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Tragedia de Ayapal aún sacude el alma

La última vez que Ayapal atiborró la página de un periódico fue hace 23 años. No era para menos: 72 niños de origen mískito y mayagna murieron abrazados a sus madres al desplomarse un helicóptero que los sacaría de la zona --entonces de guerra-- irónicamente para salvarles la vida

Era el 8 de diciembre de diciembre de 1982, precisamente el día que Nicaragua gritaba a todo pulmón a la “Conchita”. Allá, los gritos fueron de dolor y sobrada impotencia. Un helicóptero que abandonaba una zona de guerra, estalló con niños adentro, los niños de Ayapal.
“Yo tengo palpable ese día. Todavía me acuerdo del ruido de la caída de ese aparato, fue terrible, allá se perdieron muchas vidas”, recuerda Alejandro Constantino Zeledón Rivera, un lugareño de 65 años.
Ahora todo es un recuerdo, un mal recuerdo para ser más exactos. Ayapal es un poblado de San José de Bocay, Jinotega. Seis horas y media en automóvil son suficientes para llegar a sus caseríos. Allá también la guerra es un viejo recuerdo, aunque con una herencia que ha sido imposible erradicar: la pobreza.
Ese ambiente contrasta totalmente con el clima fresco y sus paisajes. A cualquiera hace creer que aquella gente vive pobre a cambio de su riqueza natural.
En otro mundo
Ayapal está ubicado a 300 kilómetros al norte de Managua, en las profundidades del departamento de Jinotega, donde termina la carretera y empieza la pista acuática del río Bocay. Allá la Miskitu Indian Tasbaika Kum (Nuestra Tierra Indígena Mískita) y Mayagna Sauni Bu (Segunda Tierra Mayagna), son la mejor descripción en lengua nativa que puede hacerse de la zona.
Es un pueblo de una sola calle, de tierra. Sus casas están enfiladas a ambos lados y la luz eléctrica aún no es parte de lo cotidiano de sus habitantes. Encuentran la vida en la crianza de cerdos y la siembra de granos básicos, aunque esta última actividad se mantiene con muchas dificultades.
Allá las radioemisoras que llegan son pocas y hablar del pacto Alemán-Ortega, de los narcodólares o de las “buenas nuevas” de la administración Bolaños, suena como temas que llegan de otro planeta.
“La gente aquí sólo piensa en la comida de los cipotes y los hombres esperan con ansias el fin de semana para amanecer en las cantinas. Cuando termina el fin de semana, va todo el mundo a su faena, ya sea en las plantaciones grandes o en sus huertitas. Es así la vida en Ayapal”, dice una comerciante de ropa en un mercadito del poblado.
El mercadito está sobre la calle única. Son unos cuantos negocios y tiendas improvisadas de comerciantes que llegan de diferentes partes del país a comprar y vender productos de todo tipo. Cerca del río hay otro punto de negocio. Allí los aldeanos de comunidades adentro, descargan lo que producen trasladándolo en botes hasta el centro de Ayapal.
¿Qué es lo mejor de Ayapal? –preguntamos a un transeúnte que “aparcaba” su caballo frente a una de las tiendas. “El fin de semana es alegre”, responde sin voltear.
Gente de “pegue”
Si algo se puede decir de los hombres y mujeres de Ayapal es que son gente que no se dan por vencidos. “Sí, somos gente de trabajo”, nos dice una mujer que nos ofrece unos tamales para “la cenita de hoy”. “¿Qué dice, marchanta? ¿Cuánto le aliño?” —nos interroga.
Conocimos también que algunos trabajan cruzando de lado a lado del río en sus pequeñas canoas a los pobladores. Valor del pasaje: un córdoba. ¿Por qué tan poco? –preguntamos—“Es que aquí lo que menos circula es el dinero, aquí todo se hace más por canje”, nos dice un “transportista acuático”.
“Si no anda el peso, la llevo por azúcar y frijolitos, usted manda, marchantita”, nos agrega. En el mercadito, los establecimientos más llenos son las comiderías. “No son de aquí, son comensales que vienen de Jinotega, hacen sus compras o ventas y se regresan al día siguiente”, señala la dueña de uno de los comedores.
“A caballo” y sin zancudos
Los automotores son contados con los dedos de las manos en Ayapal. Uno o dos camiones fue lo único que vimos durante nuestro recorrido por el poblado. Pero montados, los hay a cada trecho. Los caballos son un medio de transporte que utilizan hombres y mujeres para llegar a sus destinos.
Los niños desde muy pequeñitos transitan las polvorientas calles con sus botas de hule y su machete en mano, que parecen estar hechos de acuerdo a sus edades.
Las noches son tristes, pero buenas para descansar. Contrario a lo que se espera, los zancudos parecen no soportar el clima fresco y más que tregua, reina con ellos una absoluta paz. Ni las cantinas quitan el sueño, porque la falta de luz eléctrica las limita a funcionar “tímidamente”.
La tragedia y la memoria
En los años 80, Ayapal dejó de ser el simple poblado de mískitos y mayagnas para convertirse en cuna de héroes y mártires. La tragedia del 8 de diciembre de 1982 les dio esa nomenclatura, aunque ya olvidada por las generaciones más recientes.
Durante estos últimos 23 años, la única versión que se conoce es la misma que dio el gobierno sandinista al día siguiente de la tragedia: que un misil disparado por “la Contra” había derribado el helicóptero cargado de niños y madres.
Zeledón Rivera y unos pedazos de la nave todavía tirados en la zona del desplome, son parte de los pocos testigos de aquel suceso. La base militar del Ejército Popular Sandinista se encontraba ubicada en donde ahora es su finca “Punto Peñasco”, en la comarca Turuwa.
“El helicóptero realizó varios vuelos trasladando personas de una comarca bien adentro tres días antes de que se cayera”, relató. Zeledón Rivera dice que nunca pudo haberlo derribado un misil enemigo del gobierno revolucionario, porque esa zona era controlada por soldados del Ejército.
“Fue una falla mecánica”, dice. Recordó que el 8 de diciembre los dos vuelos que hizo antes fueron exitosos, pero en el tercero, la nave estalló al tomar altura. “Como que se les quemaron las turbinas y se vino abajo, nunca hubo disparo, fue sólo que se desplomó”, reitera.
“Eso no se olvida fácilmente. Yo mismo ayudé a sacar algunos niños del aparato quemado, y otros que estaban fuera. Todos quemaditos y algunos todavía abrazados a su mama”, dijo.