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END completa reencuentro

* Don Carlos Cuadra se comunica con su hija, al principio susurrando y con temor * De repente su rostro se iluminó y respondió con un hermoso “yo también te quiero” * En marzo próximo se podrán abrazar todos, cuando los Cuadra-Oviedo regresen a Canadá y pasen por EU

Oliver Gómez

El esperado reencuentro telefónico no dejó conciliar el sueño al padre, en Managua, y mucho menos a la hija, en Los Ángeles, California. Ambos estaban muy ansiosos de cruzar palabras después de 30 años, de hacer de su sueño una realidad, y ayer finalmente, don Carlos logró hablar con Sandra desde las oficinas de EL NUEVO DIARIO.
Eran las cuatro y 36 minutos de la tarde cuando el hielo de 30 años se rompió entre don Carlos Cuadra y su hija Sandra Carolina Macías. Eso lo recordarán por el resto de su vida. El señor llegó acompañado de su mamá, Narcisa Oviedo, y de María Leonor Cuadra, su hermana, quienes el jueves lograron hablar con Sandra en un primer contacto.
Don Carlos llegó muy lento hasta nuestras oficinas, con mucha dificultad, pues le cuesta caminar debido a sus 59 años y la enfermedad de Parkinson que padece. Tragaba grueso al entrar, estaba un poco rojizo, y seguramente fueron los pasos más largos de su vida, antes de llegar hasta el teléfono.
Ella ya le esperaba, y minutos antes dijo: “Estoy nerviosa, pero estoy lista”. Don Carlos primero susurró invocando a Dios, y las primeras palabras fueron: “Aló… Sandrita, ¿cómo estás hija? No dormí tranquilo pensando en vos… ¿estás bien?”
Era evidente, estaba inseguro por la reacción que podría tener su hija al escucharlo, pero después de un minuto el semblante le cambió. “Yo también te quiero”, le dijo, y su rostro se iluminó.
Sandra lloraba desde el otro lado del teléfono, en Estados Unidos, y hablaba con su padre conteniendo el llanto. Cabizbajo, el señor guardaba su felicidad mordiéndose los labios. Estaba estremecido de aquel reencuentro y no pudo contenerse, le pasó el auricular a sus acompañantes y después elevó a Dios una oración en voz baja, “para agradecer este milagro y calmar los nervios”, dijo.
De la familia, de la madre, de la abuela, de lo ocurrido en 1976 y de muchas otros detalles hablaron, antes de hacer una pausa. Ambos se pedían el número telefónico a cada minuto, los que después se llevaron bien guardados, como un tesoro.
El señor explicó que tuvo un accidente automovilístico de donde salió muy grave, por andar pensando en su esposa y sus dos hijos, “pero Dios me salvó y ahora me deja reencontrarme con mi hija, y esas señales uno debe entenderlas”.
La conversación terminó cuando acordaron que en marzo próximo se podrán abrazar, cuando don Carlos regrese a Canadá. Sandra viajará para conocer a su padre y demás familiares, los que ahora se encuentran de paseo en su Nicaragua natal.
Antes de abandonar las oficinas, don Carlos recordó que su hija se llama Sandra porque él escogió este nombre en 1975, pero no sabe de dónde lo sacó, algo que promete aclarar cuando logre abrazarla en marzo, pues ese día habrá una fiesta con muchos nacatamales, vigorón y mucho sabor nicaragüense.