Mundo Oculto

La puerta

Ella no le teme a los fantasmas, no es que descrea de su existencia, simplemente no les teme

Ana necesitaba la casa por un mes, pudo encontrar un piso con comedor y baño, pero ella desconfía de las habitaciones del tipo “usar y tirar”, piensa que quizás algo se queda fijo en las paredes y no es precisamente espiritual; está convencida de que la gente deja su suciedad en los muros. Por eso ella prefiere, cuando tiene que salir de la ciudad y de la comodidad de su predecible mundo, alquilar una casa.
El precio es mayor, pero tiene la seguridad que dedicará tiempo para impregnar las paredes de sus malos olores, es un trabajo demasiado pesado para hacerlo.
La casa es de esas antiguas casas de plantación, que el fervor urbano de varias generaciones ha rodeado de repartos en el paisaje que antes lo formaron árboles de frutas, cañaverales y negros cantando bajo el sol su mala suerte en siglos pasados.
Es una mansión ahora extraña en las nuevas necesidades estéticas, no dice otra cosa que pasado y advierte entrar con cuidado para no despertar a los fantasmas de su largo sueño de resentimiento y olvido.
Ella no le teme a los fantasmas, no es que descrea de su existencia, simplemente no les teme. En ocasiones conversa con ellos con la familiaridad dispensada a los vecinos. Lo curioso de los fantasmas es que ellos juran que los fantasmas son otros y no ellos, que, fijados a sus pasiones, penan por el mundo y por lo general tratan de mandar a los inquilinos a la luz, con el propósito de que descansen.
En esta casa de plantación tan antigua, Ana no ha encontrado fantasmas, al principio pensó que el cansancio de una larga jornada le impedía percibir la presencia de ésos que buscan la luz. Pero llegó el fin de semana y le sorprendió que ni un ánima recorría los pasillos para contar sus cuitas, ni cadenas ni llantos, sólo el silencio en la casa antigua.
Entonces Ana saboreó el miedo, sabe –-porque las ha visto-– de puertas al otro mundo, pero no el mundo carente de sustancia de los espíritus, sino aquel que es como una trampa en donde son torturadas las malas y las buenas almas que caen en su hechizo.
Buscó ese lugar de la casa donde acurrucado espera el devorador de almas, quería cerrarla, por eso bajó a la bodega, luego en el ropero, bajó la cama, escuchó con atención cada sonido de la casa, sin éxito.
Ana no buscaba una puerta ni una ventana, sabe muy bien que en ocasiones es apenas una pequeña hendija en una silla, en la pared, imperceptible para el ojo humano. En otras ha visto flotar en habitaciones el acceso al infierno. Eso es lo que busca, por el silencio de las almas.
Escuchó llorar a una mujer en el segundo piso, no subió, le habló desde el descanso de la escalera:
-¿Por qué lloras?
-“El infierno me está llamando” --contestó el alma.
-“Yo puedo ayudarte –-dijo Ana-–, dime ¿dónde está el acceso?, y cerraré esa puerta”.
-“La puerta eres tú... Ana” --contestó el alma que lloraba.
La verdad penetró cada centímetro de su piel, quería llorar, pero el fuego del infierno le había secado hace tiempo las venas.