Nacional

Desde niño con un pedestal para alcanzar la gloria


Edwin Sánchez

Debemos imaginarnos a un niño de cinco años estirándose en un esfuerzo por manejar el taco de billar y pegarle a la bola. Ahora, póngale a esa imagen dos cajillas de chibola --una bebida de los años 50-60-- sobre el piso con aserrín: usted lo que ha hecho es poner un pedestal para que el cipote no sólo alcance la mesa, sino la gloria.
Descuente 60 años al calendario. Y hoy tendrá a un Arturo Bone, natural del barrio San Sebastián, Managua, devenido en leyenda viva. Su eficacia, la marca que le pone nombre a una época. Si hablamos del viejo vecindario, no significa que altere su biografía: nació en Rivas en 1942. Padre de Nagarote y madre del sur. Vio la capital en 1944 y un billar, “El Encanto”, donde nació para este deporte.
Esas calles del alma
La dirección está hecha más de nostalgia que de lugares en pie, como todos esos domicilios que los más veteranos andan en la cabeza esperando algún día topar con esas calles del alma: Del Cine América 3 cuadras al lago de la Managua vieja, en el límite San Sebastián y El América.
Nací con el don y el entusiasmo, dice este hombre cuyos movimientos hoy son lentos. Sus prodigiosas manos le dificultan un saludo y más todavía afirmar el taco entre unos dedos paralizados por la artritis. “Pero también mi papá me indujo. Con el talento que tuve para el billar era lógico que me gustara”.
Subir las gradas de EL NUEVO DIARIO le resultó una prueba. Sus condiciones físicas no son las mejores. “Me cuentan” --dice al abrir su génesis-- “porque no me acuerdo, que me subían en unas cajas de chibola --había una Chibolería Gil, entonces--”.
Campeón infantil
A los 11 años, en 1954, ganó el I Campeonato Nacional de Primera Fuerza. “El más niño en la historia, creo. A los 12 años, mi papá me lleva a Costa Rica. Sin faltarles al respeto, a los orgullosos ticos les gané a todos”.
Triple Corona
“Sigo siendo el jugador del área que más ha ganado en tres modalidades: las tres bandas, la libre y el cuadro 47-2. Soy el único campeón centroamericano y del Caribe con las tres coronas al mismo tiempo”.
Su padre, hombre pobre, de escasos estudios, pero con visión, fue su principal soporte: estaba marcado por la virtud de saber, “y me compraba libros en inglés, los daba a traducir”, y le decía lo que los campeones mundiales en ese tiempo relataban o aconsejaban. Fue su gran guía para su vocación en el arte de los ángulos y trayectorias, del talento y las matemáticas.
Campeón mundial
A los 20 va rumbo a México, juega por Nicaragua, y después de la revolución del 79, queda “paralizado”: no podía jugar por su país, y en el 81 se nacionaliza mexicano. “Juego por los aztecas donde fui campeón nacional 10-15 veces; campeón DF, 15 veces. Antes, participo por Nicaragua en un campeonato mundial en México con una organización que duró 10 años, la Asociación de Billaristas Profesionales. En México y Nicaragua gano los campeonatos mundiales del 74 y en el 77, respectivamente”.
El campeón salta en el calendario. Recuerda que en 1955 es considerado el mejor de Centroamérica: tenía 12 años. Y lamenta el olvido periodístico: “a esto no se le ha dado relevancia”.
La Asociación referida al desaparecer también perdió las estadísticas. Ahora prevalece la Unión Mundial de Billar, en la que se convirtió en uno de los baluartes. Su historia, hasta ahora en reposo, va moviéndose con el choque de un recuerdo con otro, rebotando con nombres, episodios y campeonatos contra las bandas de la melancolía.
“La gente dice que sólo fui campeón mundial y no hice más nada. No gané en Alemania, porque era en equipo y me falló la pareja. Y soy cuatro veces campeón de América”.
Cincuenta años de jugar billar avalan una carrera, dice el jugador que todavía hace sus partidas. En 1988 fue considerado el segundo mejor jugador del mundo.
Toda su ejecutoria descomunal en el mundo fue a tres bandas. “Desde España, a Japón pasando por las Pirámides de Egipto, siempre fui respetado”.
El barrio
Su papá fundó el Club Billarista de Nicaragua, antes “El Encanto”. El entorno que recuerda en los años 50 era la del barrio pacífico, de gente de clase media pobre, donde no se veían niños drogadictos y ni siquiera entraba en la mente de los infantes andar en esos caminos. Arturito era un chigüín como los demás: “Jugábamos béisbol, básquet, hand ball, una amistad de ambiente deportivo con otros niños”.
Mejora imagen billarística
Don Arturo fue un cruzado para mejorar la imagen del billar. Si el juego comenzó en los grandes salones de la aristocracia europea, su versión nacional era deprimente. La gente lo ligaba a sinónimo de antros, asunto de cantinas y otras perdiciones alegres. Y su padre también compró el ambiente.
La primera tarea de don Arturo fue poner en su lugar el pasatiempo de tacos y pelotas. Lo desinfectó de mala fama. “Era un relajo de borrachos, de cosas, de gente fea. Mi papá, cuando yo todavía era niño, lo limpió y adquirió otra clientela de gente trabajadora, que llegaba a divertirse, que se tomaba sus cervezas, pero no era aquel ambiente pesado de humo, de malas palabras, de vulgaridad”.
Contrario a lo que podría suponerse, la niñez del campeón fue un sitio propicio “para que yo me fuera para el lado malo, sino para el lado bueno. A mi papá no le gustaban los escándalos, los borrachos”. Arturo, además, es un campeón de la sobriedad desde que vino al mundo. Su comportamiento nada ha tenido que ver con lo que se ha entendido detrás de la palabra billar.
¿Cómo se construye el campeón? ¿Hubo entrenadores?
Indudablemente para ser campeón se necesita de inicio el talento billarístico. Hay otro, que no se dice, pero también es importante: el carácter para ser campeón: no es fácil, y sostenerse todavía es más difícil.
Construir a un campeón significa acompañar la actitud y el talento natural con la disciplina, y en eso su papá fue su mejor catedrático. “El buscaba libros, me decía, aquí dice: “No hay que mover el brazo, poner abajo un libro para que el brazo quede firme, que el billar se juega más suave”. Esos consejos eran muy valiosos, porque había mucha ignorancia sobre el billar, asegura, y lo que es peor, esa ignorancia permanece todavía: 50 años después el billarista se desarrolla a su propio saber y entender.
El billar, después de escucharlo a él, adquiere una fisonomía distinta a la que ordena la costumbre. No es nada de tomar un taco y pegarle a la bola y ver jugadores perdidos entre la humazón de cigarrillos y los tragos. Es un juego científico y de mentes exactas que no dejan nada a la especulación. Asunto de cálculos más que de intuición. Sistemas matemáticos y Física. Casi una orden religiosa cuya biblia debe ser los 13 libros de “Los Elementos Geométricos” del Profeta Euclides.
“Mi padre no tenía dinero para pagarme un maestro, sin embargo, con mucho sacrificio me llevó a México a que me conocieran en 1954: el campeón mundial Joe Chamaco me vio jugar y me dio algunos consejos, que no fueron muchos, fue una visita rápida. Después, un poco adulto, comencé a ver jugadores que tenían nuevas técnicas, a ser autodidacta y comencé a desarrollar mi propias teoría y estilo de juego.
¿Estaba en su propósito que iba a ser campeón mundial?
Yo sentía en ese tiempo que había en mí una fuerza superior a lo que me rodeaba. Pero en Nicaragua no tenía mucho roce internacional. Y esa fuerza, pensé, me podía hacer vencedor en cualquier competencia; tal vez no creía concretamente que iba a ser campeón mundial sino que sentía que podía ganarle a cualquier en el mundo.
Yo iba a Costa Rica, a Panamá --más evolucionado que en Nicaragua-- y les ganaba en libre, cuadro, a tres bandas, en todas las especialidades, y yo sentía ese deseo de poder ir al mundo a demostrar que podía ganarle a todos. Se me dio la oportunidad en 1972, de jugar el primer Campeonato de América, y quedo en cuarto lugar. Era novato, joven. Estaba sin roce mundial. Vi a dos jugadores que me entusiasmaron.
La caída de sus ídolos
Comencé a investigar por qué ellos hacían su tipo de juego y por qué tenían ese estilo, hasta descubrir mi propia técnica. Ahí me di cuenta de dos cosas: primero que era más difícil ganarle a cualquiera en el mundo de lo que yo pensaba. Segundo, que debía trabajar, estudiar y disciplinarme más para lograr eso.
Y lo hizo. Los dos jugadores se llamaban Humberto Suguimizo y Marcelo López, subcampeones mundiales. Tomó su admiración hacia estos titanes y la sometió a un diagnóstico: “Me llamaron la atención porque los consideré superiores a mí, y no creía que hubiera alguien más que yo. Y me di cuenta que sí había”.
Cosas del destino, dice, utilizando un término no tan exacto para un billarista, sobre todo cuando su maestría hacía trizas la idea de que los grandes como Rubén Darío o un Alexis en Nicaragua son obras del azar: “Juego con ellos 15 años más tarde, en 1988, y me di cuenta de que lo que yo había evolucionado ellos no lo habían alcanzado. Se habían quedado en las técnicas de su tiempo. A los dos les gané con mucha facilidad”.
¿Qué sintió al ver derrotados a sus ídolos?
Sentí un orgullo de poder haber desarrollado una técnica por vía propia que me daba la oportunidad de ver a dos gigantes derribados por mí.
¿Su día de gloria fue en ese momento?
En mi vida he tenido muchos días de gloria. Indudablemente los campeonatos mundiales de 1974 y 1977 son dos días de gloria, pero yo he tenido muchos, muchos días, episodios de partidos perdidos --incluso ganados--, y la importancia de ganarle a un genio de este “deporte de reyes” como Torbjörn Blomdahl --un vikingo agresivo en la mesa--, en dos ocasiones campeón mundial en ese entonces. Cuando quedo de tercero en Egipto, le gano en la final. Daniel Sánchez, le ganó dos veces al actual campeón mundial.
Gané muchos campeonatos de bolsas en Estados Unidos. En resumen: 13 años de ser campeón nacional de México, 20 años del 54 al 74 campeón nacional en Nicaragua, varios campeonatos de bolsas, de quedar tercero y quinto en muchos campeonatos, de ganar varios torneos, copas abiertas.
¿Pero no vivía del billar?
Trabajé en mi profesión de optometrista. El billar me servía de extra, porque ganaba algún dinero, pero como el juego no tiene todavía la fuerza de espectáculo de otros deportes, las ganancias de los jugadores son mínimas, no son para vivir de eso.
Era un handicap negativo para mí, porque no pasaba las 24 horas dedicados al billar, sino que trabajaba, tenía a mi familia, y sólo le dedicaba poco tiempo. Los campeones europeos viven del billar, tal vez no son millonarios, pero viven cómodamente. Yo apenas dos horas, cuando mucho, y debía entrenar mínimo cuatro horas diarios, porque los movimientos de taqueo, muy importantes, se necesitan ejercitarlo por lo menos cuatro horas diarias para llegar a un dominio casi total de lo que es el golpe a la bola.
Ahí está retratado el billar de cuerpo completo, si me sumo al entusiasmo del campeón, cuando habla del ”Big Bang” servido sobre la mesa: usted dígale a Miguel Angel que le ponga a su fenomenal cuadro de “La Creación de Adán” un taco al primer hombre y habrá completado los frescos de la Capilla Sixtina.
“Cuando se pega a la bola y ésta se pone en movimiento. Ahí hay un mundo de técnica que se debe saber para estar consciente y dominar para que la bola sea bien golpeada”. Es el primer soplo de vida sobre el verde tapiz.

Perseguido por terremotos y guerras
El campeón Arturo Bone fue un hombre perseguido por terremotos que le botaron sus dos clínicas, una en Managua, en 1972 y la otra en México, 1985.
¿A qué se dedica ahora?
Desde el 85 comencé a viajar por el mundo. Tenía el respaldo de México. Hoy tengo una academia de billar en Matagalpa, de eso vivo.
¿Habrá otro Arturo Bone?
Espero que sí, que haya no uno, sino muchos. Parte del proceso que he tenido, es despojarme de cualquier sentimiento egoísta. Quisiera que el país destacara en todos los deportes. Actualmente el que tiene mucho talento y ha hecho algo por el billar, aunque le falta todavía, es Francisco Taylor. Posiblemente es el deportista que más se ha acercado... aunque tal vez la falta de roce no lo ha llevado a empresas mayores.

La Frase:
Para el campeón hay tres estados principales que rigen la vida del deportista
1.- Facultad sin experiencia.
2.- Facultad con experiencia.
3.- Experiencia sin facultades.