Mundo Oculto

Sediento de venganza

No sé desde cuándo urdió la venganza, pero sé que sus consecuencias las vivimos en nuestros días, y después que la noche caiga sobre nuestros hombros seguirá en el tiempo cuando nuestros huesos se conviertan en polvo

Jove
Creo que le decían el hombre del río. No estoy seguro aún, no quiero estar seguro nunca. La mera mención de su nombre atrae la mala suerte.
Y no es que “Él” --así le diré de aquí en adelante-- fuese un mal hombre. Quiero pensar que los hombres son víctimas de las circunstancias, no se viene al mundo con el signo del mal bajo el brazo, el mal es algo que se anida en nosotros, crece cada día si lo alimentas. Es posible vivir el mal y no convertirse en aquel de cuyo ser nace el mal, es una elección humana, como cruzar una calle o responder a la injuria con insultos.
“Él”, debo admitir, sufrió en la niñez. Un grupo de hombres desearon la tierra de su padre con tanta intensidad que encontraron una solución terrible: alimentaron a los cerdos con carne humana. Eran las carnes del padre y la madre de este hombre, quien al transcurrir los años dio cabida en su corazón el mal para usarlo como su instrumento de venganza.
Es necesario aclarar que el asesinato no es necesariamente originado por el mal, un hombre puede matar a uno o miles por error, o por motivaciones simples: la pasión, el deseo, la necesidad, algunas soledades...
El verdadero mal es algo menos oscuro, de hecho el mal no se esconde entre las sombras, porque es el primer lugar en el cual lo buscarían. El mal auténtico procede como los inocentes y las personas limpias. Uno hasta puede creer que ellos entrarán al cielo.
No sé desde cuándo urdió la venganza, pero sé que sus consecuencias las vivimos en nuestros días, y después que la noche caiga sobre nuestros hombros seguirá en el tiempo cuando nuestros huesos se conviertan en polvo.
Su venganza era simple, no por eso pueril. Lo amamos, nos hizo creer en la salvación, que nuestras faltas, las de nuestros padres y las de nuestros abuelos y bisabuelos serían perdonadas una vez que le siguiéramos a una tierra distante “guardada para nosotros desde el principio de los principios del tiempo”.
Algunos no le tuvieron fe, otros cansados de una vida de servidumbre se aferraron a la esperanza. Somos seres mortales y la esperanza es el peor de los pecados, pues nos hace creer que la salvación es posible para el animal que anda sobre dos patas.
Huimos con “Él”. No sé si esa será la palabra correcta, pero huimos. En realidad fue más como un encanto, una posesión la que nos empujó a seguirlo por tierras lejanas, entre milagros y castigos de a poco nos moldeó, al menos así nos dijo: “Para ser libres, primero tendrán que aprender el valor de la libertad”, y nosotros gritando entre las multitudes: “Sí, sí, somos libres, al fin libres”.
Hoy le hemos dado muerte. Le seguimos a la montaña en la cual “Él” se retiraba cada tarde. Con una piedra le destruí el cráneo, otros le clavaron sus dagas en el corazón, sospechába mos desde hace tiempo el engaño; nos miente, nos ha traído hasta aquí para matarnos de hambre, murmuraba el pueblo.
Ahora que su sangre corre entre las piedras de la montaña, sabemos que no podremos revelar al pueblo el engaño. “Él” sabe dónde estamos y no podríamos regresar a nuestras abandonadas casas.
“Diremos que el creador se lo ha llevado --les dije--, que lo ha llamado a su lado. Hemos de vivir y heredar esta mentira... Recuerden... el Señor se lo ha llevado a ‘Él’: Moisés”.