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Nos salvamos, pero pudimos ser arrasados


¡Gracias a Dios!, exclamó ayer por la mañana un habitante de la comunidad de Waspam, unas horas después que el huracán Beta se desviara hacia el sur de Puerto Cabezas.
La expresión de este campesino agrícola tenía sus razones: si Beta hubiera impactado en Cabo Gracias a Dios, como se preveía inicialmente, miles de pobladores de las comunidades de Río Coco arriba y abajo difícilmente se hubieran salvado.
Los habitantes de Cabo Gracias a Dios y Bismona --dos de las localidades que iban a ser más afectadas por el ciclón si continuaba con su dirección hacia el norte-- quedaron prácticamente a la deriva, y, hasta ayer, las autoridades no sabían qué había pasado con ellos.
La única ayuda que recibieron fue la del alcalde de Waspam, Cornelio Tebas, quien el sábado en la mañana envió tres lanchas y tres cayucos para que las personas se autoevacuaran. Pero al final nadie supo la suerte de estos pobladores, que el alcalde estimó en unas tres mil personas.
En Kum, una comunidad situada a 30 kilómetros de Waspam, la situación era desesperante. Hasta las seis de la tarde del sábado, cuando la entrada a Nicaragua de “Beta” era cuestión de horas, llegaron el jefe de la Defensa Civil, Mario Perezcassar, acompañado del presidente del Consejo Regional de la RAAN, Juan González, el alcalde Tebas y una tropa de soldados a evacuar a los pobladores hacia Waspam.
A esa altura, las lluvias ya habían hecho intransitable el único camino a la comunidad. Un pequeño grupo de ancianos y jóvenes aguardaba fuera de la única vivienda que aparentemente sería el refugio en caso de que el fenómeno golpeara esa zona. No tenían nada más que la esperanza de que les mandaran comida, medicamentos y materiales plásticos.
El grado de improvisación era tal que los líderes comunitarios decían que de llegar el huracán tenían espacio suficiente para instalar champas en el campo.
El mismo Perezcassar intentaba explicarles que venía un huracán y que no era posible refugiarse sólo con material plástico. Luego de media hora --cuando la lluvia era cada vez más fuerte-- los funcionarios finalmente decidieron dejar a los pobladores en Kum, quienes a la vez recibirían a quienes vendrían de Cabo Gracias a Dios y Bismona.
¿Había capacidad en esa comunidad pobre y aislada de albergar a esas personas? Los comunitarios decían que sí, que había lugares suficientes con la excusa de no moverse de sus hogares, pero nadie --ni ellos mismos-- se convencieron de que ahí no pasaría nada.
Finalmente, en horas de la madrugada, Beta se desvió. Las comunidades del norte de Puerto Cabezas se salvaron. Los albergues de Waspam, quince en total, afortunadamente no debieron ser ocupados, y aunque las autoridades repetían a cada minuto que por cualquier cosa estaban los refugios (consistentes principalmente en escuelas de concreto de la comunidad), el dueño de una pulpería no pudo ser más claro: “Menos mal que (el huracán) se fue largo, si no yo no le estuviera contando el cuento”.
Claro, a esa hora, Beta ya estaba largo…
Triunfalismo desmentido en la práctica
En efecto, el triunfalismo del presidente Enrique Bolaños y su gabinete de emergencia por los pocos daños que causó el huracán Beta, contrastó con una frase lapidaria proveniente del Caribe nicaragüense: “Nos salvamos porque el huracán cambió de rumbo, si no estaríamos lamentando muchas vidas”, dijo ayer Hurtado García, coordinador del gobierno regional de la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN).
García dijo que en la RAAN no estaban preparados para el ciclón. “No teníamos condiciones para refugiar a nuestra gente. Metimos a casi diez mil personas en iglesias y albergues improvisados, pero no teníamos la infraestructura para resistir los embates. Gracias a Dios, todo salió bien”.
Según García, las condiciones eran tan precarias en Puerto Cabezas que el equipo médico del Hospital Nuevo Amanecer --que se inunda cuando llueve-- debió ser trasladarlo al edificio del Instituto Nacional Tecnológico (Inatec).
Incer Barquero: “Nicaragua se encuentra en grave peligro”
La emergencia del Beta reveló una verdad que se esconde entre los discursos oficiales y felicitaciones del momento: Nicaragua no tiene suficiente capacidad para prevenir y combatir los desastres naturales que sufre cada año.
El doctor Jaime Incer, historiador y geógrafo, afirmó que “Nicaragua se encuentra en grave peligro”, no solamente porque cada año los huracanes aumentan su magnitud debido a efectos del calentamiento global: miles de personas están expuestas a inundaciones y deslaves, ya que los suelos no tienen la misma resistencia hacia las lluvias fuertes y constantes.
“Los efectos de los huracanes en Nicaragua van a ser cada día peor, porque aunque el huracán mantenga su intensidad como en años anteriores, el territorio es más vulnerable en razón de que los suelos son más erosionables, porque no tienen protección del bosque”, señaló Incer Barquero.
Además, Nicaragua es un país “atrasado” en temas de gestión de riesgo y de conservación, porque --según el especialista-- los distintos gobiernos no han tenido voluntad de detener acciones como la deforestación sin control. “Ni siquiera detienen las quemas durante el cultivo, que es una acción tan primitiva. Creen que la conservación es cuestión de gente que anda viendo pajaritos, pero no saben que es una necesidad de sobrevivencia”, estimó.
Por iniciativa de Incer Barquero, cuando estaba al frente del Instituto Nicaragüense de Recursos Naturales (Irena), en 1983, la Junta de Gobierno Sandinista aprobó el decreto de Creación de Reservas Naturales en el Pacífico de Nicaragua. Entre los macizos volcánicos protegidos estaba el volcán Casitas.
Muchas de las familias campesinas que murieron arrastradas por el deslave del 31 de octubre de 1998, ocasionado por las intensas lluvias del huracán Mitch, vivían en esas zonas de riesgo, porque el gobierno sandinista les extendió títulos de propiedad a varias cooperativas con la Reforma Agraria, según Incer Barquero.
“Ese es un ejemplo claro de cómo los gobiernos, incluyendo al actual, no tienen interés en evitar desastres, porque jamás aplicaron medidas de manejo del territorio”, criticó.
Poco presupuesto para Sinapred
Entre estas medidas, debería estar un sólido presupuesto para las autoridades de prevención y mitigación de desastres, lo cual --en la práctica-- no ocurre.
Juan Rodríguez, vocero del Sistema para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastres (Sinapred), aseguró a EL NUEVO DIARIO el pasado sábado por la noche, que esa institución ya había ejecutado las coordinaciones necesarias para actuar afectivamente “conforme la ley”, antes, durante y después de que el huracán “Beta” golpeara la Costa Caribe de Nicaragua.
Sin embargo, esta afirmación la hacía entre incómodo y nervioso cuando le preguntamos por el resto del personal de la Secretaría Ejecutiva del Sinapred. Lo cierto es que a pocas horas de que el huracán “Beta” entrara por Sandy Bay, en Managua solamente él se hacía cargo de todas las funciones de la institución en la capital.
Rodríguez dijo que aunque el personal es muy poco, todos estaban poniendo de su parte para realizar un trabajo efectivo: el asesor legal de Sinapred, la secretaria y la asistente del secretario ejecutivo, Jerónimo Giusto (quien entonces se encontraba en las zonas afectadas) y dos técnicos de enlace.
Según dijo, el fondo de cinco millones de córdobas asignados para gastos administrativos ya “casi está en el límite”. Por otro lado, confirmó que el Fondo Nacional de Desastres se mantenía en cero, porque hasta ahora la Asamblea Nacional no ha asignado otra partida para rellenarlo”.

Expediente de huracanes
Nicaragua se encuentra en la ruta de los huracanes. Pero es en el Atlántico del país donde se producen la mayoría de estos fenómenos que han traído dolor, muerte y más pobreza al país.
De 1971 a la fecha por lo menos cinco huracanes o tormentas tropicales con altos grados de peligrosidad han azotado el territorio. El Mitch, que azotó en 1998, fue uno de los más desastrosos del siglo pasado.
Edith, septiembre de 1971
Vientos de 290 kilómetros por hora (kph) afectaron Sandy Bay, en la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN). Resultados: 80 muertos, 600 casas destruidas y casi cuatro mil personas sin comida. Edith hundió dos barcos pesqueros, destruyó grandes plantaciones de banano e incomunicó varios días Cabo Gracias a Dios. En Chinandega, varias comunidades se inundaron.
Irene, septiembre de 1971
Una semana después de Edith, Nicaragua se vio afectada nuevamente por otro huracán: Irene. Esa vez entró por la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), en Punta Gorda, Bluefields. Sus vientos de 100 kph derribaron 27 casas en esa ciudad. En Rivas, dos personas murieron víctimas de las inundaciones. En total se reportaron unas 1 mil 500 personas damnificadas.
Alleta, mayo 1982
No provocó la muerte de nadie, pero afectó al menos a 6 mil 500 personas. En Corinto, se dañaron casas en el barrio El Chorizo. En Managua se desbordó el cauce del barrio Las Torres. Del 21 al 24 de mayo llovió en todo el país. El 27 del mismo mes, León quedó incomunicado, porque el puente Izapa, se partió por la llena del río.
Juana, octubre 1988
Sábado 22 en la noche: Bluefields “queda en el suelo”. Cuatro mil casas fueron destruidas por los vientos de 260 kph. En todo el país se evacuó al 90% de la población y los daños provocados se contabilizaron en 1 mil 658 millones de dólares. 121 personas murieron y 19 desaparecieron, según relatan en el libro “El Ojo Maldito” los periodistas Roberto Fonseca y Guillermo Cortés, reporteros entonces del desaparecido diario Barricada.
Mitch, octubre 1998
Catalogado como uno de los cinco huracanes más poderosos del siglo pasado, llenó de luto, miseria y dolor a toda Nicaragua. En el municipio de Posoltega, en Chinandega, enterró a un poblado entero. Ocho comunidades aledañas al volcán Casitas se convirtieron en cementerios, cuando parte del cráter de éste se derrumbó. Los cálculos de las pérdidas ascendieron a 988 millones de dólares, casi el 45% del Producto Interno Bruto (PIB).La Infraestructura se deterioró en 34% y se perdió el 34% de la producción. Se calcula que 3 mil 200 personas murieron consecuencia del Mitch, pero nunca se supo cuántas personas quedaron enterradas por el lodo.
Fuentes: Ineter y “El Ojo Maldito”, libro publicado por los periodistas Roberto Fonseca y Guillermo Cortés.
El susto de Ineter
A las tres de la tarde del sábado pasado, el ingeniero Claudio Gutiérrez llamó por teléfono al Centro Nacional de Huracanes, en los Estados Unidos, para consultar los últimos movimientos del huracán Beta. Estaba nervioso y tenía sobradas razones para ello.
“Cuando yo vi la trayectoria me quedé helado. Llamé y les dije: estoy asustado, confírmeme todas estas coordenadas, ¡denme todas las coordenadas!”, relata.
Gutiérrez es director del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter) y su preocupación de entonces estaba más que justificada: en cuestión de horas, el maldito meteoro cambiaba su trayecto de forma errática, en una suerte de cruel burla para Nicaragua.
Con vientos de más de 170 kilómetros por hora y amenazas de copiosas lluvias y fuertes vientos, el ciclón se burló una y otra vez del pueblo caribeño nicaragüense: originalmente pasaría por Cabo Gracias a Dios, pero luego, esa tarde del sábado pasado, decidió impactar brutalmente de frente con Puerto Cabezas. Después cambió de rumbo y entró por la Barra de Río Grande. Sin embargo, contra todos los pronósticos, finalmente Beta se debilitó y terminó convertido en depresión tropical.