Nacional

Lisímaco, una estampa de Managua


Edwin Sánchez

Agosto ya se había metido en la casa de Lisímaco Chávez cuando llegamos a buscarlo el 25 de julio de 2005. Lo esperamos sin saber que sería la última entrevista y la más contundente que ofrecería a los medios de comunicación, a través de EL NUEVO DIARIO. Sus declaraciones entonces causaron una enorme conmoción entre los creyentes de la imagen de Las Sierritas: “Yo no creo en Santo Domingo”.
Las fiestas eran su vida. Pero en esa mañana, el ambiente doméstico distaba mucho de ser parte de la mayor festividad religiosa del país. Lo esperamos y pronto apareció el legendario Lisímaco. No hacía falta decir su apellido, o agregarle algo que lo identificara con el santo. De hecho, después de la imagen encapsulada, el otro nombre importante, más incluso que el del párroco o el del mayordomo de turno, era el de este diriambino venido a Managua en 1931.
Ese día, “el torólogo” disipó un poco su efusiva cordialidad. Entonces parecía querer buscar otras vías para una mejor expresión de su fe. Algo rondaba en él que ya no le hacía ser el Lisímaco “de siempre”. ¿Llegamos en el momento oportuno? ¿Es que nos estaba esperando quien ya había estado al borde de la muerte? De hecho, se sentía bien con EL NUEVO DIARIO, por eso nos habló con franqueza.
“Me buscan porque se acercan las fiestas. Pero yo estoy aquí todo el año”. Le aceptamos su protesta. En la sala, un par de cuernos de toro enfurecido terminaban de arreglar la pequeña sala, donde él descansaba en una mecedora. Me llamó la atención que Lisímaco contaba con una réplica de la efigie colocada en su casa, cubierta o adornada con flores de plástico.
Su voz ronca, su cuerpo alto, delgado, el sombrero negro, su energía mermada por un derrame, su larga historia del barco de la imagen, el secuestro de la misma en 1961, para “salvar las fiestas”; las carceleadas que sufrió a manos de la Guardia Nacional de Somoza... todo configuró una leyenda tan popular y propia del santoral capitalino que nadie quizá se imaginó ¡hombré, pero Lisímaco también es un mortal! Nadie se preguntó en cinco décadas: ¿Y cuando ya no esté con nosotros?
Tal vez, y eso cabe dentro de lo posible, Lisímaco, sabiendo que se había hecho leyenda, costumbre, tradición, parte de la cultura popular, empezó él mismo a bajarse de la multitud por sus propios medios, pero con una sinceridad a la cual el pueblo, tan aficionado a la demagogia política y las promesas irrealizables, no está acostumbrado: “Yo no me le he arrodillado a la imagen”.
Después, medios “estridentelevisivos” llegaron como avanzada de una inquisición mediática para que dijera todo lo contrario a lo confesado a EL NUEVO DIARIO. Lo hostigaron, y hasta una periodista, armada con la cámara, lo hizo gritar el clásico: “¡Viva Santo Domingo!
“Los estoy sorprendiendo, ¿verdad?”, nos dijo, casi juguetón, como soltando una primicia que se había guardado durante décadas, quizá presintiendo que le tocaba la última fiesta, el último barco en el cual ya no logró navegar sobre ese mar de almas convocadas por el minúsculo icono, pero debía sobrevivir todavía al primer y último agosto tristísimo de la gran aventura en que convirtió su vida. Tristísimo porque algunos lo apartaron y el alcalde Nicho Marenco debió mandarle custodias para protegerlo.
Así, escribimos: “Casi se podría decir que es el segundo nombre agostino más sonado después de Santo Domingo: Lisímaco Chávez. Ahora sonará más: ‘Para mí hay un ser supremo, ese sí que me ayuda a mí. Santo Domingo no me ayuda’”.
Quedará para los sociólogos entender las causas de esa enorme y diáfana popularidad de un personaje que no necesitó de prosapias, tierras o palancas oportunas para salir de la anónima muchedumbre y darle un nombre y sobre todo rostro y voz a ese sentimiento que siempre se las ingenió para salirse de las doctrinas religiosas y los cálculos políticos y hacerse río, delta y océano de una creencia con varias corrientes submarinas: lo autóctono y sincrético, lo sagrado y lo profano.
Lisímaco se pone el sombrero negro como si fuera parte de su estampa que ayer nomás parecía ser hasta venerada por la gente, y habla --nos habló-- por fin en primera persona. Lo que él siente, su experiencia, su enfermedad, su fe en Dios. Trataba de ser él, y no el “nos”, la meditación y no la bulla. Pero los periodistas de los canales rojos querían más al personaje y no a la persona, la tradición y no al individuo. El “torólogo” se deja imprimir las fotos que le hace Xavier Castro y le oímos sus razones. ¿Era su despedida?
Luego se encarga de que le pasen la tajona, el principal símbolo de autoridad para dirigir, contener u organizar ese multitudinario milagro conocido simplemente como pueblo, a secas, sin nombre, sin apellido, sin partidos ni líderes. Y entre ellos, ahí estaba este hombre, que ya entendía su papel, porque sabía que hay otras prosapias más verídicas y queridas:
En un comprimido de su vida, casi como que fuera de una escuela griega, nos dijo: “Soy heredero de una tradición. Las tradiciones son de los pueblos y Lisímaco es uno del pueblo. Los templos son de los pueblos, y Lisímaco es uno de los del pueblo, y si entré a la Iglesia de Santo Domingo --cuando se llevó la imagen en 1961-- es porque tengo derecho porque soy del pueblo”.
Fue uno del pueblo.
Y fue más: la última leyenda que sobrevivió al terremoto...