Nacional

“Su muerte dolorosa me llevará a la tumba”


Ismael López

San José, Costa Rica
I entrega
Doña Juana Francisca Mairena mantiene la vista baja --como si temiera algo-- mientras habla de la muerte de su hijo, Natividad. Tiene la piel arrugada y se nota que es una mujer que ha sufrido mucho. Viste humildemente: vestido negro y zapatos suaves de tela. Llegó a Costa Rica unos días después de enterrar a su hijo en Nicaragua y se prepara para demandar al Estado costarricense.
Está muy enferma. Un tumor le apareció en el costado derecho de su espalda y le causa mucho dolor. La artritis también no la deja en paz; pero dice que está más destrozada emocionalmente. Su hijo, Natividad Canda Mairena, murió la madrugada del 10 de noviembre de la forma más trágica en que ha fallecido un nicaragüense en la historia reciente: despedazado por dos perros
rottweiler; y doña Juana lo vio así, con el brazo casi amputado, sin un pedazo de su labio superior y con un diente menos.
En un informe del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) de Costa Rica, difundido el jueves, se establece que dos policías que llegaron al lugar donde Natividad fue despedazado, pudieron salvarlo disparándole a los animales. Establece también que en dos ocasiones los perros se separaron del joven, lo que bota el argumento de los policías que expresaron que no lo hicieron por miedo a darle a Natividad.
Mientras hablábamos de Natividad, el 12 de enero pasado, no paraba de llorar. Hacía pausas interminables --tiempo en el que me sentí un ruin por estarle reviviendo ese dolor-- para sollozar, y su pequeño rostro lleno de arrugas se llenó de lágrimas. Yo la miraba fijamente y con las manos sostenía mi grabadora, mientras Alejandro Sánchez, reportero gráfico de EL NUEVO DIARIO, agotaba la capacidad de su tarjeta haciéndole fotos.
Vive en suburbio peligroso
Doña Juana se trasladó a Costa Rica unos días después de enterrar en Chichigalpa, Chinandega, en el Occidente del país, a Natividad. Habita temporalmente en un suburbio muy pobre y peligroso, aledaño a la Colonia Guadalupe, en Cartago, a 20 kilómetros de San José, a sólo unas cuadras de donde murió su hijo, en casa de la compañera sentimental de su otro vástago, Regino Canda Mairena, un muchacho campesino que vive en ese país vecino desde hace 15 años y se gana la vida cultivando hortalizas, en condiciones no mejores que cualquier trabajador del campo en Nicaragua.
Tiene pensado regresarse a Nicaragua, y sólo volver a Costa Rica cuando el proceso esté más avanzado. Para hablar con doña Juana tuvimos que atravesar Guadalupe de extremo a extremo. La colonia es tranquila, con poco tráfico. Por las tardes los niños andan en bicicletas.
En el suburbio donde se movía Natividad y donde vive su hermano Regino, las calles son de tierra y están llenas de piedras y hoyos. Lo separan de Guadalupe hojas de zinc viejo corroídos por el tiempo.
Eso es la frontera entre la comodidad y la desgracia, entre la modernidad y el atraso. Después, está la miseria, la marginación y las drogas…
Las calles son angostas y “zigzagueantes”. Por lo menos en la mitad de las esquinas que conté había un grupo de jóvenes perdidos entre alcohol y, obviamente, sustancias prohibidas, que nos quedaron viendo raro para pedirnos cigarrillos. Sus miradas eran profundas, estaban sucios y sus ojos brillaban.
En este ambiente creció Natividad Canda Mairena, desde los 14 años, cuando abandonó su natal Chichigalpa y buscó en Costa Rica las oportunidades que no encontró en Nicaragua.
Pero tampoco tuvo suerte. No halló nada diferente al mundo en el que se desenvuelven la mayoría de los jóvenes de su edad en los barrios marginados de Managua, y las drogas lo atraparon.
A sus escasos 26 años, Natividad había estado preso ocho veces por varios delitos --según publicaciones del diario La Nación--, lo habían deportado por indocumentado en dos ocasiones y “consumía de todo”, relata uno de sus compañeros del suburbio; y agrega:
“No merecía morir así”, despedazado por dos feroces rottweiler --cuando aparentemente sacaba aluminio de una propiedad privada--, ante la apacible mirada de dos policías costarricenses, de bomberos y de un camarógrafo de televisión que filmó la escena. Esas imágenes las repitieron y repitieron dos televisoras, una de Costa Rica y otra de Nicaragua.
Para llegar donde habita Regino, hay que atravesar el patio de la casa de su suegro Luis Hernández Quezada, el hombre que cuidaba el taller, que no hizo nada por salvar a Natividad la noche cuando lo mataron los perros, y que impidió por buen tiempo que entraran las autoridades
En la entrada hay como un túnel pequeño de zinc y ramas secas. Luego está un cauce. En las orillas, en una casita rodeada de zacate, vive Regino con su mujer, Ana Hernández, y seis hijos.
Ahí mismo se hospeda doña Juana Francisca desde que decidió acusar por omisión a las personas que no hicieron mucho por salvar la vida de su hijo, y al Estado costarricense por la negligencia de sus funcionarios.
“Este muchacho (Natividad) me va a matar. Yo no voy a aguantar…, al otro, que me lo llevaron muerto de la guerra (en Nicaragua de los años 80), no iba como iba éste, si hasta un pedazo de labio llevaba menos, no llevaba un diente tampoco”, dijo doña Juana Francisca, mientras en la sala se hacía un silencio eterno, y una periodista española, interesada en contar la historia de Natividad, captaba todo con su cámara.
La historia de doña Juana Francisca es de esas que pocas personas resistirían. Primero se le murió el marido por una insuficiencia renal, luego le matan a su hijo en la guerra civil de Nicaragua, cuando apenas le faltaban unos días para terminar su Servicio Militar; después, su mamá, su hermana… y ahora el menor de sus ocho hijos, lo que más le ha dolido, según ella, por la forma como murió.
Dijo que llegaría en Navidad y llegó en noviembre
Natividad tenía 11 años de no ver a su madre. Lo deportaban y de la frontera se regresaba, no llegaba hasta Chichigalpa, pero siempre llamaba a su madre.
Según doña Juana Francisca, le había manifestado que estaría con ella en diciembre y ella lo esperaba, pero Natividad se adelantó, llegó a mediados de noviembre… pero muerto.
Doña Juana Francisca es una mujer campesina, pobre. Trabajó toda su vida cortando caña en Chichigalpa en los ingenios del Grupo Pellas, y quería que Natividad por ser el menor estudiara. Con los otros no pudo, la pobreza los consumió.
En Chichigalpa hay pobreza, pero ella cree que ahí su hijo no se le hubiera descarrilado. Natividad iba a clase, a sus 14 años ya cursaba tercer año de secundaria, y se fue a Costa Rica a visitar a su hermano Regino y no regresó más.
En ese país trabajó, igual que su hermano, cultivando hortalizas, pero las amistades lo corrompieron. “Aquí (en el suburbio) hay mucha droga y delincuencia, y él se juntó con los muchachos de su misma edad y cayó en ese mundo”, según la compañera sentimental de Regino, una mujer “renegada” para hablar, hija del cuidador del taller donde murió Natividad, que lo recuerda de cuando llegaba a pedir comida e inmediatamente se iba.
Viacrucis de una madre
* A los días de haber llegado a Costa Rica, doña Juana Francisca Mairena fue asediada por los medios de comunicación cuando acudía a una oficina estatal a preguntar cómo iban las investigaciones sobre la muerte de Natividad Canda. La profesora Lilieth López, que se encontraba en el lugar, la emprendió contra la anciana, que ante un discurso antinicaragüense, no halló qué decir.
* La anciana regresó a Nicaragua el jueves en la noche porque dice que en Costa Rica se enferma mucho. Además, ya estaba como indocumentada porque la visa de cortesía que le otorgaron en noviembre se le venció en diciembre.
* Doña Juana Francisca no tiene una pensión ni un ingreso fijo. Ella solicita algún tipo de ayuda para movilizarse a Costa Rica mientras dure la demanda. Hasta el momento, ninguna institución estatal le ha ayudado económicamente. La alcaldía de Chichigalpa le regaló 10 mil córdobas para los nueve días de Natividad y la embajada de Nicaragua en Costa Rica le ha facilitado documentos. Después…, nadie, las instituciones de Derechos Humanos se han limitado nada más a publicar comunicados.
Lea mañana
* Natividad Canda entraba al taller a dormir y había sacado aluminio del local, que luego se lo repartía con el cuidador del mismo.
* La vida está por encima de cualquier derecho de propiedad, afirman juristas
* ¿Lo dejaron morir porque era nicaragüense? Los últimos minutos de Natividad