Mundo Oculto

El sueño

La mujer de sus pesadillas rió durante semanas por el fallido intento de Matilde por liberarse de un fantasma

Jove

Matilde soñó esa noche, como hace muchas noches, con la mujer que le exigía: “buscame”.
Quería terminar con esos sueños, lo intentó con pastillas para dormir, pero descubrió que la presencia de la mujer en sus sueños se volvía más real y, peor aún, no podía despertar a voluntad, por tanto quedaba atrapada en la pesadilla.
Conversó con un psicólogo y éste le habló de la ansiedad y de la falta de vida sexual, entonces descartó al especialista en salud mental y se convenció de que el tipo quería meterse entre sus pantalones. La mujer de sus pesadillas rió durante semanas por el fallido intento de Matilde por liberarse de un fantasma con un especialista.
Le dio una oportunidad a los vecinos, pensó en la posibilidad de que alguien, de manera inadvertida, le dijera algo sobre el pasado de la casa. Pasado que su inconsciente guardaba para recordarle: todos los seres mortales tienen miedo a la muerte, en particular a la muerte cuando va de la mano con lo desconocido.
En el vecindario no hay ni una historia macabra, nadie ha muerto en las casas, ya que tiene menos de 10 años desde que se construyeron las primeras y éstas las habitan parejas jóvenes.
La radio le anunció que un vidente podía ayudarle. Al principio con indiferencia, luego con verdadera desesperación, buscó un vidente que pudiera liberarla de sus pesadillas, en particular de esa mujer que le exige buscarla.
La mayoría de los videntes no son tal cosa: venden baratijas como agua con azúcar, como si viniesen de la misma fuente de Lourdes. Para suerte de Matilde, las pesadillas no le quitaron la capacidad de discernir la diferencia entre la verdad y la mentira. En seis meses lo único que encontró fueron mentiras.
“La clave para conocerse”, leyó en la contraportada de un libro de autoayuda. Decidió buscar la solución en ella, poner atención a lo que la mujer de sus sueños le decía cada noche.
“Buscame”, dice la mujer, y no sale otra palabra de su boca. “Buscame”, insiste sin cambiar el tono desgarrado con el cual le habla.
Tras muchas noches Matilde observa la constante: una calle, La Gonzaga, una casa colonial llena de luz, la mujer deambula en esa casa exigiendo: “buscame”.
Buscó en todos los mapas de la ciudad, no encontró la calle. Buscó en los mapas disponibles de otras ciudades, con idéntico resultado: la calle no aparece.
Estaba a punto de desistir cuando decidió probar suerte buscando en Internet.
Escribió La Gonzaga. Encontró la calle que buscaba, la única calle del mundo con ese nombre, una calle lejos de su patria.
Adquirió un ticket de avión, voló siete horas sobre el Atlántico. Descansó, al menos lo intentó, y la mujer le sonrió en sueños.
Rentó un auto, con el posicionador global buscó la calle, manejó cuatro horas y encontró la casa, casi en ruinas.
Una anciana en silla de ruedas le dio la bienvenida.
“Hija... sabía que vendrías. Una mujer me lo dijo en sueños”, pudo así Matilde acceder a su pasado, saber que su padre la había arrebatado de los brazos de su madre apenas recién nacida, tenían tanto que hablar y tan poco tiempo.