Mundo Oculto

Paciencia

Vence cotidianamente el miedo de que bajo sus pies, mientras cierra los ojos para evitar el jabón, las ratas pasen brincando

Jove
Ella le teme a la oscuridad, pero les teme más a las ratas. Su cuerpo se paraliza cuando se siente sola, por eso siempre tiene al alcance de la mano el teléfono móvil para mantener contacto con las amigas y los amigos. También siente aprehensión cuando se encuentra en un espacio cerrado, no es el caso en esta ocasión, ha rentado una antigua bodega de techo alto, del tamaño de por lo menos dos canchas de baloncesto.
Si bien la empresa de energía ha mantenido regular el flujo de energía durante los últimos meses, ella no se fía de su suerte, tiene instalado un sistema de luz de emergencia de baterías y en el techo paneles de energía solar, por si el azar o la maldita suerte que la acompaña desde siempre, decide jugarle una mala pasada.
También ha tomado precaución con las ratas, cada semana abandona por 12 horas la bodega-apartamento para permitirles a los exterminadores colocar cepos, veneno y revisar el sistema de ventilación; antiguo y permanente escondrijo de los roedores. Paga bien, eso le asegura un trabajo de calidad y dormir con alguna tranquilidad; de no ser por la soledad, la ausencia de otro calor corporal a su lado, podría declararse feliz.
¿Quién toleraría mis manías?, se pregunta, y casi de inmediato se responde que no hay un alma gemela para ella sobre la tierra.
“Conocí una persona prometedora”, piensa con nostalgia y con la misma tristeza en el corazón quiere borrar aquellos años en los cuales sintió el amor como una posibilidad plausible.
Aunque su situación está lejos de ser idílica, ella consigue apañarse con los retos cotidianos: levantarse, ir al baño y superar el temor que de la cañería del inodoro surja una rata empapada.
Vence cotidianamente el miedo de que bajo sus pies, mientras cierra los ojos para evitar el jabón, ellas (las ratas) pasen brincando. Supera la idea de que en el armario quizás mientras dormía una rata hizo nido entre sus ropas. Para librarse de ese pensamiento, cada mañana coloca su ropa en la lavadora automática y luego la seca. Necesita de esa noción de limpieza, de inmaculada distancia entre ella y las ratas.
En el trabajo --es gerente en un banco-- pone a hervir el agua, agua pura, antes de saciar su sed, quiere estar segura de que no hay gérmenes de ratas vivos cuando hidrata el cuerpo. Sus hábitos son tolerables a causa de su excelencia profesional.
Nunca come en casa, podría tener una cocina, horno, refrigeradora, de hecho la buena mesa es una de sus grandes pasiones, pero sabe que las migajas, lo refrigerado, una que otra fruta olvidada, sería suficiente para atraer hasta su bodega-apartamento a los condenados roedores.
Tampoco va a los restaurantes, sabe que nadie toma las mismas precauciones que ella, por eso entra a los supermercados, compra alimentos en conserva, ahí mismo los devora, odia el sabor, su interior le dice que esa no es vida, ingiere con esfuerzo, para vivir nada más y tolerar otro día. Nunca apaga la luz, ni de día ni de noche, duerme con todas las luces encendidas.
A pesar de todas sus precauciones, lo que no sabe es que cada noche, mientras sueña con un paraíso de limpieza, algo de gran tamaño, gorda, de pelos hirsutos y cola gruesa llega hasta ella, sube a su pecho y la besa suavemente en la boca. Luego se retira a un rincón bajo la cama y sus ojos rojos brillan en la oscuridad, aguardando pacientemente el día.
El día en que tanta soledad acabe con la joven y al fin tenga oportunidad de devorarla poco a poco.