Mundo Oculto

Baháulláh: luchador de la fe Bahái

Un hombre que con su ejemplo abrió brecha en toda una filosofía de la vida

Durante los últimos años, no sólo en Carazo, sino en diversas partes de Nicaragua me he encontrado con personas que me preguntan acerca de la fe Bahái. Aquí tenemos la oportunidad de explicar un poco sobre lo que es esta tendencia religiosa y cómo llegó a ser reconocida a nivel internacional a través del ejemplo de Baháulláh.
Remontándonos en el tiempo, el 12 de noviembre de 1817 nació en Teherán un niño al que bautizaron con el nombre Husayn-Ali.

El “Padre de los pobres”
El bebé era hijo de un acaudalado ministro de gobierno, cuyos antepasados se remontaban a las grandes dinastías del pasado imperial persa. Durante su juventud Husayn-Ali (que posteriormente fue conocido como Baháulláh, que significa “la gloria de Dios”) disfrutó de una vida principesca y de una educación centrada en equitación, esgrima, caligrafía y poesía clásica.
Tras declinar la carrera ministerial que se abría ante él, prefirió consagrar todas sus fuerzas a la beneficencia, lo que a comienzos del decenio de 1840 le valió ser conocido como “el padre de los pobres”.
En 1844, a la edad de 27 años, Baháulláh se convirtió en uno de los grandes defensores de los elevados ideales plasmado por la Bahái, una religión que pugnaba por una moralidad exigente fundada en la pureza del corazón, la defensa de los pobres y la defensa de la mujer. Esta religión había barrido Irán como un torbellino, atrayendo sobre sí la feroz persecución del clero dominante.

Condenado
Tras la ejecución, en 1850, del fundador de la fe Bahái, conocido bajo el seudónimo de Báb, Baháulláh fue arrestado por prestar su apoyo a esos ideales. En Teherán algunos clérigos influyentes solicitaron la pena de muerte, pero gracias a su reputación personal, a la posición social de su familia y a las protestas de algunas embajadas occidentales, su vida quedó bajo resguardo de las autoridades.
Así, en 1852 su castigo fue ser arrojado con una cadena en el cuello a una mazmorra conocida como “el pozo negro”, un lugar que con anterioridad había servido como depósito subterráneo de aguas negras de un baño público, con la esperanza de que allí se muriera. No obstante, fue aquella mazmorra la cuna de una nueva revelación donde Baháulláh asegura que el Todopoderoso y Omnisciente le ordenó que alzase la voz entre la tierra y el cielo.
Baháulláh pasó cuatro meses en el “pozo negro” y luego de conocer el alcance de su misión emprendió un exilio y que conllevaría cuarenta años de encarcelamiento y persecuciones.
En la última etapa de su vida fue enviado a la prisión de Acre, en Palestina, un remoto umbral al que solían destinar a asesinos, asaltantes de caminos y disidentes políticos. Acre, según la descripción popular, era tan fétido que al aspirarlo incluso las aves se desplomaban.

Abriendo corazones
Sin embargo, con el paso del tiempo, el espíritu de Baháulláh y sus enseñanzas lograron hacer mella en medio de tanta hostilidad, al punto de que algunos de los gobernadores y clérigos de la ciudad llegaron a convertirse en devotos admiradores suyos. Al igual que aconteció en Bagdad, su talla moral fue haciéndose acreedora de la admiración y el respeto de toda la comunidad.
En los últimos años de la década de 1870 permitieron a Baháulláh trasladarse a vivir fuera del recinto amurallado, en un lugar donde sus seguidores podían visitarle con relativa paz y seguridad. Baháulláh falleció el 29 de mayo de 1892.

Dr. Billy de Jesús Asilva
Doctor en filosofía Oriental
billidejesusasilva@hotmail.com