Nacional

El Ramadán de un musulmán en El Oriental

* Llegué a los 19 años, me fui en los 80, pero en mi patria me sentía extranjero. Volví a este país tan rico y bendecido de Alá” * ”Los árabes, a pesar de lo que muchos puedan pensar, vinieron para quedarse en Nicaragua y trabajar” * Mi esposa es nica y era católica, nunca la presioné. Ella decidió abandonar su fe y abrazar el Islam, aprendió el árabe y mandó a nuestros hijos a colegios musulmanes”

Edwin Sánchez

Mensaje durante el Ramadán a Nicaragua:

“¡Ustedes son ricos, entiéndanlo!”

«¡Creyentes! Se os ha prescrito el ayuno, al igual que se prescribió a los que os precedieron. Quizás, así, temáis a Dios.» (Qur'an 2.183)

Saltamos en el tiempo, y hasta sobre la “religión occidental y cristiana” y nos ubicamos en el año 1383 del calendario musulmán con sólo pasar la puerta del establecimiento del Presidente de la Asociación Cultural Islámica Nicaragüense, Fahmi Hassan. El día se deshace en una garúa sobre el Mercado Oriental, y adentro nos encontramos con un mes más sólido que el húmedo octubre: estamos en el mes del Ramadán.
Fahmi lleva, cuando lo entrevistamos, cuatro días de ayuno. Es un nicaragüense de origen palestino con cinco peregrinaciones a La Meca. Vino al país cuando contaba con 19 años. 45 años después de habitar en estas tierras su amor a la bandera azul y blanco es mucho más tangible que el de aquellos que devengan un megasueldo por “servirle a la patria”.
Es un comerciante. Administrador además. Y debemos admitir que hay demasiada espiritualidad en su persona. “Nací en Palestina, fui expulsado --con mi gente--, de ahí en la guerra de 1948 cuando entraron los israelitas, tomaron una parte y nos sacaron. Tenía entonces 7 años. Viví en Jordania 11 años más y después viajé a Managua. Antes, pasé un año en Brasil, pero ahí me sentí solo”.
Nicaragua había acogido antes a unos familiares que le alentaron a buscar estas tierras. La imagen inicial del desconocido territorio fue la de un país calmo con gente muy hospitalaria.
“Y me quedé. Tengo 45 años de estar en Nicaragua. Cuando entró la revolución sandinista salí hacia Arabia Saudita, donde fui administrador de un hospital y luego regresé a Jordania”.
Su desierto personal desapareció. Entró a su biografía para escribirla mejor, una dama nicaragüense, Fátima Villavicencio. “Y gracias a Dios me salió bien, y mis hijos son todos nicaragüenses”.
En el almacén “El Titán” la gente llega, ve, se talla, compra. Él nos atiende en un despacho. Se excusa de darnos una taza de café. “Estamos en el Ramadán”. Nos platicó, y pronto tuvo un acceso de tos. ¿Un vaso de agua?, le preguntamos. “No. No es permitido. Sólo se puede mojar los labios. Nada más”.
Una mujer pone en alto a Nicaragua
Cuando retornó al Cercano Oriente, los que conocieron a su esposa se entusiasmaron con Nicaragua. “Me preguntaron que si podían venir a mi país, que si nos podíamos casar con una mujer así. Es que la vieron: una mujer trabajadora, íntegra. Todos quedaron admirados de ella”.
Llegó el tiempo de regresar con el cambio de gobierno en el 90. No la querían dejar ir. Hubo llanto en la familia Hassan. “Y ella misma no se quería venir. Se quedó y me dejó viviendo en Managua cinco años solo. Después le dije: ‘Si no te venís, me caso’”.
Los muchachos estudiaron allá y se bachilleraron, y aquí vinieron para la universidad, y ahora todos estamos en Nicaragua, contó el compatriota.
¿Se fue del país por diferencias políticas durante la revolución?
En realidad en aquel entonces había pocas divisas. Soy comerciante y ya no se podía importar mercadería. Fue por asuntos económicos. Yo no puedo quejarme de la revolución sandinista, nos trataron muy bien a los árabes, sobre todo a los palestinos. No confiscaron a nadie, pero yo soy comerciante, tengo una familia y debo buscar dónde puedo ganarme la vida.
Siempre digo, sinceramente, sentía que aquí en Nicaragua me había quedado algo. Yo debía recuperarlo. Vine de 19 años, tengo amigos, recuerdos, mis años juveniles. En Nicaragua me sentía cómodo y en mi patria extranjero.
No sólo retornó Fahmi, sino que vinieron otras personas. “Casi todos los que están aquí (El Oriental) son nuevos. Cuando entró doña Violeta la cosa cambió, el comercio está muy bueno, hay bastante libertad”.
Fátima se hizo musulmana
¿Su esposa es cristiana?
Ella se hizo musulmana y muy buena musulmana. Cuando fue a Arabia Saudita, recuerdo que era católica. Pasó dos años --después de casados-- en esa religión; yo nunca la presioné ni nada. Pero ahí, en Arabia, miraba a la gente, la televisión, el comportamiento de las mujeres árabes. Quedó admirada: para ella se trataba de un mundo nuevo. Que uno pueda salir y dormir en el desierto con su familia y no pasa nada la impresionaba. Se puede dejar la puerta abierta y no hay ladrones, no hay crímenes, ni licor ni nada de eso.
Me dijo un día: “¿Cómo hago para convertirme al Islam?” Bueno, muy fácil, decís que querés hacerlo y tenés que rezar. Le dije todos los pilares del Islam. Ella comenzó a vestirse como árabe, mandó a sus hijos a colegios religiosos, y fue la primera de mi familia que se tapa la cara con su burka.
Ella no quería regresar. Me dijo: “Yo no quiero perder a mis hijos”. Bueno, se dieron gusto, cumplieron 18 años allá, se bachilleraron y después los trajo.
Aprendió el árabe, lo habla y lo escribe como cualquiera de allá, porque además le gusta leer el Corán. Ella lo tiene en español, pero gusta leerlo tal como fue revelado al profeta en el idioma original.
“Y aquí va a la mezquita, y muchas nicaragüenses van por ella. Viendo los comportamientos de ella, quedaron encantadas”.
Los primeros árabes que vinieron al país viajaron antes de la Primera Guerra Mundial con el pasaporte turco otomano, pues muchas naciones árabes estaban bajo ese dominio. Fahmi dijo que luego cada árabe llevó su propia identidad, pero quedó pegado en la memoria de América Latina el término turco. Sin embargo, en Nicaragua no hay un solo turco, aseguró.
El empuje, la vitalidad es parte del ser árabe, ¿cómo se aprecia en el cambio de fisonomía operado en El Oriental?
Esto, en parte, es empujado por el trabajo. El árabe y musulmán donde quiera que llega deja huellas. Antes del terremoto hicimos casas con zinc, y con el tiempo debimos cambiar; ahora se ven grandes edificios, y porque gracias a Dios trabajaron bien (los árabes) y ayudaron a la economía nacional.
Vinieron para quedarse
Los árabes, asegura, a pesar de lo que muchos puedan pensar, vinieron para quedarse en Nicaragua y trabajar. No es que vinieran a hacer unos centavos y después se van. El que se va es porque está demasiado enfermo y quiere ir a morir allá. Pero la mayoría aquí se queda, construyen, trabajan y se quedan para formar parte de la sociedad nicaragüense.
Con lo de las torres Gemelas y lo que se ha dicho por la televisión internacional, ¿no ha variado el trato de los nicaragüenses hacia la comunidad árabe, no ha dañado su imagen?
Soy muy franco: jamás un nicaragüense ofendió a un árabe o a un musulmán, porque el nicaragüense es gente madura, sabe, conoce la verdad. Cada regla tiene su excepción en todas partes. ¿Yo qué culpa tengo de lo que sucede en otro lado? Nos tratan siempre lo mismo.
Pero, además, la gente sabe que no somos terroristas, sino que éste es el que viaja 12 mil kilómetros de su país a atacar a otro país, como en Irak; a sembrar la muerte, el terror, la destrucción. Éste es el terrorista, pero éste cambia la realidad y dice: esta gente es la que me está atacando, son unos terroristas.
Si vamos a llamar terrorista a todo el que se alza contra el invasor, deberíamos llamar terrorista a Nelson Mandela, a George Washington, a Bolívar, a Sandino, ¿por qué los llamamos héroes nacionales? Porque lucharon por una causa justa, y es lo que está pasando en el mundo islámico. Ellos invadieron Irak, Afganistán, y cuando el pueblo se levanta son “terroristas”.
¿Mantiene lazos con su país de origen?
Claro, ahí tengo a mis familiares, además, no he renunciado a mi sentimiento de árabe, de sentimiento musulmán en mi fe, y soy nicaragüense, con 45 años de vivir.
¿Entonces, le duele lo del río San Juan?
Sí, es algo muy doloroso. A mí no me gusta meterme en política, pero veo que los culpables son los políticos porque pelean entre ellos mismos y se olvidaron de sus responsabilidades hacia Nicaragua. ¿Qué es lo que pasa ahora? Mi país es como un árbol caído que todos quieren hacer leña: primero, Colombia nos quitó la isla de San Andrés, después Honduras, y ahora Costa Rica.
Puede haber diferencias entre nosotros, pero Nicaragua es para todos, y a todos nos toca defenderla, mantenerla siempre en alto.
esanchez@elnuevodiario.com.ni

El Ramadán afila la piedad
Hasta hoy domingo, Fahmi lleva casi una semana de ayuno. Entregará el cuatro de noviembre próximo, cuando finalice el Ramadán.
¿Qué hace en estos días? ¿Estará orando, viendo solo a La Meca?
En realidad durante el Ramadán la vida sigue igual, pero uno aumenta su sensibilidad religiosa, porque hay rezos extras, se va a la mezquita en la noche. Uno invita a sus amigos, ayuda a los necesitados. El ayuno le hace a uno probar lo que es el hambre y éste humilla a cualquier persona. Cuando uno siente hambre sabe que si Dios no le da el sustento no hay nada. Es así que sabemos lo que pasan aquellos que sufren de hambre toda la vida.
Damos el dos por ciento del capital de uno para repartirlo a los más necesitados. Como dijo el profeta Mohammed, el ayuno no es sólo dejar de comer y beber. El ayuno es no hacer daño a nadie. Es no decir malas palabras. No mentir, no robar. Si alguien viene a pelear con uno, debe decir estoy en ayuno, no hay que contestarle. Son cambios espirituales.

Mensaje a Nicaragua

En el mes del Ayuno
Palabras de un islámico practicante para el pueblo de Nicaragua:
“Es mes de la esperanza. Por eso uno no debe perder la esperanza en el futuro. Conozco a Nicaragua durante todo el tiempo que he vivido aquí. Es un país rico, que puede recuperar rápido habiendo gente que tenga buena fe, que trabaje, porque aquí tenemos todo, no nos hace falta nada.
Lo único que nos hace falta son unos gobernantes que dirijan al pueblo a hacer el trabajo productivo y dejar de seguir haciendo política por intereses personales y mezquinos, porque Nicaragua es mucho más grande que todo eso.
Nosotros algún día nos iremos de este mundo, no nos va a servir el dinero ni nada, sólo lo que dejamos aquí para el futuro de Nicaragua y de nuestros hijos. Cierto que el país ha sido manoseado por malos hijos en el pasado, pero ahora es el momento de cerrar filas, y el nicaragüense debe tener mucha esperanza.
Es un país que necesita que trabajen en él: en agricultura hay mucha tierra fértil, mucha agua, no hace falta nada más que trabajar. Tengan fe en Dios. Algún día volverá a ser el granero de Centroamérica y los nicaragüenses volverán a ser respetados.
Yo me acuerdo que en el pasado venían de El Salvador, de Costa Rica, de Honduras, cuando la temporada de corte de café, de algodón. Ahora la cosa cambió porque nosotros cambiamos, pero si hemos seguido el ritmo que llevábamos hace 25-30 años estuviéramos muy bien. No tendríamos deuda. La guerra no trae más que destrucción y odio. Trabajemos”.
Un católico o evangélico incrédulo diría: es fácil decirlo, porque los árabes cuentan con grandes reservas de petróleo.
Sí, en Arabia hay petróleo, pero acuérdense de que allá es puro desierto: no tenemos ni agua siquiera. No siembran nada, todo lo llevan de afuera. Aquí es al contrario: el petróleo de Nicaragua son sus ríos, sus lagos, sus depósitos subterráneos; éste es un país rico, ¡entiéndanlo!