Mundo Oculto

En las aguas

El sargento le disparó en medio de los ojos, los hombres reaccionaron de inmediato, encañonaron al sargento y demandaron explicaciones

Jove

“Yo vi el animal cuando salto del agua para agarrar al niño del cogote”, le decía Rodolfo Mendieta a los familiares del niño Leoncio Argüello.
“Yo lo vi. Ya antes ese mismo animal me había agarrado unas reces en ese lugar donde ahora agarró al niño”, añadió.
Al pueblo bajó la noticia como el fuego, preocupando a todos. En el ojo de agua hay un cocodrilo que se zampó al hijo de los Argüello. Qué calamidad. Tan buena que era la criatura.
Fíjese usted qué muerte tan terrible, y lo peor es que no se puede abrir al cocodrilo como al lobo que se comió a la Caperucita y su abuelita.
Los hombres tomaron sus rifles de caza, las escopetas y las pistolas para protección de sus bestias y siguieron el curso del río, para cazar al cocodrilo. Tres días y nada, tres días de recorrer charcas y ramas del río, pero sin señal del animal “devoraniños”.
El sargento, al descansar a la sombra de unos árboles de pino preguntó a los hombres de la partida de caza: "¿Alguien más ha visto a ese animal?”.
“No”, le respondieron los hombres. “Fue Rodolfo Mendieta quien dio parte de lo ocurrido en el ojo de agua".
“Entonces”, dijo el sargento con el rostro gris, “no buscamos un animal, buscamos un hombre, un asesino y ése es Rodolfo Mendieta, apuremos el paso que 7nos lleva tres días de camino”.
Pero Rodolfo Mendieta estaba en su casa. Acostado en una hamaca, dejando que el estómago procesara el alimento resiente. No le sorprendió que llegarán a buscarlo.
“Los esperaba”, explicó con una mueca sardónica.
“¿Por qué?”, le preguntó la multitud.
“En la guerra del 7 --explicó el hombre con una mueca de dolor-- me perdí con mi unidad en la selva. Éramos hombres de ciudad enlistados en una guerra por una patria en la cual nos sentíamos ajenos, la selva no es un paraíso, como creen algunos. Para quien ignora sus secretos es un desierto húmedo, un féretro verde”.
“¿Por qué?”, le preguntó el sargento mientras cargaba su arma de reglamento, incapaz de llevar a Mendieta ante la justicia, pues en el aire había detectado crímenes más terribles.
“El hambre, después la costumbre, la fuerza de la costumbre, hay hábitos que uno no puede abandonar”.
El sargento le disparó en medio de los ojos, los hombres reaccionaron de inmediato, encañonaron al sargento y demandaron explicaciones.
“En estos tres días él tuvo tiempo, con nosotros siguiendo los pasos de un cocodrilo, bajó al pueblo... no vale la pena regresar, ha hecho de nuestras mujeres e hijos un banquete para las aves de carroña”.
Luego, desde lo profundo de la selva, el sargento escuchó la risa de aquel que ha jurado destruir la raza de los hombres.