Mundo Oculto

Chupacabras

Caminaron hacia la trampa, con pasos lentos, el cabo se asustó al ver a la cosa que se alimentaba del cuello del ternero

Jove

“Por este camino pasa, lo vi pasar ya varias veces amigo”, le dijo el anciano campesino al sargento.
“Cuando se acerca, desde lejos se escucha el tronar de sus huesos: tra-tra- tra-tra. Le suenan los huesos al animalito, tra-tra-tra como si están por desprendérsele todos”.
“Sargento… ¿para qué buscamos al Cadejo, si andamos buscando coyotes?”, pregunta el cabo con miedo. “Recuerde que esa criatura no es de este mundo”.
“Se equivoca joven --le dice el anciano--, quienes no son de este mundo somos nosotros. El Cadejo ya estaba aquí antes que nuestra madre nos tirara en el mundo, seguirá aquí cuando venga del cielo a llevarse nuestras cenizas para hacer de ellas otras estrellas”.
El cabo no tuvo más remedio que guardar silencio, ya que de las cosas espirituales él sabe tan poco que le deja esos asuntos de los espíritus al sargento, un poco más experto en éstos y otros temas. Por lo pronto lo que le interesa es dar caza a una jauría de coyotes que han aterrorizado a los ganaderos desde hace unos meses.
“No se comen las vacas --les dice el anciano--, les sacan toda la sangre y ahí los dejan, ésas no son cosas normales en esta tierra”.
Vaya que tiene razón en sus observaciones el anciano, y claro que tiene razón el cabo en guardar silencio, porque el sargento no busca al Cadejo por sospechar que éste sea el culpable de la muerte de las vacas. Busca su protección, sabe muy bien que tampoco se trata de lobos, eso le dice a los pobladores para calmarlos, pero igual que ellos se encuentra sorprendido por la criatura que ataca en las noches a las vacas de la comarca.
“Cabo, prepare la comida”, le susurra el sargento.
“¿La comida?”.
“Vamos a pasar aquí mucho tiempo. ¿Ya puso la trampa?”
“El ternero está amarrado en el maizal como me ordenó mi Sargento”.
“Esperemos, pues, a que venga a buscarnos esa otra muerte”, contestó.
El cabo puso una lata de frijoles en el fuego, preparó un café. Escuchó al sargento jugando con un perrito que en mitad de la noche se acercó a buscar calor. Era un perrito pulgoso, negro, de orejas largas y puntiagudas. Le dio pesar el cuerpo largo, huesudo del perrito, preparó una carne y le dio de comer.

El ternero se agitó en el maizal.
“Es nuestra señal cabo…”, lo apuró el sargento.
Caminaron hacia la trampa, con pasos lentos, el cabo se asusto al ver a la cosa que se alimentaba del cuello del ternero.
“¡Bebe la sangre!, gritó el cabo y la cosa lo vio con ojos rojos. Saltó hacia el cabo, quien no tuvo tiempo de moverse y cayó en el piso aprisionado por las garras de la cosa.
“¡Es el chupacabras!”, le dijo el sargento al tiempo que silbaba fuerte.
El cabo escuchó un ladrido, era el perrito que lo defendía. Bajo la luz de la luna lo vio aumentar de tamaño y atacar al chupacabras, la pelea fue feroz, pero el perrito venció. Luego se fue feliz en la noche con sus huesos tronando tra-tra-tra recordándoles que él es aún el dueño de este mundo.