Mundo Oculto

Los más malvados de la historia

La crueldad humana no tiene límites y en su seno ha criado a los personajes más déspotas que gozaron con el dolor de centenares de hombres y mujeres de todas las edades

Un libro recién publicado muestra cómo la historia del mal corre pareja a la del hombre. Basta con echar un vistazo al ejemplar recién publicado en Gran Bretaña: “Los hombres y mujeres más malvados de la Historia”, de Miranda Twiss, para recordar que la maldad siempre nos ha acompañado, desde el siglo I e incluso antes.
Aunque hay muchos criminales, hay muchos realmente aterradores. Éstas son las atrocidades cometidas por cinco de esos hombres y mujeres.
La galería de personajes perversos de Twiss arranca con la historia de dos emperadores romanos: Calígula y Nerón. Los dos crecieron entre tantos horrores que nacieron prácticamente destinados a padecer trastornos mentales.
Calígula: A Calígula le deleitaba la tortura y le gustaba cenar rodeado de hombres y mujeres que morían lentamente a manos de sus verdugos. Pero no se puede pretender que tenga buen corazón alguien que de niño vio cómo su padre moría envenenado, su hermano mayor fue obligado a cortarse él mismo el cuello, mientras su madre y su otro hermano murieron de hambre. Sólo sobrevivieron sus hermanas, con quienes Calígula mantenía relaciones sexuales de forma regular… en público. Calígula murió asesinado en una conspiración de Pretorianos encabezados por los tribunos Casio Querea y Cornelio Sabino.
Nerón: Emperador desde el año 54 hasta el 63, puede considerarse otro producto de la depravación imperial. Su madre, Agripina, que tenía fama de ser una de las mujeres más despiadadas de Roma, fue desterrada cuando él tenía dos años. El niño fue a vivir con una tía, que solía dejarlo solo, abandonado en la más terrible miseria.
Nerón era violento e implacable. Compartía con la mayoría de los romanos su afición por los espectáculos crueles en el anfiteatro, su figura ha sido particularmente demonizada por su ensañamiento contra los cristianos, a quienes Nerón mandaba que los crucificaran o que fueran devorados por los leones en el circo, y de noche los utilizaba como antorchas humanas para iluminar los jardines de su palacio.
Comprensiblemente, sentía un odio especial por su familia. No obstante, asesinó a sus parientes cercanos por motivos concretos: envenenó a su hermano para impedir que le usurpara el trono, envió asesinos a que mataran a su madre para librarse de sus conspiraciones, mató a la tía que lo había maltratado para apoderarse de sus lujosas fincas, y asesinó a su esposa, Octavia, para casarse con Popea. Al final, abandonado por sus ejércitos, el Senado y la Guardia Pretoriana, huyó a una villa de las afueras de Roma, donde se suicidó.
Vlad de Valaquia (1431 - 1476): Al lado de Vlad de Valaquia, el personaje real que inspiró su leyenda, el literario conde Drácula de Bram Stoker es un gatito sin dientes. El príncipe Vlad Tepes Drácula, que conquistó y perdió tres veces el reino de Valaquia, (situado en lo que hoy es Rumanía), fue responsable de la ejecución de 100 mil personas durante los siete años que duraron sus sucesivos reinados.
Nacido en 1431, pasó casi toda su infancia como rehén de los turcos. Además, los húngaros asesinaron a su padre y le quemaron los ojos a su hermano con un pincho al rojo vivo antes de enterrarlo aún con vida en su presencia. Vlad juró que se vengaría.
A través de hábiles maniobras diplomáticas y de acciones despiadadas se hizo con el trono en 1456 y se centró en la unificación de su pueblo, un proceso que pasaba por desmantelar el poder de los boyares, la aristocracia local. Independientemente de su carácter sádico, el príncipe supo usar la violencia como arma política. Para asegurarse la lealtad de sus súbditos, Vlad utilizó recursos horrorosos.
Disponía de una inmensa olla cuyo perímetro estaba cubierto de tablones con agujeros, por los que se introducía la cabeza de la víctima. A continuación ordenaba que llenaran la olla de agua y que prendieran fuego en la base para que el vapor fuera cociendo lentamente las cabezas.
Pero más espectacular era la técnica de empalamiento que aprendió de los turcos y que le valió el sobrenombre histórico de Vlad el Empalador. La víctima era colocada en el suelo con una estaca engrasada de 15 centímetros de diámetro entre las piernas. Luego le ataban las piernas a sendos caballos, que al tirar le clavaban lentamente la estaca a través del ano hasta que salía por la boca, momento en que la levantaban y la clavaban en la tierra.
Decenas de miles de personas fueron ejecutadas de este modo, a veces por centenares. En 1457, por ejemplo, 500 boyares que asistieron con sus esposas a un banquete de Pascua en el palacio de Vlad fueron empalados tras haber sido acusados de deslealtad.
La condesa de Bathery (1560 - 1614): En 1560, menos de un siglo después de la muerte de Vlad de Valaquia, nació en la vecina Transilvania la condesa Elizabeth de Bathery, famosa por bañarse en sangre para conservar la juventud.
La condesa era una mujer de excepcional belleza. No es, pues, extraño que se casara con un célebre guerrero, Ferenc Nadasdy, conocido como “El Héroe Negro de Hungría” y famoso por su crueldad. Como solía ausentarse a causa de las guerras, Elizabeth comenzó a asistir a las orgías organizadas por su tía Karla, que era lesbiana.
Fue en estas fiestas donde empezó a desarrollar una gran afición por el sadismo y, tras la muerte de su esposo en 1604, comenzó a disfrutar cada vez más torturando a niñas hasta la muerte. Al descubrir que la sangre parecía rejuvenecer su envejecida piel, Elizabeth se dedicó a secuestrar a más niñas. Según los testimonios presentados durante su juicio, mordía a las niñas primero en la mejilla y a continuación en los hombros y les arrancaba un trozo de carne con los dientes. En 10 años desaparecieron más de 600 niñas, muchas de las cuales acabaron desangradas para contribuir a la juventud de la condesa. En 1611 fue condenada a cadena perpetua y a ser emparedada en su castillo, con una pequeña abertura para ser alimentada. Murió cuatro años más tarde.
Idi Amín Dadá (1928 - ...). En el siglo XX no han faltado personajes abominables. El libro de Twiss da buena cuenta: Hitler, Mengele, Stalin, Pol Pot... o Idi Amín Dadá, el dictador que gobernó Uganda entre 1971 y 1979. Mostraba las ejecuciones de sus enemigos en directo por televisión; mutiló el cadáver de una de sus esposas y obligó a su hijo a ver el cuerpo; guardaba en la nevera la cabeza de uno de sus superiores muertos, el general Suleimam Hussein, y mantenía conversaciones con ella. Al final de su reinado, en 1979, el siniestro Departamento de Investigación del Estado había liquidado a 300 mil ugandeses, uno por cada 60 habitantes del país.
Al poco tiempo de haber tomado el poder ‘manu militari’ en enero de 1971, Amín inició una campaña genocida contra las tribus y los oficiales del Ejército que le habían sido desafectos. Algunos fueron asesinados a bayonetazos, otros perecieron aplastados por tanques o fueron utilizados como dianas en prácticas de tiro. En cinco meses Amín acabó con la mayor parte de los profesionales entrenados de su Ejército.
Después le tocó a los civiles. El Gobierno asesinó en secreto a miles de ugandeses. Tras ejecutarles, agentes del Departamento de Investigación del Estado informaban a las viudas de que sus maridos habían muerto en circunstancias extrañas y les reclamaban dinero por llevarles ante el cadáver.
Los cuerpos que nadie reclamaba eran lanzados al lago Victoria. Unos eran devorados por los cocodrilos; los demás flotaban hasta las compuertas de la central hidroeléctrica de Owen Falls. Los ugandeses aprendieron que cuando se iba la luz en los dos hoteles de lujo de Kampala las esclusas de la presa habían quedado bloqueadas por cadáveres descompuestos.
La policía secreta de Amín solía matar a la gente lentamente. A menudo cortaba un trozo de carne a uno de los presos y obligaba a los demás a comerla cruda o asada. Sin embargo, Amín decretó que se utilizara un método más rápido. Se prometía a un recluso el indulto si mataba a otro encadenado en una celda, a golpe de mazo. Cuando el ejecutor cumplía era encadenado para que otro preso lo matara a él.
En 1979 decidió mandar tropas a invadir Tanzania, pero esto trajo como consecuencia el contraataque del gobierno tanzano presidido por Julius Nyerere, que apoyó a milicias opositoras ugandesas afincadas en su país. Los tanzanos lograron penetrar hasta la capital ugandesa Kampala, derrocando a Amin, que huyó a Libia y después se exilió en Arabia Saudita, donde vivió tranquilamente y murió en 2003.