Mundo Oculto

Ángel de ojos azules

No paso mucho tiempo antes que llegase hasta nosotros una joven; llevaba un vestido de colores vivos, era rubia, sus ojos azules me estrujaron

Jove

La superstición, precaución o miedo a la muerte adherida en las curvas obliga a los hombres de las carreteras a detenerse en el camino. Buscan a sus iguales para compartir, al calor del agua ardiente o una cerveza, cuyo precio no incluye fría, soledades.
Cantinas, gasolineras y comedirías populares son los oasis de la gran carretera, moderno desierto de asfalto. En ocasiones, la pausa obligada es improvisada en una orilla del camino; un termo con café ralo, emparedados de hace días, restos de rosquillas y un relato bastan a los viajantes para departir a la luz de los faros de emergencia apostados en la carretera para avisarle a quienes llegan que ahí pueden encontrar compañía.
Los hombres hablan de cualquier cosa; los precios del combustible, el último amor abandonado en un puerto de montaña, mejores rutas, aventuras, peatones incautos que se atraviesan en el camino de los cuales no se quiere saber más pero es imposible evitar preguntar sobre el destino de tal y cual atropellado, preguntas que no aligeran la conciencia, permiten olvidarse del calor húmedo de la noche y del miedo.
Yo antes me detenía en esas improvisadas reuniones, no lo hago más, el miedo ha entrado tan dentro de mí que procuro descansar en una cama rentada, quizás hacer el amor, pero si el tiempo apremia conduzco como un demente en la noche sin respetar ni preguntar si aquello que cruza a lo lejos en la carretera es un moro o un cristiano, no quiero saberlo, hay muchas identidades distintas a la humana.
La última vez que me detuve, luego de compartidas las raciones, conversamos un buen tiempo a la espera del amanecer. No paso mucho tiempo antes que llegase hasta nosotros una joven; llevaba un vestido de colores vivos, era rubia, sus ojos azules me estrujaron.
Los hombres somos así, ante la belleza nos olvidamos de la cortesía hacia los demás y sin enterarnos competimos por su afecto, una muestra de cariño nos bastaba, siempre que ésta fuese para nosotros, un signo de consideración hacia el otro lo convertía en rival, el individuo despreciado que la noche nos obliga a tolerar.
Nos dijo que se llamaba Angela, que estudiaba el último de la universidad en no sé yo que profesión relacionada con la astrofísica, nos dijo que la omnipresencia no es exclusiva de Dios, que uno puede --si lo desea con intensidad-- presenciar dos o más momentos en lugares distintos, que esta cualidad caracteriza a los santos y los ángeles,
pero el hombre común no es ajeno, quizás alguno de nosotros en algún momento en la carretera al quedarse dormido sintió que descansaba en su cama, para ella en ese momento estábamos dormidos sobre el volante y en nuestra cama. Otras cosas nos dijo, ya las diré en otro momento.
Los primeros rayos de sol anunciaron el amanecer, ella se disculpó con nosotros, tenía que regresar a su casa. Le ofrecimos llevarla.
“Estoy en mi casa”, nos dijo. “Hace dos años aquí un camionero me atropelló”.
Y con la primera luz de la mañana se esfumó en el aire.