto, nos plantea una salida que nunca se le ha escuchado a ninguno de sus personajes: “Es hora de darle chance a la gente joven”.
Es de los pocos nicaragüenses, junto con algunos vocalistas, que han vivido de la garganta. Jamás existió un humorista tan completo como Luis Enrique. Es de los que nació con una facilidad histriónica que si no ha sido por su talento quizás lo hubiera empujado a la política, y seguramente estaría ahí, en el hemiciclo del Parlamento, en los estrados o en cualquier manifestación convertido en un profesional de la mentira.
Entre el público y el imitador, y en su propio ámbito como administrador de la risa ajena, se manifiesta lo que Peter Wiles denomina “un contacto místico” con las masas. La gente que ha pagado por presenciar y disfrutar de su espectáculo, se deja llevar por las ilusiones que él construye sobre las tablas, y posibilita el momento en que el personaje representado de repente está ahí “a un tiro de piedra” de cualquier consulta o increpación.
Meterse en los personajes le ha dejado una información de primera mano: no creer en ellos. “Son hipócritas, mentirosos, teatristas, pelean ante las cámaras de TV, y cuando cierran el Parlamento los ves cenando en cualquier restaurante o en sus propias casas echándose tragos. No podes inclinarte ni por uno ni por otro, todos son iguales”.
¿Se retira Luis Enrique?
En lo que se refiere al show en vivo, tengo pensado un proyecto en televisión y llegar a todos los sectores. Obvio que no voy a renunciar en este año electoral cuando más trabajo los políticos me dan, entonces quiero cerrar con las elecciones. Ellos hacen su cierre de campaña y yo mi cierre de campaña humorística.
Hay muchos desvelos, desgaste, estoy cruzado con el horario, son 16 años en esto, y pienso que ha llegado el momento de darle chance a la gente joven, a pesar de que no estoy muy viejo.
Vos sabés que en Nicaragua, la mayor parte de los programas son enlatados y la producción nacional casi es reducida a cero. ¿Cuál es tu expectativa?
Confío en mí, en mi trabajo, en mi talento, y confío en Dios que me va a ir bien, así como Él me ayudó desde julio de 1990 hasta esta parte, de igual manera tengo que triunfar en la televisión. No me cabe la menor duda de que la gente va a estar ansiosa de reír, de seguir viendo los show de Luis Enrique, pero ahora más cortos, en programas de media hora semanal.
¿Qué te ha dejado este período de entrar en contacto con la gente y desarrollando tantos personajes?
Entender las necesidades de la población; la necesidad de un país entero para poder reír, de querer salir de la monotonía, del estrés causado por los políticos, que aquí es como desayuno, almuerzo y cena. Respecto al público, me queda la satisfacción que me quiere, no todo mundo, porque no soy moneda de oro. Sí, se siente el afecto en la calle, es increíble.
Hay personajes que van surgiendo, y otros retirados o que mueren, eso causa más trabajo, porque te has habituado a tal personaje y hay que buscar su sustitución, ¿cómo lo asumís?
Además de un reto, obviamente es una meta más a alcanzar, caracterizar e imitar el timbre de voz de los personajes nuevos. Por ejemplo, tengo de nuevos al Cardenal, a José Feliciano y Enrique Quiñónez, y al doctor Noel Ramírez. Fueron muy graciosos en el último show del circo parlamentario.
Para que calcen en tu trabajo, ¿qué debés hacer?, por ejemplo, con el Cardenal, para calcarlo y llevarlo al público…
Primero, nunca se tocó al Cardenal, pues soy católico, por respeto a la Iglesia Católica y a la población que es muy conservadora en el aspecto religioso. Pero, al ver tantas cosas que la Iglesia ha hecho, y ver cómo el Cardenal se inmiscuía cada vez más en política y menos en lo eclesiástico, eso fue un punto de partida para comenzar a trabajarlo, sin caer en el irrespeto para él (toda mi admiración para él) ni para la población, más bien fue aceptado con risas, aplausos. No se dice nada del otro mundo, no lo ridiculizo. Es su voz, casando a Daniel Ortega.
¿Cuál personaje es el que te ha costado para presentarlo bien, y que el público vea que sí se ha logrado?
Edgard Tijerino. Es una voz muy particular, muy rara, pero la trabajé durante un año, y las muletillas, la risa, cuando él está enojado, bromeando, serio. El timbre de voz es caracterizable, pero si te fijás, de los imitadores que hay en el país, nadie lo ha podido hacer.
¿Y el más fácil?
Álvaro Robelo. Cuando miré su spot “¡Arriba Nicaragua!”, con sólo eso saqué el personaje.
El problema es que hay personajes efímeros… El caso de Robelo, ¿qué significa para vos?
Sí, pero calzó muy bien en su momento.
No todo mundo es personaje, ¿cómo lo detectás para llevarlo a un show?
Depende del público, de lo que yo lea, lo que vea en las noticias. Si se habla negativa o positivamente, esa persona de alguna manera está en la palestra y hay que meterlo. Es lo que me impulsó a incluir a Enrique Quiñónez, porque para mí él nunca ha sido un personaje para incluirlo en mi show.
Imitar a determinado político de hecho significa un reconocimiento, un aval, porque ya es una figura.
De alguna manera, la imitación te identifica con cada uno de ellos. Trabajás con la sicología de cada personaje, sus movimientos. Por ejemplo, nunca vas a oír a un Daniel Ortega decir una sola mala palabra, pero a un Arnoldo sí, a un Heberto Portobanco (q.e.p.d.) sí. A un Tomás Borge lo podes ver eufórico, fogoso, y a Ernesto Cardenal lo escuchás tan pausado en sus poemas… Disfruto cada uno de ellos. Son parte mía. ¡Púchica! Tener tantas voces ni yo mismo sé cómo he hecho.
Los que sudan calentura ajena
¿Reconocés que coronás como personajes en la vida real a esta gente porque son sujetos de tu arte?
Claro, porque la gente los rechaza o los acepta. El que sea rechazado o aceptado, yo lo acepto en mi show. Negativos o no, siempre están hablando de ellos, están en el hit parade, apareciendo en cámaras, en los periódicos.
¿Y la gente, en tus programas, cómo los recibe?
Has sido testigo cómo la gente los recibe. La gente comenzó a preguntarle a Daniel y a Arnoldo en uno de los espectáculos. Son personajes fuertes en este país, y la gente de alguna manera tiene que convivir con estos jodidos.
¿Alguna vez has conocido alguna reacción de Daniel en cuanto a la interpretación que hacés de él?
Hace muchos años, cuando me patrocinó la primera gira que hice a Estados Unidos, me dijo que le agradaba el trabajo y que siguiera adelante con su imitación.
¿Ningún otro personaje se ha sentido dolido, disgustado por la forma como lo presentás ante la gente?
Hay alguien que yo no imito, pero suda calentura ajena: Bayardo Arce. Se enoja con todo lo que yo digo. Me parece tonto de su parte, porque es una propaganda gratis que se le hace a Daniel, a Tomás, a todos estos personajes.
¿No será que él quisiera formar parte del elenco?
Ah, no sé. Creo que no, no tiene sentido del humor.
¿Hay personajes que son difíciles, aunque los podás imitar, de presentárselos al público?
Sí, por ejemplo… si me decís, ¿por qué no hacés a René Núñez? La gente medio sabe que era el Presidente de la Asamblea Nacional y que ahora es el Vicepresidente. Digamos, ¿es alguien que le llega a la población? No le llega. No hay ningún interés en este personaje.
Los reclamos de Herty
Lo contrario, ¿Herty te costó bastante?
Sí, un poco. Lo estrené en el Rubén Darío, en pantalla. Me enamoré de ese personaje porque es tan él, es muy original.
¿Tres personajes que sean ellos y nadie más?
Doña Violeta, Arnoldo y Herty. Doña Violeta con sus cosas, el doctor Alemán de igual manera, y Herty es un personaje total. Incluso, es tan sabroso para trabajarlo que le invento más de los disparates que a veces dice. Hasta me ha reclamado: me dice, ¿por qué andas hablando chochadas? ¿No ves que la gente te cree a vos todo lo que decís?
En serio, él me llamó por una parte donde Danilo Lacayo le dice: “Mi queridísimo don Herty, ¿qué opina del desastre del Katrina? Fijate que no he tenido tiempo de ir a esos lados de Los Pueblos, yo, ni a beber mondongo he ido yo”. Lacayo le replica: “¿Y qué es de lo que está hablando?”, Herty le responde: “Catarina, ¿no me dijiste Catarina?
La gente ríe, y le llegaron con el cuento y me llamó, diciéndome que estaba enojado conmigo porque lo ponía como torpe. Pero es parte de la jodedera, que se aprovecha hacerla porque calza en ese tipo de personajes; no calza en Daniel, en Arnoldo, no calza en Tomás Borge ni en el poeta de Solentiname.
Y Ernesto Cardenal, ¿no has escuchado alguna reacción suya?
Al escuchar al leer el poema María, que dice: “María, María, / María, María / María… María”, Ernesto Cardenal. ¡Si eso es poema…! Si vos querés, es un gran poeta, pero ese poema me dio el punto de partida para poder hacer otro tipo de cosas como el poema “Las Torres Gemelas”, donde hay un sonido de avión, Vrrrrrrrrr,fffssshhhh/ “¡bang! ¡ben!,/ ¡bim!, ¡bom!/…¡bum!”, Ernesto Cardenal.
¿Cómo es posible alojar en esa garganta tantas voces, tantas variantes, giros, timbres? ¿Podés explicar eso?
No sé la explicación, y por tanto la explicación sería divina: el de Arriba me dio el don entre millones de nicaragüenses. Lo combiné con la técnica teatral que obtuve en 1988-90, y resultó este trabajo que nunca en la historia de Nicaragua los imitadores habían hecho: los show en vivo, donde una sola persona caracteriza a tantos personajes en una sola noche.
¿Cuántas voces registrás con tus propias cuerdas vocales?
Las que ya no hago: el profesor Julio César Sandoval, Carlos Briceño, Manuel Espinoza Enríquez, Antonio Lacayo, “El Porteño” Jarquín, Enrique Armas, Humberto Ortega, Cantinflas, Álvaro Robelo, Carlos Guadamuz… Los activos Daniel, Arnoldo, Tomás, Juan Luis Guerra, Herty, Quiñónez, José Feliciano…
¿A cuál disfrutás más?
El que me siento suelto, suelto, es Arnoldo. No sé si tiene algo que ver con lo obeso --y se señala--. Si hay un personaje sabroso para trabajar y decir barbaridades, es él. Ah, agrego a la lista a María Fernanda, a Rosa Marina Zelaya. Me costó mucho María Fernanda, imitar sus poses, la pedrería de la cual hace gala. Mandé hacer un pantalón, tratando de llegar a la belleza y hermosura de ella, porque imitar a una mujer es difícil, nunca vas a tener esas dos cosas que ellas tienen: lo femenino y lo bello. Lo hice con un poco de temor de que el público cayera en el vulgareo --¡Ay, amor!--, pero la gente respetó. Fue un trabajo bien elaborado, lo más profesional. Es horrible estar diciendo para un hombre “mi marido”, y con todo, no perdí la concentración. Lo dejé de hacer… no vaya a ser y me agarre por ahí… je, je… ja, ja…
Luis Enrique goza de un don más: el de la gracia. Y es un gran equilibrista: hace reír pero sin recurrir al chiste barato y vulgar. Lo suyo es humor fino, de altura, del mismo linaje de los grandes humoristas latinoamericanos, que, como los grandes valores morales, la solidaridad, las utopías y la justicia hoy escasean en el mundo.