Nacional

La mayor marea humana del planeta

* Entre 10 y 15 millones de personas llegadas de países de la orilla sur condicionan la política de la UE en la zona

EL PAÍS
El Mediterráneo es el mar de los emigrantes. En torno a sus aguas se desarrolla hoy la mayor migración humana del planeta: desde Marruecos hasta Turquía, entre 10 y 15 millones de personas han abandonado sus países en busca de una vida mejor. La mayoría, entre 5,8 y 10,6 millones, se han establecido en la Unión Europea (UE).
Las estimaciones sobre los extranjeros en situación irregular rondan los tres millones, que habría que sumar a los anteriores. La dimensión del fenómeno ha convertido la inmigración en el eje de las relaciones entre la UE y los países ribereños del norte de África, y entre éstos y las naciones de Oriente Próximo. Su influencia política supera incluso a la de los negocios.
La interpretación de esa realidad varía según desde qué orilla se contemple. Y la primera discrepancia surge en torno a las estadísticas: existen más emigrantes que inmigrantes. Los europeos afirman que en su suelo residen 10 millones de extranjeros procedentes de países mediterráneos. Pero esos países aseguran que sus nacionales suman 15 millones, ¡un 50% más! La diferencia es consecuencia de que, mientras la mayoría de Estados de la UE sólo considera inmigrante a la primera generación de extranjeros, muchos países de origen incluyen, además, a todos los de segunda generación cuyo padre ha nacido en su suelo.
La situación se complica aún más si tenemos en cuenta que los 25 miembros de la Unión Europea carecen de una política común de inmigración, y que es difícil hallar diferencias políticas, económicas y sociales más llamativas que las existentes al sureste del Mediterráneo. En efecto, Argelia, Egipto, Israel, Jordania, Líbano, Marruecos, los Territorios Palestinos, Siria, Túnez y Turquía, cuyas poblaciones suman 260 millones de personas, tienen poco o nada en común. Salvo la diáspora.
Palestina, Turquía, Marruecos y Egipto tienen, cada uno, más de 2,5 millones de ciudadanos en el extranjero. Argelia, más de un millón. Túnez y Líbano, más de medio millón.
Europa es el principal destino de la primera generación de esos emigrantes, lo que supone casi la mitad de ellos. Los estados árabes productores de petróleo, incluida Libia, son el segundo destino, a una distancia considerable de Estados Unidos y del resto del mundo.
El reparto de ese flujo de personas tiene mucho que ver con su lugar de origen. La mayoría de los egipcios, sirios y jordanos, que suelen tener una formación media, se desplazan a los países del Golfo. Los israelíes, que poseen titulación universitaria, viajan a Estados Unidos. Los palestinos, también con un alto nivel profesional, se trasladan a otros países árabes. Son los magrebíes y los turcos, que tienen escasa formación, quienes eligen la UE.
Sólo dos países europeos, Alemania y Francia, acogen tres cuartas partes de los inmigrantes del Mediterráneo. A continuación figuran Holanda, España e Italia. Estos dos últimos ejercen un magnetismo creciente entre sus vecinos del sur.
Los turcos prefieren instalarse en Alemania. Son los más numerosos, aunque su ritmo de llegada ha ido disminuyendo desde la inmigración masiva de los sesenta y setenta. Lo demuestra el siguiente dato: de los dos millones que residían en el país en 2001, sólo un millón eran inmigrantes de primera generación. Otros 890,000 habían nacido allí y 50,000 más tenían doble nacionalidad.
El destino de los marroquíes
Los marroquíes eligen Francia, España e Italia, por ese orden. En nuestro país residen legalmente 473,048. Al contrario que los turcos, su ritmo de llegada es cada vez más acelerado: entre 1993 y 1997, su crecimiento anual fue de 92,195 personas; entre 1997 y 2002, de 132,804, y entre 2002 y 2004, de 253,496. Y ese incremento se produjo casi exclusivamente en Europa. En los últimos 12 años, los residentes en Francia aumentaron en 434,000, y los residentes en España en 358,000.
La inmigración marroquí lleva camino de convertirse en la más numerosa dentro de la UE. Y España ocupa un lugar preferente en sus anhelos.
El caso de los marroquíes sirve para ilustrar las dos políticas que rigen el destino de los inmigrantes. Las autoridades de Rabat favorecen su marcha, pues ven en ella una fuente de ingresos para el Estado a través de las remesas que envían a sus familiares (3,800 millones de euros en 2004). En cambio, los Estados de la UE afrontan su llegada con recelo.
Las fórmulas ideadas en Europa para integrar a los inmigrantes se encuentran en revisión. Ha fracasado la figura del trabajador invitado creada por Alemania, pues no ha conseguido evitar los estallidos xenófobos entre la población. Tras los atentados de Londres, ha saltado por los aires la separación en comunidades nacionales promocionada por el Reino Unido. Y ha ardido el asimilacionismo francés, a causa de los recientes disturbios de los barrios periféricos de las ciudades.
Los líderes europeos saben que deben llegar a acuerdos con los países emisores de inmigrantes, pues sus esfuerzos por impermeabilizar las fronteras del espacio de Schengen son sólo una medida provisional. Hace falta algo más para gestionar con éxito los flujos migratorios. Porque está claro que Europa no puede poner puertas al Mediterráneo.