Nacional

Editorial


Danilo Aguirre

De sociedad civil a instrumento político

La sociedad civil se organiza para alcanzar sus fines, bajos dos escenarios de Estado.
Donde existe una verdadera gobernabilidad, es decir, una aceptación de las reglas de convivencia política entre gobernados y gobernantes, no simples pactos de no agresión entre los que se disputan el poder, los ciudadanos organizados recurren a la sociedad política --los partidos políticos-- y a las Instituciones Democráticas, para canalizar y hacer prevalecer sus derechos o sus aspiraciones.
En los países que no tienen esa gobernabilidad o que no la han tenido nunca, como es el caso de Nicaragua, la sociedad civil se organiza para transformar de manera radical a la sociedad política que la oprime, y utiliza sus demandas sociales inmediatas como denuncia, como algún alivio para paliar las injusticias y la pobreza, pero fundamentalmente para agitar y conspirar por la construcción de un Estado que se maneje con la auténtica gobernabilidad, con la que sólo produce el imperio de la ley, la subordinación absoluta de los gobernantes a la misma y la igualdad de oportunidades para acceder a la educación, a la salud, a la vivienda, a la cultura, en fin, a los condicionantes fundamentales para una vida digna y en perspectiva de superación económica.
Tal como lo habíamos adelantado en otro editorial, los sectores que se disputan el poder político en Nicaragua, invocando una falsificada voluntad popular, terminaron entendiéndose. Alcanzaron su gobernabilidad.
A fin de salir del paso se pusieron de acuerdo para convocar a un diálogo nacional que han calificado “de amplio”, con el objetivo de distinguirlo del que pone fines transitorios a sus crisis prefabricadas.
La sociedad civil organizada o por organizarse en Nicaragua, sacudiéndose uno que otro elemento oportunista, no debe rehuir esa convocatoria.
Será la oportunidad, una vez más, de exhibir frente al pueblo a los que cuando les mencionen poner a discusión la no reelección absoluta o la facilitación de recurrir a plebiscitos, o referendos frente a problemas trascendentales para el país o la reglamentación de la iniciativa popular para legislar o cualquiera otra de las instituciones democráticas que verdaderamente convierten la democracia representativa en participativa, los vean huyendo como los vampiros ante la cruz.
Debe, entonces, caminarse a transformar la sociedad civil en el Estado llano, y como en el juramento del juego de pelota en los albores de la Revolución Francesa, convertirse en el instrumento político de una gigantesca insurrección cívica.