Mundo Oculto

Los olores de la noche

Comprendió que eran mujeres las que ahora rodeaban al hombre y rezaban en una lengua olvidada, el hombre quería decir algo, abrió la boca y de ella salió sangre

Taita-- dijo Rupandiya con voz quedita, para evitar que alguna mala alma de las que buscan hombres perdidos en la noche lo escuchará-- ¿huele usted en el aire el aroma de la muerte?
-Mmmmm --rezongó el taita-- estamos cerca de un cementerio chosme.
- No veo las cruces taita.
- No todas las últimas moradas de los hombres tienen una cruz que anuncia un cuerpo devorado por gusanos.
- Pero no huele a muerte vieja, es muerte sí, pero muerte viva, muerte bípeda, muerte que huele a hombre.
- Cállese pues y camine, que hay cosas en la noche que uno no debe ver y mucho menos sentir.
Pero Rupandiya no puede seguir el paso del taita, quiere saber qué es aquello que desde la profundidad de la noche huele a muerte, sabe que no es la muerte, porque él ha conversado tanto tiempo con ella y la muerte huele a desesperación, a soledad, pero no a sangre.
De a poco su corazón le dice que cambie de rumbo, suba a la montaña, se acerque a ese olor que lo atrae tanto y obedezca a su curiosidad.
Pasa algunos minutos caminando en la oscuridad, el reflejo de unas antorchas a lo lejos le señaló el lugar preciso, quería ver, solamente, ver, acercarse a ese olor que percibía por primera vez.
Sobre una piedra observó a un hombre atado, dormía, pensó que dormía. Vio gente aproximarse, vestían de riguroso negro.
La ropa, la oscuridad no permitía verles el rostro, pero insinuaban mujeres, comprendió que eran mujeres las que ahora rodeaban al hombre y rezaban en una lengua olvidada, el hombre quería decir algo, abrió la boca y de ella salió sangre.
Rupandiya comprendió que le habían cortado la lengua, se preguntó las razones, pensó que pronto una de las mujeres sacaría un puñal y atravesaría el corazón del hombre, pero no ocurrió así; lo mordieron, le arrancaban la piel a mordiscos y sintió miedo, genuino miedo, porque a ellas no las impulsaban los espíritus, era franca locura.
Rupandiya intentó alejarse, ellas lo escucharon, tomaron sus antorchas para encontrarlo. Corrió, por su vida mortal, no quería morirse a mordiscos. Fue acorralado como un animal, la líder se acercó, supo que iba a morderle la lengua; gritó y el grito le salvo la vida.
- Ceguas --le dijo el Taita -- no toleran la voz de los hombres.