Mundo Oculto

Sonidos de otros mundos

Existe una relación metafísica entre los objetos y el sonido, ordenado en forma de música

Percibimos los sonidos mediante el sentido del oído. Incluso los sordos captan su presencia por el tacto. Todo lo que existe vibra, y por tanto es factible de ser escuchado.
¿Ha oído hablar alguna vez de lo que es un fractal? ¿Sabe cómo suena una figura geométrica como la que adopta un círculo de cereal o una catedral gótica, construida mediante antiguos y secretos conocimientos de geometría sagrada? ¿O el efecto que tiene sobre el espíritu la armonía obtenida por el diálogo entre un instrumento musical y los propios sonidos de la naturaleza?
Los antiguos griegos consideraban a la geometría como “música congelada”. La leyenda cuenta que Pitágoras caminaba un día pensativo, cuando pasó cerca de una herrería en la que los trabajadores golpeaban los yunques con sus martillos. No prestó atención, pero algo raro impactó en su subconsciente. Volvió al taller, y pudo apreciar que los golpes combinaban curiosamente unos con otros, según su altura tonal. Así descubrió las leyes de la armonía, y su misteriosa relación con el número sagrado -–1,61803...-–.
Estas leyes son válidas no sólo para la música, sino para todas las actividades que permiten transformar la naturaleza a fin de hacer más cómoda la vida del hombre: geometría, arquitectura, entre otros.
Las tonalidades
El cerebro humano reconoce la belleza y el equilibrio cuando estas normas rigen la estructura de las cosas. Los intervalos tonales -–su “verticalidad”-– combinados con su desarrollo en el tiempo -–su “horizontalidad”, su ritmo-–, inducen imágenes mentales, provocan estados de alteración de conciencia, sanan o enferman, modifican nuestro estado emocional y nos proporcionan desgracia o felicidad.
Los sonidos, armonizados o no, son imprescindibles en la práctica de la magia, que aprovecha el inmenso poder de la palabra –-Alí Babá, en Las Mil y una Noches utiliza una alocución imperativa: “¡Ábrete Sésamo!”, para abrir las entrañas de la Tierra y acceder a su interior-–.
Tienen también una enorme energía capaz de destruir las murallas de una ciudad, como relata la Biblia –-las “Trompetas de Jericó”. Josué 6,20–-. Son inseparables de lo sagrado; los sabios egipcios conocían perfectamente la influencia de las leyes áureas sobre los hombres y sus obras y las aplicaron. Construyeron templos, edificios y criptas donde se produjeron las primeras manifestaciones de canto sagrado, al que algunos investigadores atribuyen la capacidad de aligerar el peso de las piedras.
Existe una relación metafísica entre los objetos y el sonido, ordenado en forma de música. Podríamos considerar a cualquier edificio -–ya sea una catedral o una humilde ermita-– como “partitura” de una melodía que nos descubre consciente o inconscientemente los secretos de su estructura. Cuando paseamos por el interior de los edificios sagrados nos envuelve un aura, una atmósfera sonora –-además de lumínica-– que nos conduce al recogimiento, a la elevación espiritual y a la conciencia.
También los sonidos artificiales pueden adquirir propiedades sorprendentes cuando se mezclan con los naturales, creando atmósferas sugerentes, relajantes y capaces de llevarnos a estados de gran creatividad.
El sonido de las cosas
Las cosas suenan mediante una vibración transmitida por el aire. Se constata fácilmente observando un árbol, un pájaro, una cascada. Esta forma de transporte es posible por la singularidad atmosférica de la Tierra. No podemos escuchar nada en lugares donde no exista la mezcla de gases que permiten la vida. En Marte, por ejemplo, si su ausencia es absoluta, no apreciaríamos ni el fragor de una bomba atómica.
La hipótesis, sin embargo, es que existen también sonidos -–no registrados con nuestra tecnología-– producidos por los cuerpos físicos, por pequeños que sean, que no necesitan soporte. Hemos de tener en cuenta que toda materia no es sino energía girando permanentemente -–electrones, protones, neutrones, etc.-–, y que produce radiaciones que pueden escucharse con tecnologías específicas.