Mundo Oculto

Despedida

Octavio dejó de alimentarse y se acostó en una banca del parque, diciendo: “Espero a la muerte”

Octavio sabía de la fragilidad del corazón de Flor, y a pesar de tener el tiempo en contra decidió amarla. La amó en silencio, acariciándola con la mirada, le habló pocas veces del clima, las cosechas, de las nubes que pasan alto.
Nunca le dijo una palabra del destino, ni dejó escapar un suspiro ante ella. La quiso, desde el primer día que la vio en su vida hasta el último que ella estuvo sobre la tierra. Fueron tres meses de amor mudo.
Después intentó olvidarla, intentó amar y ser amado, pero ninguna mirada llenaba su corazón.
Pronto se dio cuenta de que su silencio le había impedido la oportunidad del amor.
Se entregó con desesperación al amor imposible que el azar le negó. Octavio se convirtió en un espectro, al menos eso decían los cuidadores del cementerio cuando cada día le miraban llegar a la tumba de Flor con regalos.
“Flores, rosas... es normal” – comenta el vigilante a los cuidadores y seudoprofanadores de tumbas -- pero Octavio trae chocolates, juguetes, ropa...
¿Es cierto que habla con ella? - preguntan en el pueblo.
“Él le habla -- responden otros-- pero lo que no sabemos es si ella le responde”.
“No, ella no me responde – contesta Octavio cuando llegan a él las habladurías de la gente – ella no puede hablarme, está muerta”.
“Tanto acercarse a la muerte hijo – le dijo Rogelio, sacerdote del pueblo – va a terminar por convertirlo en un muerto en vida, tiene que vivir su vida, dejar atrás lo que pudo ser y no fue”.
Pero Octavio pronto estuvo sordo a las sugerencias y los consejos cargados de buenas intenciones.
Lo consumía una pasión fatal, peor que el amor no correspondido es la duda de “pudimos amarnos”.
Octavio dejó de alimentarse y se acostó en una banca del parque.
“Espero a la muerte – le dijo a sus confidentes – quizás en el otro mundo encuentre la respuesta a la pregunta que me aqueja ¿sabía de mí? ¿Me amó aunque sea un momento?”.
La muerte tardó. Al final llegó.
Un domingo los niños lo encontraron frío, como una marqueta de hielo, en la banca. Recibió la muerte sonriente. Sus labios tenían un color extraño.
¿Qué es eso en la boca? - preguntó el policía al médico de turno.
“Es pintura de labios” – respondió el médico.
¿Octavio? ¿Con costumbres raras? - observó el padre tratando de no sorprenderse, pero la actitud de Octavio durante esos últimos meses le hacían esperar cualquier cosa.
“Es el signo de un beso – dijo una anciana entre la multitud – ése es el beso de Flor, que vino del otro mundo a reclamar lo que por derecho divino era suyo”.
¿El amor de Octavio? - preguntó el médico.
“Su alma” – dijo el padre con dolor.
Hicieron el signo de la cruz, lo enterraron en silencio, juraron no hablar más del asunto. Pero en las noches de luna se les ve pasear por el parque, fundidos en un abrazo. La gente trata de no verlos, pero los niños que todo lo ven y no temen gritan: “Ahí van Flor y su amado Octavio”.
Yo no los he visto, pero los escuché pasar.