Mundo Oculto

Hitler y la lanza del destino

La semana pasada en la publicación “La lanza de Longinos” comentamos sobre el poder místico que se atribuye a la punta de lanza que atravesó el costado de Jesús durante su crucifixión y el interés de Hitler en esta reliquia, ahora ahondamos en la importancia que ésta imprimió en el dictador

Primera de dos entregas
No es un tópico, en muchas ocasiones la realidad supera a la más descabellada de las ficciones. No hay muchos novelistas que hubieran podido inventar un argumento en el que uno de los hechos más sangrientos y trascendentales del siglo XX --la Segunda Guerra Mundial--- tuviera como uno de sus ejes centrales a un antiguo objeto de poder, una reliquia de categoría sólo comparable a la del mítico Santo Grial.
Ésta es la historia de un hombre, Adolfo Hitler, que presa de un extraño delirio entre místico y mesiánico logra conducir a la hecatombe a todo un continente. Lo que pocos conocen es que esta historia supuestamente tiene su comienzo en una oscura sala de un museo de Viena.
Según el último capítulo del Evangelio según San Juan se narra la historia de Gayo Casio, el soldado romano que atravesó el costado de Cristo con una lanza. Aquella no era un arma corriente. Se trataba de un símbolo de los poderes mágicos inherentes a la sangre de los elegidos de Dios.
La narración de Walter Johannes Stein
La historia de la relación de Hitler con la Lanza de Longinos o del Destino nunca hubiera sido conocida sin la intervención de Walter Johannes Stein, asesor personal de Winston Churchill en lo referente a la psicología y motivaciones de Adolf Hitler. Stein conocía bien todo el entramado ocultista que se escondía tras la cara aparente del III Reich.
La cúpula dirigente del partido nazi tenía otras motivaciones muy diferentes a las que se revelaron en los juicios de Nuremberg; allí había cosas que el racionalismo de nuestro siglo no podía siquiera admitir que siguieran existiendo: ocultismo, magia negra, paganismo... La cruz había sido sustituida por la esvástica de la misma forma que la religión lo había sido por la magia. Aquí no había sólo locura; aquí anidaba el verdadero mal.
Stein podía comprender bien todo esto por varias razones. Para empezar era uno de los más notables medievalistas de su época y una auténtica autoridad en lo referente a las leyendas griálicas.
También, aunque no de manera pública, tenía unos extensos conocimientos esotéricos, imprescindibles para una comprensión adecuada de ciertos textos medievales, en los que el significado aparente y el profundo a veces distan mucho uno del otro. Pero, ante todo, era un profundo conocedor de la leyenda de la lanza y, gracias a eso, había conocido personalmente a Hitler.
La visión
Desde que tenía quince años, Hitler tenía el convencimiento de que algún día el destino del mundo recaería en sus manos. Años después, cuando era poco más que un vagabundo que dormía en los parques de Viena, esas visiones parecían muy lejos de cumplirse. Él era un elegido y lo sabía. Todo su tiempo lo empleaba en estudiar en la Biblioteca Hof ocultismo, mitología nórdica y germana, filosofía y política.
Su pasión llegaba a tal extremo que su evidente malnutrición se debía, sobre todo, a las veces que embebido en sus estudios se olvidaba hasta de comer. La culminación de este proceso llegó cierto día que se encontraba dibujando en el museo del Holfburg, la casa del tesoro de Habsburgo. En su miseria, odiaba profundamente a toda aquella dinastía que públicamente mostraba sus riquezas a quien quisiera contemplarlas.
Cetros y coronas enjoyados no hacían sino despertar una repugnancia que fomentaba adrede. Pero aquella tarde su atención se fijó repentinamente en una antigua lanza, la misma que un centurión romano había clavado en el costado de Cristo y a la que las antiguas leyendas asociaban con el destino histórico del mundo.
Constantino y Otón el Grande estaban entre los conquistadores que la habían empuñado a lo largo de la historia. Hitler se sintió fascinado por el objeto. La lanza de hierro oxidado estaba sobre un lecho de terciopelo dentro de una caja abierta de cuero.
Como dijo el propio Hitler: “Supe de inmediato que aquel era el momento más importante de mi vida. Y, sin embargo, no podía adivinar por qué un símbolo cristiano me causaba semejante impresión. Me quedé muy quieto durante unos minutos contemplando la lanza y me olvidé del lugar en que me encontraba. Parecía poseer cierto significado oculto que se me escapaba, un significado que de algún modo ya conocía.... Me sentía como si la hubiese sostenido en mis manos en algún siglo anterior, como si yo mismo la hubiera reclamado para mí como talismán de poder y hubiera tenido el destino del mundo en mis manos. ¿Cómo era posible aquello? ¿Qué clase de locura se estaba apoderando de mi mente y estaba creando tal tumulto en mi pecho?”.
Hitler se quedó allí, delante de aquella vitrina, hasta que el museo cerró sus puertas.
A partir del día siguiente, el joven Adolfo se convirtió en una autoridad en la materia, estudiando todo lo que caía en sus manos sobre la misteriosa lanza. Estaba como poseído. Acababa de tener una visión mística en la que se veía reclamando para sí la lanza y dominando con ella el mundo. Y aquello tenía lógica, pues el objeto que le había llamado desde su estuche de cuero había estado asociado desde hacía siglos con el destino de la humanidad. Todos los reyes y emperadores que la habían empuñado habían salido victoriosos de sus batallas. Y él no sería menos.
El hombre que eligió el mal
Dice la leyenda de la lanza que en ella se encierran los espíritus del bien y del mal. No es solamente una cuestión de moralidad, sino que bajo esta concepción dualista se engloban dos maneras bien diferentes de entender el mundo y lograr los objetivos.
Tremendamente influido por la filosofía de Nietzche y Schopenhauer, Hitler eligió conscientemente el mal, renegando del cristianismo para emular al superhombre anunciado por estos filósofos. Con veintiún años el joven Adolfo había tocado fondo y se disponía a renacer de sus cenizas para conquistar el mundo.
Por aquella misma época Walter Johannnes Stein estudiaba su doctorado en Ciencias en la Universidad de Viena. Al igual que Hitler, era un entusiasta estudioso de la leyenda griálica y de su relación con el objeto que se custodiaba en la Casa del Tesoro. También él sabía que la antigua reliquia había sido talismán de poder de personajes históricos tan importantes como Carlomagno o Constantino.
El joven Stein se encontraba muy lejos de suponer que aquellos estudios algún día le valdrían una orden de arresto por parte del jefe de las SS, Heinrich Himmler, así como la confiscación de sus papeles para engrosar el archivo de la Ahnenerbe, la Oficina de Ocultismo nazi. El origen de esta situación estuvo en el caluroso verano de 1912, cuando se encontraron ambos estudiantes.
Fue entonces cuando Stein, en una librería de lance vienesa regentada por Ernesto Pretzche, tuvo el primer atisbo de la importancia que la lanza tendría en la historia del siglo XX.
Buscando material para sus investigaciones dio con una serie de libros sobre el tema cubiertas de abundantes anotaciones que por su nivel intelectual le impresionaron, aunque esa sensación se trastocó en pavor cuando al ir avanzando en la lectura comprobó que se trataba de apuntes de alguien que había adquirido un grado impresionante de conocimientos de magia negra.
La relación entre Stein y Hitler ya nunca terminaría. Stein sería testigo del meteórico ascenso de Hitler al poder. En 1938 Hitler cumple su sueño adolescente y por fin toma en sus manos la mítica lanza. Anexionada Austria el desfile triunfal del führer por las calles de Viena sólo tiene una meta: el museo de la ciudad. Allí pasa casi 48 horas encerrado con el objeto de su anhelo.
Después coge la lanza trasladándola a un depósito subterráneo antibombas en la ciudad de Nuremberg, la capital espiritual del movimiento nazi.
Hitler y el más allá
Éste es el origen de uno de los capítulos más alucinantes de la historia de la Segunda Guerra Mundial. El que afirma que el caudillo alemán debía buena parte de sus éxitos al contacto con entidades sobrenaturales. No se sabe hasta qué punto estos rumores son ciertos. Como ya hemos aclarado, Hitler era un practicante consumado de las ciencias ocultas y de hecho se rodeó de todo un séquito de expertos en estos temas.
Stein también fue amablemente invitado a formar parte de este grupo. En 1933 fue arrestado por el que más tarde sería jefe de las SS H. Himmler. En los calabozos de la Orden Negra se le intentó coaccionar de todas las maneras posibles para que accediera a formar parte del buró ocultista alemán. Sin embargo, pudo huir y convertirse más tarde en el asesor de ocultismo de Winston Churchill. Él fue la persona que estuvo detrás de toda la guerra mágica que los ingleses dirigieron contra Hitler en el marco de la contienda mundial.
Peor suerte corrió el que por aquel entonces era el vidente más importante de Viena, Erich Hanussen. Su gran pecado consistió en llamar demasiado la atención del paranoico Hitler. Antes del ascenso de Hitler al poder éste había conseguido fama y fortuna a través de sus dotes de las que por cierto se sirvieron también los dirigentes del partido nazi.
El 26 de febrero de 1933 Hanussen anunció, en pleno trance, que el parlamento alemán sería destruido por un incendio, vaticinio que se cumpliría 24 horas más tarde de mano de los hombres del partido nazi, que intentaron acusar del hecho a los comunistas. Una maniobra política típica del modo de actuación de los nazis. A Hitler le inquietaba que anduviese suelto un hombre con estas dotes, alguien que se pudiera anticipar a sus planes y, por ende, avisar a sus enemigos, por lo que ordenó a los SS que lo eliminasen. La orden se cumplió el 7 de abril de 1933.