Mundo Oculto

El juramento

Juramos morirnos juntos, no entregarles nuestra vida, decidimos acabar nosotros con nuestra existencia; como hermanos de lucha, atar para siempre nuestros destinos

La gran guerra convocó a los hijos de varias naciones, algunos sin entender aún muy bien nos enlistamos en la lucha. Queríamos convertirnos en hombres, intuimos que la única forma de abandonar la niñez era con la sangre de otros, quienes al igual que nosotros querían probar su valor; graduarse de hombres. No sabíamos, como sé ahora, que un hombre puede demostrar su valor sin empuñar las armas.
Nos rodearon, aún no sé como, quizás algún posta se quedó dormido, quizás el diablo le enseñó el camino en la oscura noche. Nos dimos cuenta que de ahí no saldríamos con vida, no esa noche, la suerte no estaba de nuestro lado, pues como abstraídos en un sueño o víctimas de un embrujo colocamos el campamento a la orilla de un acantilado, al rodearnos no teníamos más escapatoria que 100 metros de caída libre.
Los mantuvimos a raya por unos minutos, nos dimos cuenta de que las municiones no alcanzarían hasta la llegada de los refuerzos; juramos morirnos juntos, no entregarles nuestra vida, decidimos acabar nosotros con nuestra existencia; como hermanos de lucha, atar para siempre nuestros destinos. Uno a uno se disparó una bala en el corazón.
Me quedé sólo entre los cadáveres de mis amigos, no tuve el valor de dispararme, salté con la esperanza de que la caída me matase.
No es culpa del azar que yo sobreviviese la caída, ni un ángel cuidándome, ni el poder inefable del creador de todas las cosas, mis hermanos me salvaron. Yo lo sé, pero no para contar su historia, para mi vergüenza quedé con vida. Para recordar cada día de mi vida la traición, el no cumplir con mi palabra. Debo decir algo más, la posibilidad de salir de este laberinto de dolor me es imposible; la caída me quitó para siempre mis brazos.
He buscado por el mundo aquel que inicie mi camino a la reivindicación. Pero mis hermanos no quieren de mí que sea una mano extraña la causante de mi muerte, debo morir por mi mano; así me lo han hecho saber en sueños, pero yo no tengo manos.
Hoy regresé, tras vagar 60 años por el mundo, al acantilado, me pregunto si esta vez sus espectrales manos amortiguarán mi caída.
Espero que no, quiero descansar, debí atravesar con el plomo mi corazón hace 60 años. Debí, no lo hice, soy un cobarde; ahora lo sé, lo admito, quizás me dejen descansar.