Mundo Oculto

Despedidas

El Taita ha arrastrado a Rupandiya hasta ahí so pretexto que a la muerte hay que besarla en la boca cuando se da la oportunidad

Jove

“Escribió el poeta -–le dice el Taita a Rupandiya-– que la tierra no conoce los caminos por donde a diario anda”.
“Taita, usted me ha dicho que la tierra es el hombre”. ¿Esto quiere decir entonces que es aquel producto de un sueño no conoce los caminos?
“Ese es a la vez el camino, el caminante, quien se queda a la orilla, el que definitivamente desiste”, le responde.
¿Camino, hombre, tierra y destino son la misma cosa?
“Sí chosme, toma por ejemplo la Carreta Nagua. La carroza de los muertos”, le dice Taita.
¿Qué se lleva que sea nuestro?
“Nada, el alma no nos pertenece, el cuerpo es abono de cultivos”.
¿Entonces por qué le teme el hombre?
“Le recuerda su naturaleza”.
¿Cuál es la naturaleza del hombre?
“Es un sueño, el hombre es un sueño Taita. Y a la vez una pesadilla, cualquier hombre es todas las posibilidades y a la vez una sola; la vida y la muerte parecen hermanas, pero son la misma cara del destino”.
Taita escuchó la carreta llegar. Guarda silencio Rupandiya, que aún no está marcada nuestra hora. Rupandiya y el Taita se refugian entre la maleza alta del camino, escuchan el crujir de huesos que se acerca: tra, tra, tra, tra, marcan el paso lis bueyes, zas, zas, zas, se escucha el látigo del conductor sobre la espalda de las almas condenadas a vagar por lo que queda del mundo.
El Taita ha arrastrado a Rupandiya hasta ahí so pretexto que a la muerte hay que besarla en la boca cuando se da la oportunidad.
“Ahora Chosme”, le susurra el Taita a Rupandiya, que corre hacia la carreta, salta dentro de ella y la encuentra”.
“María, María, María”, la llama Rupandiya para hacerla recuperar la conciencia.
“Estamos prestados Rupandiya”, le dice María en un momento de lucidez, quizás el último que le queda.
“No me ames ahora, ya no me quieras, aparta ese fantasma que guardas de mí”, le dice Rupandiya suplicante, tiene que bajarse de la carreta o quedarse para siempre, y con vida entre los condenados.
La ve marcharse en la madrugada, con la esperanza de ver ese amanecer que anhelan los condenados y que nunca llegará.
¿Le hablaste?, pregunta el Taita.

“Sí”, musita Rupandiya con el corazón destrozado.
“El hombre no conoce el camino por donde anda, el amor lo mantiene en el camino.
El hombre está loco”.