Mundo Oculto

El ocultista del siglo XX

El actual ocultista es un individuo normal semejante a muchos otros, pero con una particular sensibilidad hacia todas las cosas y las personas que le rodean

Imaginémonos que podemos curiosear, sin ser vistos durante todo un día, en la vida privada de un individuo dotado de poderes paranormales. Lo espiaremos mientras se despierta, lo vigilaremos mientras come, lo acompañaremos al despacho y a pasear, confundido entre los demás.
Nuestro hombre, apasionado por el misterio, es a la vez un personaje de los años 80. Quizás no viste a la última moda, no le interesa más que un simple anonimato.
Nada de turbantes, nada de miradas hipnotizadoras o terroríficas. Ya está lejos las épocas en que los detentadores de los poderes ocultos llevaban una existencia acética o comunitaria, regulada por rígidas normas y con uniforme especial.
El ocultismo en el siglo XXI
El ocultista del siglo XXI es una persona corriente que, por cierto, sabe menos que sus antiguos maestros. Podemos encontrarlos en cualquier parte, en el autobús, en la panadería y no reconocerlo. En resumen, un individuo normal semejante a muchos otros, pero con una particular sensibilidad hacia todas las cosas y las personas que le rodean.
Deseoso de establecer un buen equilibrio entre él y el mundo exterior, el sensitivo estará muy atento a sus propios hábitos, incluso a los alimenticios. Muchos textos orientales resumen la dieta ideal para quien se proponga fines inmateriales, en una sola e importante regla: “comer duro, seco y crudo”.
Además del oxígeno y del nitrógeno que respiramos, además de los hidratos de carbono, los lípidos y las proteínas contenidas en el alimento que ingerimos, nosotros introducimos en nuestro organismo prana, la energía sutil que circula en el universo para nutrirnos y recargarnos.
El secreto de la buena salud
El secreto de la buena salud física y mental de la vida misma, así como de las potencialidades paranormales, tiene su origen en dos simples y elementales funciones que en Occidente parecemos haber olvidado: una respiración abdominal lenta y profunda, y una larga y cuidadosa masticación.
El alimento duro y seco obliga a una masticación correcta y a una buena salivación, lo que permite obtener prana en mayor cantidad; el alimento crudo, natural y no alterado por el proceso de cocción conserva más tiempo las propias energías vitales y transmite directamente un alimento que traspasa lo material. Los cereales, alimentos vivos porque contienen en sí una semilla de vida capaz de germinar después de años y años, son entre todos los productos alimenticios los más ricos en prana.
Luego les siguen en orden inversamente proporcional a su velocidad de putrefacción, las legumbres, las frutas y las hortalizas, la miel, la leche y sus derivados, clasificados en la India como alimentos sattwici, es decir, tan buenos para el cuerpo como para el espíritu.
La carne en cambio, y con ella el tabaco, el alcohol, el azúcar blanco, los productos químicos y los alimentos conservados, resultan ser alimentos muertos, totalmente faltos de energía y que por tanto, potencialmente nocivos.
Todas las escuelas esotéricas han estado siempre de acuerdo, si no en eliminar totalmente la carne como en Oriente, al menos en limitar su uso. Los templarios, grandes maestro de lo oculto, lo admitían no más de tres veces por semana.
Hay que dar presencia, en estos casos, al pescado o al pollo (especies más distantes del hombre, en la escala evolutiva, que la vaca o el cerdo), evitar el uso de envasados o de carnes en conserva.
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