Mundo Oculto

Reencarnación


La mañana del martes 13, Ruth González perdió a su marido en un accidente tonto.
“Andaba en la raya” --le comentó el miembro de la Cruz Roja que intentó salvarle la vida.
“Se resbaló, y una contusión leve en el cráneo lo mató. Es raro, realmente, morirse así, por un golpe suave en la cabeza” --dijo.
Ruth no cree en el accidente, le es imposible limitar todo a la casualidad. Desde hace unos meses, unas personas desean comprar el terreno de su casa, incluso alguno le ofreció comprarle el patio. Su instinto le dice que no hay casualidad en la muerte de su marido, y como la Policía no creé en conspiraciones que incluyan mal de ojo, decide buscar en los pueblos aquel que pueda darle una respuesta y la merecida venganza.
“No se debe jugar con los espíritus” --le advirtió Juan, anciano curandero de Diriomo, quien continuó: “Usted ha jugado en el pasado, y ahora vienen a cobrarse el insulto”.
Ruth juró que nunca, a lo largo de su vida, se había acercado al mundo de las malas artes, aunque en el fondo de su ser sintió que mentía, pero no podía explicar cómo.
“Mire”… --dijo Juan con paciencia-- “usted no es una persona, a lo largo de muchos soles y muchos pueblos usted ha vestido, como quien cambia la ropa cada mañana, otra carne, ha visto en el agua reflejado su rostro y siempre es un rostro distinto. En el pasado, en alguien que fue antes de ser quien es ahora, está la respuesta”.
Ruth quiso no creer en las palabras del anciano, para ella la vida no puede extenderse a lo largo de los siglos, al alma no le puede bastar con mudar la piel cada cierta cantidad de años. Trató de conciliar el sueño, tras unas horas de dar vueltas en la cama decidió tomar algo que le ayudase; un par de pastillas le bastaron.
Esa noche soñó con una montaña, en la cima un hombre cambiaba su alma inmortal por una noche de pasión.
“Lo que el hombre pedía era imposible, un amor que superase las barreras del tiempo, atar el destino de un alma a la suya, el mayor pecado… --susurra un ángel en sueños-- que se puede cometer, arrebatar la libertad es peor que pactar con el mal”.
Despertó apesadumbrada, el hombre de los sueños se le hacía familiar, no era ella quien atrapaba un alma para siempre, pero de alguna manera lo sentía cercano. Otras noches tuvo el mismo sueño, se despertó con la misma sensación; el hombre de los sueños no era un extraño, quizás ahora.
Una llamada telefónica le advirtió que pronto se le revelaría la verdad.
“Es sobre el terreno en el cual usted vive, lo quiero. Mi familia guarda cosas ahí” --dijo la voz que se anunció con mucha familiaridad como un conocido de hace tiempo.
Ruth entendió que la clave era el terreno, desde la llamada percibió vibraciones nuevas en el ambiente, como si algo maligno estuviese agazapado esperando para saltarle al cuello.
El hombre de la llamada llegó una tarde, antes que ella pudiese detenerlo la abrazó y la besó en los labios.
“Hernan” --le dijo-- ¿te has olvidado de mí?
Y con esa palabra regresaron a ella todos los recuerdos de vida pasada, él siempre Hernan, ella con otro nombre, y siempre el destino fatal, vio que lo amaría, pero el amor se tornaría con el tiempo en odio. Ella estaba destinada, hoy y siempre, a morir en sus brazos, él la enterraría en el patio de la casa, era el mismo patio, los cimientos de la casa eran los restos de ella a lo largo de los siglos.
“Esta vez… --le dijo Hernan-- será diferente. He cambiado”.
Ruth quiere creerle, pero está atada a él por un poder más maligno que el infierno mismo, él la mataría para iniciar de nuevo el ciclo.