Mundo Oculto

Por el hijo

No quería herir el cuerpo, quería atrapar el alma, no permitirle el acceso al cielo ni al infierno

Mientras afila el acero de la navaja, Carlos recuerda la última tarde con su hijo: Eduardo. El chico le dijo que iría al parque para jugar un partido con los amigos, esperaba quedarse un par de horas, quizás convertir un par de goles y regresar a casa a tiempo para la cena, igual que todas las noches.
En un vecindario tranquilo era común que los padres tuviesen la confianza de permitir a los adolescentes permanecer fuera de casa hasta altas horas de la noche, no había nada que temer, nadie que despertase alguna sospecha. Además, Eduardo, con 15 años, ya tenía la fuerza física suficiente para defenderse de cualquiera.
“Es curioso, los derechos afilan diferente la hoja, también la clavan distinto, eso podría delatarme, deberé aprender a blandir el arma como un derecho, para no delatarme con los cortes”.
Eso pensaba actualmente Carlos, luego de casi 20 años desde aquella noche que la angustia se apoderó de su corazón. En aquella ocasión algo en el aire le avisó que Eduardo estaba en peligro y que debería ir por él, pero llegó demasiado tarde.
Cuando llegó lo encontró con el corazón atravesado por un balazo.
“Tragedia en refriega de pandillas”, dijo el diario, cuando en realidad Eduardo se mantenía alejado de grupos de jóvenes que le pudiesen representar algún peligro a su existencia. Se sospecha que alguien llevó la tragedia al vecindario, que el verdadero culpable era una persona que manejaba los hilos, que era el origen de todo mal. Un sospechoso que no sería fácil de encontrar.
Sin embargo, a Carlos le tomó 20 años descubrirlo y estar listo. Iba a tomar la ley en sus manos, pero la muerte no sería suficiente para quien era culpable del fallecimiento de su hijo.
No quería herir el cuerpo, quería atrapar el alma, no permitirle el acceso ni al cielo ni al infierno. Por eso tenía que encontrar la única manera para condenar verdaderamente el alma humana: con el amor.
Los detalles de cómo dejó de ser un hombre son innecesarios. Bastará saber que en 20 años se convirtió en una atractiva mujer de nombre Karla, que llevaba bien sus 40 y tantos años. Conoció a Cifuentes, en más de una manera, no hablaron del pasado, ni del futuro. Cuando vio en los ojos de su víctima la pasión desbocada del amor le atravesó el corazón con su navaja.
“Serás un fantasma arrastrándote tras de mí, escupiré el suelo en que habitas”, le dijo Karla.
Y lo cumplió. Ahora hay un fantasma que se arrastra tras un hombre convertido en mujer que ríe. No sé si satisfecho… o satisfecha.