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Del paciente mercancía a los médicos “ángeles”

** Un comerciante del Oriental que de un día a otro enfermó de “hemorroides y la próstata” ** Pero el padecimiento era mucho más grave, y entre morir a mediano plazo, pero con mucho sufrimiento, o jugarse la vida en una cirugía, la decisión estaba tomada

Karla Castillo

Quién le hubiera dicho a Lenín Incer Franco que a los 52 años de edad sería un hombre nuevo, como recién nacido. Más que redescubrir la vida, hoy aprecia de verdad cada segundo que puede ver a su anciana madre, a su único hijo, a su esposa y demás familiares, y sabe lo maravilloso que es sentir el cuerpo libre de los espantosos dolores que lo atormentaron durante casi todo 2005.
Don Lenín es sobreviviente de una de las más mortíferas variedades de cáncer, el del colon, es decir, en el intestino grueso. Esta enfermedad suele atacar a personas adultas, pero sobre todo las que pasan de la cuarta década de sus vidas, y aunque no hay una causa aparente que la ciencia haya descubierto aún, se sabe que su aparición está vinculada al consumo excesivo de carnes rojas, grasas, moluscos bivalvos y condimentos artificiales, así como el licor.
Toda la vida trabajando
Pero no era el caso de don Lenín, pues siempre observó una conducta un tanto atípica en comparación con la idiosincrasia nicaragüense, debido a que toda la vida se ha dedicado al comercio de abarrotes y su rutina transcurría agitadamente entre su natal Niquinohomo, en el departamento de Masaya, y el Mercado Oriental, por lo que los placeres excesivos le resultan casi ajenos.
Este comerciante recuerda que los primeros síntomas de la enfermedad aparecieron a inicios de 2005, cuando alrededor del año le surgieron unas “pelotitas” que hacían del acto de defecar una verdadera tortura, y luego también sintió que orinar le resultaba demasiado doloroso.
El primer médico al que acudió, en un consultorio privado de Masaya, le diagnosticó simples hemorroides, y le prescribió ungüentos y medicinas tomadas que de ninguna manera aliviaban el sufrimiento de Incer Franco.
En junio visitó al segundo médico, aquejado siempre por las “pelotitas”, pero éste sólo le echó una mirada y le dijo lo mismo, y la cantaleta del tratamiento para las hemorroides se repitió.
Transcurridos dos meses, en agosto, don Lenín acudió a otro galeno, quien a los dos diagnósticos anteriores sumó el padecimiento de la próstata. Continuó con el tratamiento, pero en vez de mejorar, se sentía morir.
Para septiembre, el comerciante de abarrotes había bajado increíblemente 60 libras de su peso normal. Con menos de 120 libras, Incer Franco sabía que le quedaba poco tiempo de vida, porque ya no podía comer nada, con la certeza de que una vez la naturaleza hiciera su llamado, en el servicio higiénico dejaría la vida, con dolores indescriptibles que lo hacían llorar y gritar desesperadamente, ante la impotencia de sus seres queridos.
Con manos de ángel
Pero llegó su salvación. El 16 de septiembre, por consejo de su familia y en medio de una situación insostenible, viajó a Jinotepe para pedir atención en el Hospital Santiago, donde lo atendieron dos médicos “con manos de ángel”, los doctores Roberto García y Pablo Sandino.
El doctor García, apenas le realizó el examen rectal, le aclaró a don Lenín que no sufría de hemorroides, pero, cauteloso, ordenó le realizaran exámenes de sangre, ultrasonido, TAC y otros análisis, antes de dar un diagnóstico definitivo.
Días después y con los resultados en mano, el doctor Roberto García, quien a sus 40 años ostenta una capacidad impresionante como galeno, lo citó para que llegara con dos familiares a su consultorio, en el Hospital de Jinotepe, y allí le dio a conocer la aterradora realidad de que sufría de cáncer en el colon.
Dolorosa vida
“Con esta enfermedad, si no lo operamos, le quedan tres años de vida, pero muy sufridos, dolorosos. Si lo operamos, el riesgo de que muera durante la cirugía es alto, pero si la resiste, su expectativa de vida es buena”, explicó el especialista en oncología a Incer Franco.
Entre la muerte prolongada y dolorosa y una luz de esperanza, el comerciante no dudó en someterse a la cirugía llamada colostomía, que lo liberaría del tumor, pero le imposibilitaría de realizar sus necesidades fisiológicas de manera normal. En adelante, si sobrevivía, tendría una bolsa adherida a su abdomen para acopiar sus deshechos sólidos.
No había más que esperar, pues el cáncer del colon, por su ubicación, es uno de los más violentos y el riesgo de metástasis -–diseminación de las células malignas a otros órganos-— es atemorizante. La intervención quirúrgica fue realizada el 28 de octubre, y duró seis horas, en las cuales los médicos literalmente vaciaron el contenido abdominal de don Lenín para llegar al tumor, el cual, por fortuna, encontraron sin metástasis, pero para extraerlo cortaron una sección de cinco centímetros del intestino.
Dos meses después de la cirugía platicamos con don Lenín, en esa agitada semana que separa Navidad de fin de año. Su rostro, aunque visiblemente delgado, denotaba la salud de otros tiempos, cuando su vida transcurría entre sacos de arroz y azúcar y cuanta especia se pueda imaginar, en su tramo del Oriental.
El dolor había desaparecido. La bolsa para la colostomía en su abdomen es imperceptible bajo una camiseta holgada que usa en el caluroso diciembre en su casa de Niquinohomo. En las semanas de su recuperación ha consumido una sana dieta de ensaladas, frutas y verduras, pero confía en lo que el doctor García le aseguró, que en poco tiempo volverá a su vida normal, siempre cuidando su alimentación. Mientras tanto, su único hijo se ha hecho cargo del negocio que mantiene a la familia.
Los mercantilistas de la salud
“Es triste haberme encontrado con tres médicos que no vieron en mí a un paciente, sino a un cliente, y dieron diagnósticos equivocados. Un médico como el doctor García es lo que todos necesitamos”, reflexiona don Lenín.
No obstante, el consejo que este comerciante brinda a todo el que quiera leerlo u oírlo, es no automedicarse, acudir al médico y no conformarse con un diagnóstico si el organismo da señales de que algo anda mal, pese al tratamiento. Y sobre todo, pensar que la vida no se circunscribe a la forma en que el cuerpo excreta, pues alguien con colostomía, al igual que una persona que pierde un brazo o una pierna, puede reinsertarse a la rutina normal.