Nacional

Voló y voló y al fin “aterrizó con Jesús”

* Howard Hughes, el excéntrico multimillonario, mandó a un par de mastodontes a malmatarlo por el “delito” de haber llegado hasta su cuarto del séptimo piso del Intercontinental, armado con una cámara * Fue además camarógrafo de Somoza, donde vio toda la lacra del poder: el atropello a la dignidad humana del dictador contra sus más serviles colaboradores, entre otros, el ex presidente Lorenzo Guerrero y Cornelio Hüeck

Edwin Sánchez

Es una existencia muy agitada, tanto en tierra firme como en el aire: ha sufrido secuestros, cañoneos mientras volaba sobre la Costa Caribe, casi mal matado por un par de mastodontes disfrazados de guardaespaldas, editor de una revista, vocero de la UNO de doña Violeta Chamorro, en fin, qué no cabe en las tantas biografías que componen una sola vida: la del capitán José Antonio Bonilla.
Fue el primero que organizó la publicidad aérea, el pionero de introducir en la vida cotidiana los buscadores (beeper), llegó incluso a participar en algunas escenas de la película “Milagro en el bosque”, se compró una filmadora, lo vio Nicolás López Maltez y se lo llevó al programa “Teleprensa” y a la Secretaría de Información y Prensa, donde se volvió el camarógrafo de Somoza. Este domingo, vamos a escoger algunas de sus biografías
“Somoza maltrató al ex presidente Guerrero”
Fui camarógrafo de Somoza y pasé de ahí redactor de La Prensa. A pesar de esas cosas, Pedro Joaquín Chamorro notó una transparencia en mi forma de ser. Era muy profesional. Entré por la puerta ancha, con las ocho columnas. Mi primer trabajo fue sobre la historia de la Guardia Nacional. Me pidieron un segundo y al tercero me contrataron. Agustín Fuentes era el jefe de redacción
Somoza tenía todas las facetas. Tomé muchas fotos cuando el perro se le tiraba encima y le lamía la cara. Lo vi también ser muy grosero. Vi cómo trataba a Lorenzo Guerrero, que fue presidente. Fue bochornoso aquello. Igual pasó con Cornelio Hüeck. Él atropellaba a toda esa gente famosa, con nombre, que no tenía ni idea. Yo estaba en la antesala. Somoza gritaba, refiriéndose a esos personajes a grito partido, furioso: “¡Que no quiero verlo, que se vaya!”
Algo que resentí yo era ver a gente que le decían cualquier barbaridad y ellos se mantenían como perros sumisos, que volvían moviendo la cola... La humillación se volvía un espectáculo.
Después noté que ellos maltrataban a los que estaban bajo su mando. Duplicaban el atropello para abajo. Se desquitaban con otros. Aguantaban a Somoza, pero se comportaban más déspotas que Somoza. A los guardias también los humillaba, los tenía como perros. Y éstos a su vez, ¡viera qué horrible trataban a la gente!
Él se sentía un heredero del poder, como designado por alguna voluntad...
¿Divina?
Sí, divina de estar en el poder. Lo conocí bien. Mi trabajo era a un metro de él.
Casi le toma foto a Howar Hughes
En 1972, antes del terremoto, llegó a Managua el personaje más enigmático --cerca de las esferas de Hollywood-- que haya tenido algo que ver con el mundo real. Era el multimillonario, excéntrico y multifacético, Howar Hughes. Llegó a Nicaragua y se estableció en el hotel Intercontinental, hoy Crowne Plaza. Ocupó el séptimo piso y todas las habitaciones fueron de su exclusividad. Se me dio la misión de fotografiarlo, ya que en más de 25 ó 30 años no se le había visto la cara.
Planifiqué con tiempo la operación, ya que el ascensor estaba bloqueado para llegar al séptimo piso. Logré penetrar al hotel sin que nadie me viera, ya que oculté mi cara y la cámara de manera que no se percataran de quién era. Alteré el ascensor, logré que se detuviera en el piso de Hughes, la puerta se abrió y la detuve. El cálculo era que estaría abierta cuando volviera.
Llegué hasta la habitación que en esos momento, no se por qué, no estaba vigilada por nadie. La puerta estaba entre-abierta y adentro se miraba todo oscuro. Extendí mis manos llevando la cámara lista y disparé el flash.
Inmediatamente se escucharon gritos en inglés y malas palabras. Yo corrí del extremo donde me encontraba en el pasillo hasta la parte media, donde me esperaba el ascensor abierto. Logré llegar. Me sentía alterado. La adrenalina me había acelerado. Por un instante pensé en cuánto ganaría por esa foto.
Activé el ascensor y fue toda una eternidad lograr que se cerraran las puertas. Cuando comenzaron las hojas a extenderse escuché que varias personas vociferaban. Al casi cerrarse las puertas, varios brazos se introdujeron y con fuerza lograron abrirlas.
Me sentí perdido. Me halaron la cámara. Me golpearon en el cuerpo a la altura del pecho. Me sacaron el aire inmediatamente. Eran dos hombres de gran estatura. De raza negra y vestidos de saco.
Mientras uno me sujetaba de la correa de la cámara, ésta se rompió y la cámara fue alcanzada por el otro, quien la abrió, extrajo el rollo y la arrojó contra el piso.
Seguidamente el ascensor bajó. Custodiado por los dos tipos rudos fui sacado a empellones del ascensor y me llevaron hasta la puerta.
Regresé al diario todo golpeado, con la cámara dañada y con la noticia de que no pude hacer la noticia.
Iván Cisneros, (ahora abogado) quien laborada como fotógrafo en La Prensa, dijo que el sí lograría la foto y se fue al hotel. Una hora después regresaba sin la cámara y sin siquiera haber ingresado al ascensor.
Una noche... todo cambió en su vida
Después de ser un hombre de “prosperidad económica” en periodismo, aviación y negocios, me di cuenta que todo eso era basura, mientras mi corazón siguiera como estaba. Yo no hice mayores esfuerzos. Sencillamente escuché que Jesús sí era capaz de transformar la vida de un hombre si tan solo se lo pedía. Hombre, yo voy a probar a ver si es verdad. Un día reflexionando en el fondo de mi casa yo dije: Jesús, si vos existís, si en verdad sos capaz de transformar la vida de un hombre, transformá la mía.
Lo hice como un reto, como un hombre queriendo a ver si era verdad. Yo era cristiano a la manera de muchos.
Yo no escuché ni vi un terremoto, ni un gran viento, ni luz cegadora. Lo que yo sentí es que por primera vez me entró un deseo de llorar. Yo dije: esto no va conmigo, soy hombre macho, fuerte a las mujeres, que son las que lloran, “los maricones”. Pero dicen que los hombres no deben llorar. Y así le enseñé a mis hijos. Y esa noche yo lloré. Lo hice de tal manera que todavía me emociono cuando me acuerdo.
El capitán Bonilla parece estremecido. Su rostro, sobre todos sus ojos, repite aquel momento. Las lágrimas terminan de rubricar la veracidad del episodio.
¿Habló con un sacerdote o no pasó por toda la burocracia religiosa?
No, me invitaron a una reunión de los hombres de negocios hace 15 años. Escuché hablar a alguien ahí de cosas como la mía. Y lo que me impactó fue que no fue un cura ni un pastor, sino un hombre como yo, hablándome de lo que era capaz Cristo Jesús de transformar la vida de un hombre. Con esa reflexión vine a mi casa. Fue cuando dije: hombre, si es verdad que existís abro mi corazón y entrá. Y fue que sentí ese deseo. No pude cuantificar qué es lo que estaba pasando en mí, pero la primera persona que se dio cuenta de lo trascendental ocurrido en mi vida fue mi esposa a la mañana siguiente.
Dijo que mi rostro era diferente. Se imaginan ustedes un hombre con éxito económico, en muchas cosas, de corazón duro, llorando. Esa noche mi vida pasó como en una película y me horrorizó de tantas cosas que yo vi. Por ejemplo, vi que literalmente fui asesino de cinco seres humanos porque a cinco mujeres yo mandé al aborto. Por primera vez me di cuenta que yo había juzgado a Dios, porque yo determiné quién vivía y quién no vivía. Cinco hijos míos no vinieron al mundo. (Hay un silencio, las palabras se ahogan. El hombre que se salvó de un secuestro aéreo, llevado hasta la nicaragüense isla de San Andrés, en los 80, parecía desarmado).
Matrimonio es una empresa
Yo tenía un segundo matrimonio. No entendía. La verdad es que cuando vi la película esa noche yo morí. Fui un hombre nuevo. Como yo morí puedo hablar de ése que ya murió, que ya no soy yo. Yo recuerdo que era arrogante, todo lo resolvía a golpes, a gritos. En la empresa donde yo estuve hacía cosas chocantes. En las paredes de mi oficina quedaron rastros de los golpes que yo daba.
Me sentí sucio, culpable, como aquel caminante que va en un camino polvoso; sentí que con las lágrimas de esa noche, Dios quiso que mis pecados fueran lavados. Lo que experimenté desde esa noche fue una paz espiritual, que no se me ha terminado.
Mi primer matrimonio fue un fracaso. Nunca pensé que mi matrimonio era una empresa, sino que era un contrato. Si uno se mete a un negocio uno invierte, pero en el matrimonio, que es una empresa, uno no invierte nada, quiere tener utilidades sin invertir. ¿Cuál es la inversión en el matrimonio? Tratar bien a su mujer, a sus hijos, darle lo que necesitan, no sólo la parte material, sino emotiva, ser un equilibrio emocional, ser el respaldo, ser la seguridad, darle el amor. Como no invertí, mi matrimonio fue a la quiebra. Por eso los matrimonios son empresas que quiebran por mala administración.
Eso significa fracaso.
Claro, un hombre de éxito como yo es un fracaso, pero entonces no lo miraba así. Bueno, viene otra mujer, porque creía que yo manejaba el mundo. De tal forma que cuando me veo en eso, estoy en otro matrimonio, viene un arrepentimiento genuino. Me di cuenta de que era un pecador real, que le hice la vida imposible a mi esposa anterior.
Pude ser un mejor padre. La niñez nunca regresa. Si no la llenás en su momento, no hay oportunidad nunca más. Perdí la oportunidad de estar con ellos.
Hoy, el capitán Bonilla es el presidente del capítulo de los miércoles en el hotel Princess. Trabaja con parejas “para que no pasen por lo que nosotros pasamos”. Con su esposa, son directores nacionales de Universidad de la Familia, con sede en Denver, Colorado: “Matrimonio para toda la vida”. Teléfono: 276 0962. Ofrece cursos prematrimoniales. “Padres para toda la vida”.
¿Quién es su piloto?
Es Jesús y yo soy su copiloto.

Mejor en el cielo que en la tierra
Cuando manejo en Managua u otro lugar, siento que ando ante un peligro inminente, porque no controlo al que viene de frente, que puede venir borracho. Cuando voy en la carretera, voy sufriendo. Detesto manejar en este país, porque en el aire controlo el 95% de las cosas. Pero yo en tierra firme no puedo controlar a un bárbaro que viene en frente de mí, aunque yo venga bien, respetando todas las leyes de tránsito y aquel salvaje viene en un furgón. En el aire estoy seguro, estoy relajado. Es una paz, una tranquilidad que experimento arriba, tengo una perspectiva de ver: Managua... una chochadita así (une los dedos) es lo que se ve, y cómo es posible que hayan tantos clavos. Con Cristo también ves mejor: los problemas se ven tal como son y no tan grandes como parecen. Dios es más grande.
¿Cómo dejó el periodismo y se hizo aviador?
El primer recuerdo de mi vida, de un juguete, lo tuve en una pulpería
Un avioncito colgado de plástico. Tenía cuatro años. Algún día voy a tener un avión. Y yo miraba los aviones pasar y me quedaba con la boca abierta, desde chavalito. Yo creo que todos tenemos en el fondo un piloto frustrado. Cuando comencé a trabajar, nada que ver con la aviación.
Como estaba en la presidencial, me tocaba muchas veces hacer fotos aéreas. Entonces me conectaban con pilotos de la Fuerza Aérea, iba con ellos a volar en avión o helicóptero a tomar fotos de Managua o cualquier cosa. Se me vino la inquietud de observarlos. Y comencé a analizar a los pilotos: nada del otro mundo es eso de aprender a volar. Esto es babosada. Con mis propios medios miré cómo era. Y fui a terminar mi aprendizaje en Estados Unidos. Después vine para acá y lo primero que hice fue comprar un avión. En el que aprendí.