Nacional

El hambre venció a la guerra civil


Primero fue una guerra que duró diez años, donde los hermanos nicaragüenses se enfrentaron en dos bandos: el Ejército Popular Sandinista (EPS) y la Contrarrevolución.
Quince años después, gente que una vez peleó a balazos por diferentes ideales, lucha por salir adelante con los pocos recursos que tienen. Quieren de una vez por todas contar con un poco de tranquilidad y paz, disfrutar de sus hijos y nietos, compartir su experiencia agradeciendo al Creador el haber quedado vivos para enmendar algunos errores que cometieron.
Un 27 de abril de 1989, una mina que estaba cerca de la ribera del río Coco dejó discapacitado a Juan Agustín Cruz, de 47 años, un hombre humilde que tuvo que acostumbrarse a vivir con una pierna y con muletas.
Lo más difícil fue adaptarse a movilizarse más lentamente, a que las demás personas lo vieran con ojos de lástima, y algunos hasta se burlaran de él. Otros, en cambio, han olvidado el rencor y el odio, pues los “líderes” por quienes lucharon una vez en el frente de batalla los han dejado en el olvido. Les prometieron lo que nunca cumplieron y cada vez se vuelve más difícil su situación.
“Para mí, ha sido muy difícil tratar de llevar una vida normal sin una pierna, difícil porque no puedo realizar actividades que hacía antes… me da tristeza no poder trabajar como debería, soy un hombre que siempre luché por mis ideales, pero lamentablemente ellos quedaron en una misma cosa –el Ejército y la Contra—y nosotros aquí “hechos leña”, sin trabajo, sin vivienda y muertos de hambre”, dice Cruz.
Juan Agustín por más que desea trabajar, no consigue debido a que el trabajo en el campo es muy pesado. No puede acarrear, por la fuerza que necesita para movilizar de un lado a otro la carga, entonces lo que hace es sembrar en sus tierras lo poco que luego puede cosechar.
“Realmente estamos bien lejos, es difícil venir aquí –Ayapal— o ir a la capital a exponer nuestras demandas, que luego quedan escritas en papel que se lo lleva el viento… a pesar de todo, lo bueno es que quedé vivo para comprobar que mi lucha fue en vano, hoy nadie se acuerda de nosotros a no ser para las elecciones”, expresa don Juan.
Cerca escuchaba la conversación don Juan Pablo Pérez, de 53 años, representante mayagna de río Bocay. Ambos alguna vez se enfrentaron frente a frente en la misma zona que hoy los une por una misma causa: la pobreza y el hambre.
Nunca imaginaron que después de unos años, tendrían que unirse y tratar de salir adelante no por principios diferentes, sino por el compañerismo y la hermandad que venció el odio y el enfrentamiento de la guerra.
“Yo le ayudo porque sé lo difícil que es trabajar más sin un miembro… en la medida de lo posible trato de comportarme como se debe. Ahora estamos en el frente de batalla contra el hambre, la pobreza y por los que un día luchamos”, manifestó Juan Pablo Pérez.
La miseria le ganó la batalla a la guerra. La gente en Ayapal está clara de algo: fue más poderosa la miseria, el hambre y la pobreza, que los ideales con que lucharon.