Nacional

Una vida entre el Torovenado y los Ahuizotes

**Popular fiesta del último domingo de octubre cumple 40 años y consolida a su hija: “Esa sombra, ese quejido, eso indeterminado que pasa delante de la gente” **Detrás de las leyendas de nuestros espantos, subyace el terror impuesto por los españoles al encadenar y esclavizar a los indios para llevárselos a las minas del Perú **Lejos de considerar “jinchadas” a estas fiestas, abogado reivindica, además, el lujo de llevar sangre indígena pura de Monimbó

Edwin Sánchez

Es la primera vez que oigo a alguien celebrar en público su linaje de la vieja raza que proclamó Rubén Darío desde los tiempos de Caupolicán. Si la mayoría la oculta, el doctor Silvio Ortega lo proclama: “Llevo sangre india”.
Las máquinas de escribir suenan la única música de las oficinas jurídicas de Oriente. Legajos de papeles aquí, cajas por allá, su título de la UCA colgado en la pared, la voz de una dama a capela contestando el teléfono, pero el abogado Ortega permanece inmutable, abriendo un paréntesis a la tibia mañana de Masaya para hablar de una de sus pasiones: los Ahuizotes.
Los esquemas organizativos cambian en Masaya. No es asunto de presidente, secretario o vocales. Él es uno de los principales de la Cofradía del Torovenado, miembro del Consejo de Ancianos, organización fundada en 1965. “Hay un cuerpo de Güegües, los ancianos, que ofrecen consejos, orientan y nos dan pautas”. Lo que oiremos podría titularse: “Informe del Torovenado, sobre su fiesta hija: los Ahuizotes”.
Para ser del Consejo de Ancianos se escoge a personas de cierta edad, con años en este bregar de la cultura popular, nos dice. Y los principales, son chavalos nuevos, que han llegado y se han quedado. Y los que van entrando, los más muchachos, se les llama Tayacanes: son unos 60.
Su palabra es rápida, casi hecha para chorrearse pareja y sin distracciones literarias en papel legal.
¿Por qué se involucró en esta organización?
Por la misma historia de nuestro pueblo. La mayoría, por decir el 85 % de los miembros de la cofradía, con orgullo decimos que llevamos sangre indígena de Monimbó. Hemos tratado de rescatar esa costumbre, bajo la premisa histórica y no religiosa de que celebramos algo oscuro. La idea es el rescate nuestras bellas tradiciones y mitos y leyendas que yacen en el acervo histórico de nuestro pueblo.
Se pierde la pureza de las tradiciones
¿En estos tiempos, cuando se produce el fenómeno de la transculturización, les ha salido muy difícil a ustedes celebrar lo propio, lo autóctono?
Esta cuestión de la globalización claro que ha afectado, hasta en un 50 % de nuestras manifestaciones. Y esto se debe no a un factor que podría ser la ignorancia, porque nuestro pueblo está claro de lo que es nuestra cultura. Es el factor económico. A un padre de familia le resulta más barato comprar una máscara, un traje extranjero en un dólar, dos dólares, que ir a comprar una máscara hecha por nuestros artesanos, que anda por los cinco, seis dólares.
Una mascarita extranjera te cuenta unos 20-30 córdobas, y una máscara de nuestros artesanos ronda los 80-100 córdobas.
¿Qué satisfacciones personales ha tenido de promover estas fiestas?
Es personal la satisfacción, y la compartimos con los otros cofrades, y sabemos que además es a compartida con el pueblo de Masaya, lo cual se ve en los resultados. Son manifestaciones que se hacen de manera espontánea. Aquí a nadie se le da un peso para que participe, aquí a nadie se le espera con grandes comilonas como en otras festividades, donde se va por la comida, por el guaro.
El disfrazado, la comparsa o el Ahuizote van porque lo sienten, bailan porque lo sienten, esa es la satisfacción. La satisfacción del deber cumplido, como diría alguien ahí.
¿Qué dice sobre lo que hablan pastores y sacerdotes que con los Ahuizotes se invocan fuerzas oscuras, demonios?
Creo que estas personas no han estudiado muy a fondo nuestras tradiciones, nuestra cultura, nuestros mitos. Si se involucraran verdaderamente en la historia de nuestro pueblo, sabrían que lo que estamos nosotros celebrando es el rescate de esas tradiciones. Y ahí está oculta la verdadera naturaleza de estas bellas estampas de Masaya.
Danzar la marimba parte de la elegancia
¿Cuántos años lleva en la cofradía?
Casi a los 17 años me involucré. Ahora rondo los 52 años y estoy como nuevo para seguir en estas actividades que se merece el pueblo. Es un poquito de esfuerzo que damos y no nos desligamos de nuestra profesión.
¡Hay una actitud a la inversa de lo que ha hecho: la gente que va a las universidades y egresa, se aparta de lo que llamarían “jinchadas”, “indiadas”. Usted logra su doctorado en leyes y se mantiene firme. ¿Qué sucedió?
Es cuestión de cultura de cada uno y de principios. Hasta cierto punto tenés razón en lo que decís, pero en la actualidad hay un auge, un movimiento por el rescate no sólo de estos mitos, sino por toda la cultura nacional. Ejemplo: el baile de las inditas. Se ejecuta con marimba y se danza. En los años 70 se hablaba de jinchadas, de monimboseños. Hoy es un movimiento que abarca a la juventud a volcarse en el estudio de nuestra cultura. Y casi podría decir que es una materia obligada para cada ciudadano de Masaya: el saber bailar marimba. Es como parte de su presentación personal. El jovencito que no baila marimba se siente cohibido y apartado, por eso han proliferado escuelas de danza en Masaya. Invito a que se presente todos los domingos de noviembre, cuando hay ejecuciones de danza con marimba. Cada domingo salen entre 30 y 40 grupos formados por seis o siete jovencitos, bailando en todas las calles de Masaya.
Esto nos llena de orgullo y de satisfacción, pues nuestras costumbres verdaderas y originales se deben trasmitir a nuestros chavalos que seguirán la tarea de seguir rescatando lo nacional.
¿La cofradía se hereda a los hijos, o a éstos les atrae más el “reguetón”?
Al contrario, los chavalos nos buscan. Casi la mayoría de los nuevos cofrades son hijos o nietos de los cofrades originales. Y si no hemos podido aumentar el número, es porque no hay capacidad. Ellos llegan, se presentan, y van quedando los mejores sin percibir nada en el futuro.
Los masayas que están fuera, en Estados Unidos, ¿no ayudan para que se conserve la pureza de estas manifestaciones, porque aquí ya desfilan Drácula y Frankestein?
Instamos a esos compatriotas a que cooperen, porque si salieron es por la misma situación económica, pero no mandando máscaras anglosajonas, sino la plata, para que aquí la compren a nuestros artesanos.

40 años con el Torovenado
¿Cuánto del Halloween se ha introducido en los últimos años?
En un pueblo del Tercer Mundo como Nicaragua nos vemos pisoteados y avasallados por esas grandes culturas, por las exportaciones de sus Frankestein, sus brujas estilo medieval, sus calabazas. Suerte o desgracia, nuestros Ahuizotes se celebra el último viernes de octubre, que coincide con Halloween. Pero nosotros tenemos 40 años de celebrar el Torovenado del Pueblo el último domingo de octubre. Después viene el Día de los Muertos. Mera coincidencia.
Algunos creen que nos prestamos a ese juego. Nosotros venimos de más atrás. Pero ni en Estados Unidos eso es original, sino que viene de los celtas, en Europa, cuando celebraban los aquelarres. Es más oscuro su origen.
¿Ahuizote vs. Halloween?
Te señalo que el pueblo de Masaya está claro qué es el Ahuizote, está claro lo que celebra, lo único malo es la adquisición de los trajes y máscaras.
Cuando entrevistamos al doctor Ortega, los cofrades no habían reunido ni un cinco. El Torovenado que sale hoy cuesta más de 80 mil córdobas. Ninguno de ellos lo dice con aquella rimbombancia decimonónica de diputados, “sisepos” y ministros: “Lo hacemos por la patria”. No, lo hacen sin depredar el presupuesto nacional, que en su caso, sería un acto de mínima justicia.
La multitudinaria procesión del Torovenado comienza hoy domingo a las 10 de la mañana en el Parque de La Asunción con dirección a Monimbó. Ahí participan cinco de sus fundadores. De la cofradía original ya fallecieron 16, entre ellos Roberto González Rocha, Román Suazo, Bosco Franco, Tomás Suazo, Elías e Israel Rodríguez y Bosco Ortega. Sobreviven Donald Ortega, Humberto Suazo, Ernesto Rodríguez, Alejandro López, Chilo Ruiz y Silvio Ortega.
Nos vamos con Ortega a Monimbó. Y ahí, poco antes del mediodía, algo de esa inconsistencia, esas sombras, esos Ahuizotes parecen deseosos de aparecer. Y es que el mito se reparte entre las viejas casas del barrio. Un niño se coloca la máscara de un espanto y el día recobra una plenitud extraña. La misteriosa raza aún tiene mucho que decir…
esanchez@elnuevodiario.com.ni
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Historia del Ahuizote
por Silvio Ortega
Es el recuerdo colectivo de relatos: mitos y leyendas, que yacen en la memoria histórica de nuestro pueblo. (Los pueblos con mayor concentración de raza indígena, como Monimbó, guardan sabiamente estos recuerdos).
Abarca desde creencias sin explicaciones (vestir a niños de rojo para evitar un mal, el pasar debajo de una escalera), como los propiamente espíritus de la noche, espíritus burlones o espantos.
Los Ahuizotes no son una cosa determinada, es algo que pasa por delante de una persona, una sombra, un quejido. Se siente, pero no se ve. Son espectros sin consistencias. Son espantos que desde tiempos inmemoriales interrumpen el sueño del pueblo.
Pero los espantos, tales como la leyenda de la Carreta Nahuatl o Carreta Nagua, la Llorona, la Mocuana, el Padre sin Cabeza, etc., tienen su validez histórica, que revela la dura verdad de un escalofriante pasado. Debajo de cada leyenda está arropada una historia tenebrosa, de terror ancestral, que nace cuando por primera vez embistieron en nuestras tierras los españoles, quienes se impusieron a espada, cruz y fuego, exterminando casi totalmente a nuestra población indígena.
Nuestros indígenas eran tomados por miles de sus terruños y transportados a sufrir y morir en tierras extrañas para extraer oro, cultivar la caña, el añil, etc.
LA VIEJA DEL MONTE
Éste es un personaje al que la mente fértil de nuestro pueblo describe como una persona que vive en los alrededores de los volcanes, montañas, lagunas y ríos. La señalan como la guardiana de las riquezas que encierran estos parajes, y como una vieja seca, y sus pellejos están arrugados que su cara parece un cuero viejo y con grandes pliegues igual que su pescuezo, y con un balandrán, especie de vestido corroído por el tiempo y hediendo. Esta leyenda es el testimonio remoto de aquellas madres, esposas, hijas, abuelas que sufrieron demencia por el golpe sicológico de verse de pronto sin sus esposos o hijos, y sabiendo que iban a una muerte segura, bajo grandes sufrimientos.
Lo mismo pasa con las otras leyendas. Nuestra población, trastornada, sin esperanzas, guardó horrorizada el recuerdo de un pasado de terror, y de ese parto doloroso surgen los mitos y leyendas que pueblan nuestras tradiciones populares.
Y es bajo estas consideraciones que Masaya celebró el viernes último estas creencias populares encarnadas en Los Ahuizotes, influidas además por la Iglesia Católica, que aportó otros personajes: el Diablo, la Muerte Quirina, los Jinetes del Apocalipsis, señalando estos últimos más muerte y destrucción a nuestro sufrido pueblo indígena.