Mundo Oculto

Héroe de las alturas

Es un valiente de la leyenda de Corinto, y uno de los principales personajes del canto IV de la Ilíada, además hijo de Poseidón, dios del mar

En una expedición de cacería, dio accidentalmente muerte a su hermano Béleros. Belerofonte, preso de la pena y la culpa, se expatrió en la corte del rey Pretos, o Proto, donde la reina Estenebea le manifestó una fuerte pasión. Ante la indiferencia que éste le prodigó, la apasionada Estenebea despechada y resentida solicitó a Pretos que lo mandara a matar, argumentando que el joven había intentado seducirla.
Pretos creyó la calumnia, pero estimó inadecuado mandar matar a su huésped, así que sólo lo instó a abandonar la corte, y lo envió a la casa de Iobate, padre de su mujer, localizada en Licia.
Valiente hasta el fin
El joven fue proveído de unas tablillas con signos incomprensibles para él, que debía entregar a su llegada, y que no se trataba de una presentación, sino de una orden de tormentos hacia su persona. Al principio fue recibido con beneplácito, pero al décimo día el anfitrión Iobate leyó las tablillas, aunque su conciencia no le permitió obedecer lo que en su texto se ordenaba. Así, decidió pedir a Beleronfonte que cumpliera con una serie de arriesgadas tareas.
En primer término, debió combatir contra los habitantes de Pisidia, los temibles solimos y los venció. Seguidamente fue enviado contra las amazonas, a quienes también derrotó. Luego se le ordenó matar a la quimera, aterrador monstruo con cuerpo de cabra, cola de dragón y cabeza de león, que bramaba llamas permanentemente. Para esta prueba, fue protegido por Palas Atenea, y así, montando el caballo Pegaso, Belerofonte aniquiló al monstruo. Iobate, sorprendido por la asombrosa campaña, decidió premiarlo dándole en matrimonio a su segunda hija y haciéndole entrega de su trono.
Cuando Estenebea se enteró de lo sucedido, se suicidó. Belerofonte se sintió tan grande que intentó alcanzar el cielo montado sobre su caballo alado Pegaso, pero Zeus, ofendido ante la extraordinaria impertinencia del mancebo, lo hizo caer a la tierra y murió. El caballo siguió en su carrera alocada y se incrustó en el firmamento, quedando convertido en una constelación.