Mundo Oculto

Hitler y el ocultismo

Una sociedad secreta alentó las más descabelladas aventuras de Hitler, desde la captura de la lanza del destino, a las búsquedas del Santo Grial o el arca de la alianza

Segunda y última entrega

Durante su juventud, Adolfo Hitler fue un tipo que rayaba la mendicidad y del que no se podía esperar mucho, sin embargo, los temas místicos despertaron en él una obsesión: la Lanza de Longinos, también conocida como la Lanza del Destino. Ésta era ni más ni menos la lanza que atravesó el costado de Jesús durante su crucifixión.
Según la leyenda, esta lanza tenía un extraordinario poder y había dado el éxito a reyes y conquistadores durantes sus campañas guerreras.
Hitler, admirablemente, llegó a escalar diversos cargos encabezando el Partido Nacional Socialista, hasta que finalmente llegó al poder con sus ideas expansionistas y la conquista del mundo.
En realidad, la obsesión de Hitler por el tema del ocultismo era de tal calibre que decretó una ley en la cual se prohibían expresamente todos los procedimientos de adivinación. Asimismo, organizó una requisa a gran escala de tratados y pergaminos de ocultismo. Por último, eliminó de manera sistemática a todos aquellos a los que considerase como una amenaza mágica para su régimen.
Walter Johannes Stein, asesor personal de Winston Churchill, conocía bien todo el entramado ocultista. Así los ingleses estaban al corriente de estas peculiaridades dentro del gobierno alemán, y no dudaron en trazar planes para sacar partido de esta debilidad. La magia era el talón de Aquiles del líder alemán, algo que consideraba su gran arma secreta y que, por el contrario, podría convertirse en el motivo de su perdición.

Arrastrados por la locura de Hitler
Incluso, en algunos momentos de la guerra, los aliados se dejaron arrastrar por la locura de Hitler y recurrieron a notables ocultistas británicos para que se pusieran de su parte en esta guerra mágica. Paralelas a las batallas sangrientas que tenían lugar en los campos de Europa, se desarrollaba la única contienda entre magos de la que nos ha quedado constancia histórica.
El caso más notable entre éstos es el de Aleister Crowley. El que se definía a sí mismo como la “Bestia del Apocalipsis” demostró ser también un gran patriota que sirvió a su país con lo mejor que tenía: sus conocimientos de ocultismo. Este conocido mago negro efectuó algunos trabajos por encargo del gobierno de Su Majestad. Existe la anécdota de una emisión en inglés de radio Berlín en la que los alemanes mostraban su desagrado por este hecho:
“Aunque Crowley celebre una misa negra en la Catedral de Westminster, eso no salvará a Inglaterra". No consta que tal ceremonia tuviese lugar nunca, pero a la luz de los acontecimientos parece que Crowley consiguió “poner al diablo” de parte de los británicos.

Drogas y trance
Por su parte, Hitler seguía su carrera particular en las artes oscuras recurriendo a todos los medios que tenía a su alcance. Su obsesión por el ocultismo se había transformado en una loca carrera sin orden ni meta, en la que ya no sólo corrían peligro su vida y su cordura, sino las de todo el país, que le seguía ciegamente como líder indiscutible. Uno de los métodos a los que recurrió fue el empleo de drogas para adquirir estados alterados de conciencia.
Lo que en un principio --y usado con mesura-- fue un medio encuadrable en lo válido dentro de las artes mágicas, escapó a todo control en las manos de Hitler. El caudillo alemán se hizo especialmente adicto a la mezcalina, gracias a la cual adquiría frecuentes e intensos trances. Estos estados estaban plagados de alucinaciones en las que decía comunicarse con los "superiores desconocidos".

La corte negra
Nadie se salvaba en la Alemania nazi de estas veleidades esotéricas. El ministro de Propaganda alemán, Goebbels, citaba por ejemplo trozos de las cuartetas de Nostradamus durante sus mítines, a la vez que participaba en las blasfemas ceremonias que celebraba en el más estricto de los secretos la cúpula nazi.
Lo que en tiempos fue una nación occidental civilizada se estaba precipitando hacia un extraño e inexplicable abismo, empujada por la locura de sus dirigentes. La irracionalidad y la magia se habían apoderado de un país, por la voluntad de sus líderes y de las sociedades secretas que les apoyaban.
Durante la época nazi, Alemania fue una isla en todos los aspectos. Teorías tan heterodoxas como la existencia de la Atlántida, cuna ancestral de la raza aria, eran dogma allí. La religión, la historia, la psicología, incluso la misma física se transformaban a imagen y semejanza del régimen nazi. En el ámbito científico, la cosmología oficial dictaba que la Tierra era hueca y que nosotros vivimos en su interior. El cosmos era una perpetua lucha entre el fuego y el hielo.
Auténticas aberraciones científicas que sólo tenían el mérito de encajar a la perfección con el pensamiento mágico de Hitler. Estas hipótesis eran creídas hasta tal punto, que las trayectorias balísticas de los misiles V2 se trazaban en virtud a tales principios. Lo milagroso fue que algunos de ellos llegaran finalmente a su destino.
Pero el auge y caída del Tercer Reich no es fácil de explicar sin hablar de una sociedad secreta de carácter germano y ario, que era el verdadero poder oculto que se escondía tras la ideología nazi. Un regreso a la magia y la irracionalidad que dominaban el mundo en la Edad Media.
El pangermanismo, el antimaterialismo, el espíritu medieval, aspectos del pensamiento rosacruz, enseñanzas alquímicas y, en general, todo aquello relacionado con la tradición esotérica occidental formaba el bagaje de esta orden. Ellos habían sido quienes alentarían las más descabelladas aventuras de Hitler, desde la captura de la lanza del destino, hasta las búsquedas del santo grial o el arca de la alianza.
En palabras de un periodista francés de la época: "La hipótesis de una comunidad secreta en la base del nacional socialismo se ha ido imponiendo poco a poco. Una comunidad demoníaca, regida por dogmas ocultos mucho más complicados que las doctrinas elementales de Mein Kampf o del mito del siglo XX, y servida por ritos de los que no se advierten huellas aisladas, pero cuya existencia parece indudable a los analistas de la patología nazi".

Las SS
Quizá el mejor ejemplo de esto sea la SS. Organizada como una orden de caballería a la antigua usanza, en sus ritos estaba siempre presente un ocultismo casi satánico. De hecho, uno de los requisitos para entrar a formar parte de esta elite del nazismo era hacer previamente una declaración de apostasía, en la que se renunciaba de manera categórica a la religión cristiana. La paranoia colectiva de esta época se comprueba en el hecho de que había oficiales de la SS que declaraban que el canal de la Mancha era mucho menos ancho de lo que decían los mapas.
Para ellos, el Universo no era más que una ilusión, y su estructura podía ser modificada por la voluntad de los iniciados. Una idea semejante fue la que llevó a Hitler a mandar a sus tropas a Rusia sin equipo invernal. Pensaba que, simplemente, con sus poderes místicos podía hacer retroceder el invierno ruso. Era el Imperio de la magia llevado hasta sus últimas consecuencias.
La SS fue, además, el vehículo que empleó Hitler para llevar a cabo el más sangriento ritual mágico de la historia: el holocausto judío. Es cierto, aparte de las razones políticas y racistas que animaron esta atrocidad, que el exterminio sistemático del pueblo hebreo tenía una razón oculta. Se trataba de un monumental sacrificio humano con el cual Hitler pretendía obtener el poder necesario para llevar a cabo sus ambiciosos planes de conquistar el mundo.
¿Qué misterioso poder avalaba la fascinación que Hitler ejercía sobre el pueblo alemán? La respuesta podríamos encontrarla en que encarnaba los mitos subyacentes en el inconsciente colectivo de Alemania. Hay quien, incluso, ve en su potente y demencial oratoria a un hombre poseído por alguna suerte de espíritu maligno.
Nadie sabe cómo, de lejos, llegó el entramado ocultista del régimen nazi. Cuando los rusos entraron en Berlín se encontraron con un grupo de soldados de la SS que se habían suicidado con unas extrañas dagas. Lo más curioso de todo este asunto es que todos ellos eran de raza tibetana. No llevaban consigo ni documentos ni insignias. ¿De dónde habían salido? No se sabe, pero lo que sugiere este hecho es que la Alemania nazi también mantuvo alguna suerte de intercambio místico con el Tibet, la capital espiritual del planeta.
El 20 de abril de 1945, el día en que Hitler cumplía 56 años, la compañía C del tercer regimiento norteamericano entra en Nuremberg. Diez días después, el 30 de abril, el teniente William Horn descubre el bunker secreto donde se oculta la lanza. En ese mismo momento, en otro refugio en Berlín, Hitler se suicidaba metiéndose una bala en la cabeza. A lo mejor tenía razón y su destino si estaba unido a la lanza.

*Extraído del libro “Conspiración: La sombra que nos gobierna”.