Nacional

“El poder es una obra de teatro”


Edwin Sánchez

Un día de este año salió publicado su libro que ha partido en dos su biografía: antes y después de “El Palo de Mamón”. Por ser desconocida en el medio, muchos pensaron que entraba de “espalda mojada” al territorio menos poblado de nuestra literatura: el teatro, pero los pocos críticos nacionales de ese arte rápidamente le extendieron su visa.
Ahora, tras cumplir los propósitos de todo buen ciudadano en el mundo --sembrar un árbol, tener hijo y escribir un libro--, Lourdes Chamorro César quiere ponerse al día en este último renglón.
“Los primeros dos los he retecumplido”, se ríe. La obra fue puesta un par de veces en escena, y todo hace indicar que su interés en publicar el libro y luego llevarlo a las tablas, en caliente, provino de una necesidad de orden social: colaborar con el programa de asistencia a los que padecen cáncer que promueve la Oficina de la Primera Dama.
En este capítulo de la vida de Lourdes, se combinan en simetría extraña el arte, la política y la solidaridad. El libro “del palo”, como lo abrevia cuando la entrevistamos, estaba realmente creciendo en su talento, frondoso, libre, inédito. Hasta que un día, por razones políticas, desde la Asamblea Nacional se sacó del Presupuesto los proyectos sociales de doña Lila T. de Bolaños.
La escritora, que entonces sólo se conocía como parte del aparato burocrático de la Administración Bolaños, se acordó de su obra engavetada. Decidió entonces desempolvarla, quitarle las telarañas. La leyó de nuevo y vio que “El Palo de Mamón” le resultaba agradable a la vista. “Está bueno”, se dijo esta mujer nacida en 1952 y de la misma sangre de la Casa de los Chamorro de la antigua Capitanía General de Guatemala.
Así, apuntando a seguir adelante una obra social, la atención a las víctimas de la mortal enfermedad, le dio el toque final al texto y salió el libro, que parece haber cambiado más el curso de su existencia que el mismo hecho de estar bien emparentada con el poder: es casada con Enrique, el hijo del presidente Bolaños, el mismo de la pedrada durante una violenta manifestación contra el gobierno.
Desde chiquita…
“La idea --del libro-- la tengo desde chiquita. Me encantaron las letras, la literatura. Mi papá me explicó muchísimo. Además, me dijo, para realizarte en la vida debés cumplir tres propósitos; primero sembrar un árbol, tener un hijo, y tercero escribir un libro”.
Ella vive en “El Raizón”, el mismo donde hacen su hogar el presidente Enrique Bolaños y doña Lila T. Abaunza. El ambiente, por tanto, en esta residencia, tiene una mezcla de oficina gubernamental a la orilla de aguacates, mangos, jardines, movimientos del aparato presidencial y hombres convertidos en accesorio de celulares y llamadas urgentes.
“Todo lo absorbía, era una esponja, todo eso me influenció, y me gustaba muchísimo leer y escribir. Toda mi vida quise escribir algo, pero nunca me imaginé que iba a ser una obra de teatro”.
Hacer agradable la vida
Su experiencia de dramaturga lo confirma un rostro de mujer satisfecha, que ha hecho de su actitud un lema que siempre trata de cumplir en este mundo, donde --está visto-- hacen falta convicciones del fuste de un guanacaste real: “Trato de que la vida a mi alrededor sea agradable”.
Madre de cinco hijos, trabajó en Estados Unidos después de la llegada al poder del FSLN. Entonces, no tenía empleadas ni ayuda de familia, y debía combinar su papel de ama de casa --ese trabajo invisible-- con el de ganarse la vida como cualquier mortal inmigrante. No eran tiempos para la escritura, para el vuelo de la imaginación, sin embargo, el “palo” crecía con el infaltable abono de la nostalgia.
¿Cómo se maduró la idea del libro?
No planeé si madurarlo o no. Me casé a los 20 años, tuve hijos. Donde me movía, le fui dando vuelta en la cabeza al “palo de mamón”. No sé ni cuándo surgió la idea del palo, y la similitud con el árbol del Paraíso.
Fue algo tan natural como si lo hubiera llevado toda mi vida. Ahí estaba siempre en mí.
¿Qué aconteció en el proceso de la escritura?
El proceso de la escritura marcó diferentes etapas. Mi niñez no fue normal, no tuve madre como otros niños. Ella murió temprano. Toda la vida pensé escribir mis memorias, escribir sobre mi vida. Pero una biografía, ¡qué ridículo! Cuando tuve tiempo empecé a redactar algo de mis recuerdos. Después se me ocurrió, influenciada por ciertas novelas o historias que uno lee, enmarcarlo y meterlo en un librito para mis hijos.
Pero cuando mis hijos se fueron a la universidad y tuve el tiempo necesario --y estoy aquí, trabajando con doña Lila, mi suegra--, yo dije: ‘Debería hacer algo para recoger fondos de apoyo al programa contra el cáncer’. Y me puse a travesear con mi libro, que ya existía, pero sin editarlo.
A mí me encanta el teatro, yo dije, voy a probar con mi “Palo de Mamón” y lo voy a desempolvar, quitarle la telaraña y ¡cuál es mi susto! que me salió así. Hacer una obra de teatro me salió como una chispa, en el sentido de que jamás en mi vida me imaginé que yo iba a escribir una obra teatral. Leí mi “Palo de Mamón” y tenía años de no leerlo…, dije: ‘¡Qué bonito que está! ¿Y si le pongo vida a los personajes?’
Así fue que lo hice. Escribir para mí es una necesidad. La forma y la manera, el estilo que escogí, yo no lo escojo, sencillamente salió.
Lourdes todavía no alcanza a ver las dimensiones de este “sueño” que se puso en letra de molde y escena. “Nunca me imaginé. Tengo 30 años de escribir, todo está guardado. Desde chiquita escribo. Ganaba todos los premios de composición del Salesiano. Toda mi vida me encantó la literatura. Nunca me imaginé que el “palo” tuviera la repercusión que tiene. Creo que hay muchas mejores escritoras que yo, pero creo que el secreto es hacer las cosas con cariño”.
Su autor predilecto, si así se puede decir, es Juan Rulfo. Su “Pedro Páramo”, ese personaje que lo llevó de la mano en la extraña escritura que dio a luz una de las obras más esenciales de la literatura hispanoamericana, y de la literatura a secas, como dijo Jorge Luis Borges.
Y como Rulfo, nada tiene en el libro que se pueda acusar de confesión biográfica. El escritor de Sayula, Jalisco, decía que de lo escrito no buscaran rastros de su vida. Lourdes dice que hay personas que quieren ver en el texto, retazos de su existencia.
Obviamente, hay algo de la experiencia, como una escena que le llevó con Xiomara Centeno --cuando preparaba la presentación en público-- tres días, para finalmente quedar reducida a unas líneas: el hecho de que de niña estaba acostumbrada, en el día de las madres, a escoger de los baldes que ponían las monjas del Salesiano, su rosa roja, porque su mamá estaba viva. El día de la efemérides sentimental, como todos los años, fue al balde de las rosas rojas, pero una religiosa, en tono riguroso, la sacó de su equivocación: “Te toca la blanca”. Aquello fue un rudo golpe para su corazón de niña. Su mamá ese año había fallecido. Ya “no era igual” a las otras compañeritas.
¿No cambia su percepción de la vida y de escribir con ser la nuera del Presidente?
¡Qué culpa tengo yo de tener de suegro al mandatario! Ni pensaba en eso cuando decidí escribir. Todo esto nació antes de que don Enrique anduviera en la campaña. ¿Quién lo mandó a él ser presidente? Yo no tengo la culpa. Ahora mis hijos están en la universidad, y aprovecho también el momento para seguir escribiendo. Es una necesidad.
“Hay que provocar una situación”
Aún si doña Lila no fuera la primera dama, hubiera donado la presentación. Las cosas suceden cuando tienen que suceder y uno debe provocar esa situación. Tengo ahora otra obra, la tengo aquí en la cabeza, sólo falta el tiempo para escribirla. Debo hallar ese tiempo. En la escritura, uno busca capturar el momento, busca el momento y los sentimientos. Pero me hace falta juntar los días, hasta formar un mes sin distracción de nada, para poner mis ideas en el papel, y después ir corrigiendo, elaborando.
En cuanto al poder, ves a las personas, conoces muchas cosas, que a veces, no estando ahí, no te das cuenta y sería mejor no darse cuenta. Pero ahora esto te enriquece, ves desde una perspectiva diferente. Siento que la política debería ser no para empeorar, sino para mejorar. Pero viendo a la gente metida en la política, quizá más adelante escribiera una comedia, aunque yo me inclino por la tragedia. Pero ahora no quiero nada sobre política, prefiero algo fuera de este ámbito, aunque me dan ganas.
¿Y don Enrique?
A mi suegro yo lo adoro. Ellos, él y doña Lila, me adoptaron, porque yo no tengo madre ni padre. Es una relación increíble, siento igual que si fueran mis padres. Siento que están ahí.
Lourdes recomendó a los jóvenes leer, porque la lectura ayuda a formar, a promover mensajes morales; respetar a sus padres, porque “no hay nada más lindo que tenerlos. Yo daría la mitad de mi vida por tener la madre que quizás ellos no quieren tener”.
“La paz espiritual es lo más importante. Es el sentimiento más bello que uno puede tener en el alma”.
Y así se define: “Soy feliz, y por nada del mundo me cambiaría. Y aunque tengo muchas tristezas, perdí a mi madre de niña y después a mi padre, Dios me ha dado cosas muy lindas”.
¿Y el poder cómo lo define?
Se queda pensando un momento. En el semblante se puede apreciar que pasan respuestas a la velocidad de la luz y se queda con una que alumbra sus ojos: “El poder político es temporal. Lo veo como una obra de teatro, y que luego de cinco años en escena deberá caer el telón. El poder debe usarse para hacer el bien. Vendrán otros y se volverá a correr el telón.
A mí en esta obra me tocó ser la nuera del Presidente. A otros les tocó el papel del bueno; a otro, del malo.
Nos tocó estar en el escenario. Uno se siente bien ayudarle a alguien en una necesidad. Para mí, el poder debería ser poner una sonrisa en la cara de un niño…
El Palo de Mamón
Dice el teatrista Octavio Robleto acerca de la obra: “Una casa hacienda estilo colonial y en el centro del patio un palo de mamón, da origen al drama de Lourdes, para crear su obra. En ella intervienen más de una veintena de personajes en los tres actos de dicha obra, muchos de ellos repitiéndose jovencitos y adultos, pero ya con sus características síquicas bien definidas que, a lo largo de la obra van aflorando a su debido tiempo: caprichos, voluntariedad y toma de decisiones, que al parecer son intempestivas, pero que no es así. Cada personaje se viene conformando desde su origen; trae la semilla de su personalidad y ésta, en el momento menos pensado, nace y vive en escena.