Mundo Oculto

Los chupacabras

De entre la oscuridad aparecen unos ojos amarillos que le muestran los dientes. El cabo comprende que ha llegado por su sangre y no tiene fuerzas para defenderse

Jove

“Lo vi en el cine”, comenta el cabo bajo la luz de la luna llena, mientras apura el café con la esperanza de combatir el frío.
“En el fin de los días un hombre cubrirá su rostro blanco y andará por todas las calles de las grandes ciudades con una campanita, para avisar a los incrédulos que el fin ya está cerca, que es tarde, imposible de posponer lo inevitable. Hace tiempo entró por la puerta y es imposible posponer un minuto más el fin de los tiempos, y luego lo que quedará serán las calles vacías, ni un olor de los hombres se salvará, todo, absolutamente todo será consumido por el fuego”.
“El fuego” --comenta despectivo el sargento, al tiempo que escupe el tabaco mascado por un lado de la boca--, “el bendito nombre con el cual hablamos del olvido. Creemos que hacemos poesía cuando hablamos de fuego, algunos, incluso, los que tocamos con nuestras manos sucias la cosa divina. Ni la una ni la otra, cabo. El fuego es un elemento como cualquier otra cosa que forma parte del mundo de los hombres. El fin del hombre no llegará ni por fuego ni mucho menos por agua, que es una promesa dibujada en colores en el cielo desde hace tiempo”.
Una rama que se quiebra en la noche anuncia la visita, la esperada, la temida. Desde hace días le siguen los pasos, el sargento no sabe aún lo que es, no quiere saberlo, si pudiese conjurarle al espanto el regreso al otro mundo, lo haría sin verle el rostro. No por el miedo que pudiera causarle, sino por el dolor constante en los ojos de los aparecidos.
“Nadie quiere regresar a la otra vida una vez que la han visto”, comenta entre dientes el sargento, mientas prepara las semillas de mostaza por si es una mona bruja la que ha llegado a por sus almas. “Debe ser horrible, seguramente peor que ésta, pues quieren desprenderse de ella”.
A pesar de la luna llena que ilumina el campo, los lentes de visión nocturna que el cabo lleva en su bolso para diferenciar fantasmas de fieras del monte, no consiguen ver lo que desde la oscuridad los observa, lo sienten, pueden olerlo, casi tocarlo.
¿Y si no es un aparecido?, pregunta el cabo con miedo a un enemigo natural.
“Uno de nosotros no tendría garganta, cabo. No se preocupe, por ahí anda algo de otra vida, es cuestión de esperar”.
Los minutos se suceden, uno tras otro, inexorables. El continuo crujir de las ramas secas se le antoja al cabo como la cuenta final de su vida. Lamentó no entregarse al amor, a una iglesia que la garantizase la paz eterna, y no buscar un oficio en el cual no tenga la obligación de jugarse el alma inmortal cada noche.
¿Lo ve, sargento?, pregunta el cabo con ingenuidad. Sabe que no es posible ver aquello invisible al ojo humano.
Escuchan crujir unos huesos, una sombra pasa ante ellos. El sargento coloca su arma al lado y se lanza al piso, el cabo no reacciona a tiempo, una garra le corta la garganta, la sangre le corre por el cuerpo, se da por muerto, el sargento parece estar muerto.
De entre la oscuridad aparecen unos ojos amarillos que le muestran los dientes. El cabo comprende que ha llegado por su sangre y no tiene fuerzas para defenderse.
Nueve descargas rompen el silencio de la noche. En la frente de la cosa de ojos amarillos el cabo alcanza a ver un líquido que parece sangre, pero es verde.
“No es de este mundo” --expresa el sargento--, “tampoco de los espíritus”.
La revelación inquieta al cabo que lucha por mantener la sangre en su cuerpo.
¿De dónde es?, pregunta el cabo, mientras el sargento le atiende la herida.
“Los chupacabras son de otro mundo”. Empieza a decir el sargento, al momento que muestra con el dedo una estrella distante. Entonces el cabo entiende que el universo está plagado de misterios y monstruos.