Mundo Oculto

Fanáticos del cráneo5

La bandera pirata, las fiestas de Halloween o la conocida mascota del grupo ‘heavy’ Iron Maiden han conjugado con gracia el lado menos amargo y más festivo del uso y gusto de los humanos por regodearse con los elementos mortuorios

EFE / Reportajes
La imaginería de la muerte es universal, aunque su mensaje no es tan concreto. La adoración mexicana a la ‘Santa Muerte’, la veneración boliviana de las ‘Ñatitas’ y el ‘Ganga Sagar’ hindú son algunas de las celebraciones que se sirven de los restos de los muertos como instrumentos espirituales. Atrás queda la imaginería del rock, tan similar a los códigos de comunicación de la piratería con su bandera de tibias y calavera.
“Dame la luz de tus ojos en este sangrado río, no dejes que yo me pierda, que calavera ya he sido, que calavera ya he sido y me cansé de borracheras, quiero beber de tus aguas y vivir de otra manera”, celebraba la canción del combo español Seguridad Social. “Calavera” exponía la soflama de un vividor dispuesto a abandonar la vida de juergas para refugiarse en el recogimiento amoroso.
Sin embargo, y lejos de este simbolismo rockero, la imagen de los restos humanos siempre ha tenido un significado dramático.
La bandera pirata, las fiestas de Halloween o la conocida mascota del grupo ‘heavy’ Iron Maiden, Eddie, han conjugado con gracia el lado menos amargo y más festivo del uso y gusto de los humanos por regodearse con los elementos mortuorios.
A esto no se sustrae la cultura mexicana, partícipe de una peculiar revisión de la cultura funeraria.
Desde esta perspectiva, muchos han señalado que esto sólo obedece a una anormal predilección por lo macabro, sórdido y siniestro del hombre. Aunque más allá de ello, sí existe una consciente aceptación de modos y costumbres que se han generado en torno a la honra de los muertos. Así, junto a la fiesta estadounidense de Halloween, el Día de los Difuntos en el país azteca lega la estampa más internacional del asunto.
Macabro, mórbido, siniestro
Empero, este hito de la fusión latina alcanza su máxima expresión en la acongojante y mórbida devoción a la Santa Muerte. Algo que no está vinculado a los rituales de las culturas anteriores a la conquista. Sus fieles, a través de la llamada “Iglesia Católica Tradicional de México”, han tratado de ser reconocidos por el Vaticano e instituciones gubernamentales. De hecho, sus seguidores se estiman en un número de más de dos millones.
Por ello es frecuente presenciar el proselitismo de esta religión minoritaria por las calles del país y en gentes con llamativas vestimentas de color blanco, a semejanza de la conocida también como “niña blanca”. La construcción de templos, por otra parte, aumenta a medida que más gente se adscribe a un movimiento que exhibe esqueletos con guadaña, calaveras reales u otros ornamentos episcopales.
La tétrica confesión se extiende a ambos lados de la frontera, incluso se ha podido comprobar que entre sus seguidores se hallan varios capos del narcotráfico. Gracias a la labor de la policía antidroga se han encontrado altares e imágenes de la “Santa Muerte” en las guaridas de los mafiosos.
Por su estética y símbolos, muchos de sus detractores han encontrado similitudes con los movimientos de índole satánica y una motivación inconsciente por cometer delito. Ésta es la razón por la que fuentes del ministerio de Gobernación (Interior) --a cargo de los asuntos religiosos-- afirmaron que pretenden “tener la certeza de que sus actividades están de acuerdo con las que reportaron en el registro legal”.

El ciclo de la muerte violenta
En este sentido ha ahondado un poco más el maestro en Ciencias Antropológicas Felipe Solís, quien señala que este culto “tiene que ver con la situación crítica del país” y no con los rituales de los antiguos pueblos prehispánicos, con los que nada tiene que ver.
Es --entonces-- la violencia entre carteles o la seguridad que brindan las oraciones tras las masacres y enfrentamientos lo que impulsa a esta generosa dádiva. Además, el levantamiento de templos y capillas es más común desde que decidieran prescindir de ocultar esta creencia. Con ello, los 31 de octubre de cada año se echan a la calle para festejar --entre música de mariachi, bebida y comida-- algún favor o golpe de suerte recibido.
El culto a la Santa Muerte comenzó en los años 40 en barrios modestos de la capital mexicana y después se extendió a todo el país, donde se le reverencia en capillas improvisadas en las calles. Según Solís, la veneración a la ‘Flaca’ o ‘Martita’ --como también se le conoce-- “no requiere ética, porque no hay un compromiso de portarse bien para ganarse el favor, simplemente se le dan dádivas para obtener su protección”.
Es paradójico que de este modo se compruebe que “el tráfico de drogas, la prostitución y el asesinato” son algunas de las actividades en las que se encuentran implicados sus practicantes. Las ofrendas -- flores, dulces, manzanas, joyas, fajos de billetes y algún reloj Rólex-- tienen como fin lograr la libertad de un hijo en prisión, la muerte de un ‘narco’ rival, la sanación de un adicto, etc. Y harto curioso es que entre sus protagonistas haya millonarios, ladrones, prostitutas, niños de la calle, policías, narcotraficantes o, finalmente, gente corriente.
Extendido el culto entre el resto de los vecindarios, muchos ciudadanos se declaran asustados por una religión que representa la muerte violenta que acecha a miles de personas.
“Yo me drogaba. Me dieron una golpiza. Estaba muy mal, pero de pronto (la Santa Muerte) se me apareció en la casa de un amigo y me ayudó a salir de todo eso. Pensé que me iba a llevar, pero no fue así, me sacó adelante y por eso le rezo y la traigo un anillo”, dijo Brisa García, una ex drogadicta de 21 años natural de Tijuana.
‘Ñatitas’ en procesión
Distinta es la veneración que en noviembre hacen miles de bolivianos para honrar a las ‘ñatitas’ o calaveras. Ésta es una tradición que supone el reencuentro entre vivos y muertos y está englobado en las celebraciones en torno al Día de los Difuntos. A diferencia de la “Santa Muerte”, Se considera que esta devoción sí puede estar estrechamente vinculada a la época precolombina.
Las “ñatitas” se convierten en protagonistas de una procesión colorida hasta el camposanto, donde se continúa honrando al difunto con flores, adornos y ambiente festivo. Pertenecientes a familiares, procedentes de un robo de tumba o cedidos por estudiantes de medicina, los cráneos son emparejados y colocados en hornacinas con el fin de obtener fortuna para el hogar, buen clima para el campo y las cosechas o la revelación de cualquier problema.
Incluso, a estas calaveras o ‘chatitas’ les lanzan peticiones entre vela y vela u oración. Aunque no hay consagración religiosa y el acto no entra en el calendario litúrgico, porque los católicos no rezan a la muerte.
Estos “fanáticos del cráneo”, en palabras de sus detractores, disfrutan de la ceremonia junto a los nichos con bebida, comida, hojas de coca y cigarrillos.
Purificar pecados
Un hombre sagrado o ‘sadhu’ dedica parte de su tiempo a pintar y decorar los cráneos que utilizará para el festival Ganga Sagar --que se celebra entre los días 12 y 14 de enero. Ésta es una de las tareas que realizará antes de entregarse al rezo y la introspección.
El certamen, realizado en Babughat (Calcuta, India), es una de las más importantes reuniones anuales de los devotos hindúes en India. Es --de facto-- el festival que reúne al mayor número de fieles de esta confesión espiritual. Bañándose en el Ganges para purificar los pecados, pasado y muerte se encuentran representados por Kali o las cenizas de los seres queridos en el fondo del río.