Nacional

Dolor por crueles palabras de vocero de transnacional

* “Ese señor ni siquiera estuvo en el lugar, nosotros lo sentimos en carne propia”, asegura un bananero * Unas 30 mil personas estuvieron expuestas, incluyendo a vecinos de plantaciones

Valeria Imhof

Trabajaban casi desnudos y sin ningún tipo de protección. En ocasiones bajaban a chequear los pozos sólo en calzoncillos, y por las noches la picazón era tan insoportable que la calmaban con paños húmedos.
El Nemagón los seguía matando, pero los bananeros no sabían que el mortal pesticida iba a causar estragos en su salud y su familia. Después de treinta años el drama continúa, pero ahora con la certeza de que no vivirán mucho.
“Tenemos nuestras vísceras desechas”, señaló el bananero José Esteban Zeledón Ruiz, originario de Chinandega y afectado por el pesticida.
Zeledón dijo estar indignado por las declaraciones del vocero de la Dole Food Company, Humberto Hurtado, quien recientemente señaló que el pesticida se aplicaba dos veces por año por espacio de veinte minutos, y que no había causado ningún daño a los bananeros.
“Como afectado me siento ofendido junto con mis compañeros por las declaraciones del señor Humberto Hurtado. Este señor no se encontraba en la plantación, ni noción tiene de cómo se aplicaba y cómo trabajábamos desprotegidos”, indicó Zeledón.
Él mismo escribió una carta que trajo a este medio, para refutar lo dicho por Hurtado, y sus palabras están llenas de indignación. “Le pregunto al señor Hurtado qué laboratorio estaba en ese momento de la compañía o del Estado, precisando todas las enfermedades que adquirimos y hoy las padecemos; la sociedad de hoy nos tiene como chatarra humana. Hoy usted nos dice burro amarrado, gracias a Dios que uno de los suyos no corrió con esa suerte”…
Hurtado dijo que los juicios del Nemagón eran “tigre suelto con burro amarrado”, ya que según él las transnacionales no han tenido derecho a la defensa ante los juicios entablados en Nicaragua contra estas empresas.
“Los burros somos nosotros, porque a punto de guineos enriquecimos a las transnacionales cuando caían los racimos de frutas y se maduraban en el suelo con el líquido letal que luego comían nuestros hijos”, señaló Zeledón.
Él comenzó a trabajar en las fincas bananeras cuando tenía 17 años. Laboró durante trece años en las fincas “María Elsa” y “Elisa” en El Viejo, Chinandega. Ahora siente que apenas puede caminar y sostenerse.
“No había ninguna protección para nosotros. Trabajábamos al desnudo: sin camisa, sin zapatos y sin guantes. Como no sabíamos leer inglés no podíamos entender qué decían las etiquetas de los productos”, enfatizó Zeledón, al agregar que laboraban de seis de la mañana hasta las diez de la noche, cuatro o cinco días por semana con el cuerpo bañado con el agua contaminada.
Zeledón relató que hacían todo tipo de trabajo: saneo (limpiar la plantación), conchar (cargar la fruta), rodinear (llevar la fruta a la procesadora), trabajo que se encargaban de hacer las mujeres. Además, chapodaban, limpiaban y fertilizaban la plantación. Indicó que la única protección que tenían era un cuchillo descoronador para las damas y un guineo con cáscara en la mano para ver si se podía pasar el proceso o no.
“Cuando llegábamos a la mañana las hojas y las frutas estaban llenas del líquido letal, y bajábamos en calzoncillos a chequear los pozos cuando se trababan las bombas, y cuando regaban el pesticida los residuos regresaban a las fuentes de agua y de ahí tomaba agua el obrero”.
Olor a guayaba madura
Los campesinos desconocían los peligros letales del Nemagón. Lo único que sentían era un olor a guayaba madura que emanaba del líquido, además de dolores de cabeza que se incrementaban a medida que aumentaba su agitación en medio de los rayos del sol. “Cuando no había viento, el pesticida se regaba de las ocho de la noche hasta las cuatro de la mañana, y cuando empezaba el viento se paraba a las once de la noche”, narró Zeledón.
Zeledón dijo que el pesticida se regaba cada vez que la planta lo necesitaba. “Supuestamente era para matar los nematodos de las plantas, pero no fue así, porque al final nos mató a nosotros. Sabemos que estamos completamente destruidos, sabemos que vamos a morir sin ninguna cura se nos dé lo que se nos dé”, manifestó.
El pesticida, según Zeledón, se aplicaba todos los días a través de pistolas de irrigación aérea con una presión que alcanzaba como mínimo 25 metros a la redonda. El ex trabajador del banano recuerda que el color del líquido era blanco hueso, y al mezclarlo con el agua se ponía lila. “Nunca la Standard Fruit Company nos dijo que eso era letal, y que me desmienta un verdadero trabajador de esa empresa si estoy mintiendo o si alguna vez nos dieron equipos de protección”, exclamó.
Zeledón retó a Hurtado a demostrar científicamente que ese líquido no es mortal y que sólo se aplicaba veinte minutos y que automáticamente se absorbía en el suelo.
“Él dice que se aplicaba bastante agua, y para que sepa el señor Hurtado, bajábamos a los pozos a chequearlos sin protección. Sería lícito que se retractara y usara otro lenguaje, porque él no lo vivió y nosotros lo sentimos en carne propia. Yo desearía que este señor se tomara tres gramos de Nemagón cada seis meses para ver cómo estarían sus vísceras”, manifestó el bananero.
Zeledón indicó que a causa del pesticida hoy padece de infección renal, hipertensión y problemas en el páncreas, pero lo más doloroso para él es que quedó estéril. Aseguró que tuvo dos hijos antes de trabajar en las bananeras, pero después ya no pudo concebir. Ahora tiene 53 años. “Quedé estéril por el Nemagón, quedé completamente dañado, y ahora una tortilla con sal me hace daño. No siento ninguna felicidad y mi vida es una frustración completa”.
Zeledón dijo que vio como mínimo trabajar 30 mil personas en las diferentes fincas bananeras durante esos años, y asegura que todas las fuentes de agua de Occidente están contaminadas porque el pesticida es un residual que puede permanecer en el subsuelo hasta 200 años.
“Todos los nicaragüenses que trabajamos en las bananeras estamos afectados por el pesticida, incluso los vecinos que vivieron cerca de las fincas”, aseguró.
Ahora, él espera una justa indemnización y señala que tiene todos los exámenes médicos que avalan su testimonio. “Siento mis pies como fuego, no puedo trabajar, me siento derrotado con una transnacional que no ha querido darnos respuesta”