Mundo Oculto

El amor y el muerto

Y aquél tendió su negro manto sobre los ojos de Alfredo, le mostró el infierno, el lugar en donde su alma se retorcería de dolor por siempre

Alfredo Martínez salió al patio en mitad de la madrugada, en el corral el gallo cantó la hora y el cambio del tiempo. “Las 3 --pensó Alfredo--, allá me está esperando”, agarró camino, incapaz de mentirle a Luby, no quiso despertarla; “¿para qué? --se dijo-- “total, no voy a regresar, que se quede ahí soñando las cosas buenas de la vida”.
No le sorprendió lo rápido que avanzaba en la oscuridad. “Es señal de que me espera --concluyó con algo de miedo en el estómago--, de que no olvida nuestro compromiso”.
Alfredo, herido de muerte en el valle de los Herrera, pidió al cielo una oportunidad: ver con sus ojos las cosas como pudieron ser. De eso ya 20 años, Luby le pedía cada mes a los santos el milagro de un hijo, pero Alfredo sólo podía darle amor. “A los muertos se nos ha negado la posibilidad de engendrar --quería decirle a Luby cuando la miraba regresar de la clínica del pueblo con la cara larga y los ojos tristes--, la bendición de un hijo nos es negada”.
“El cielo no tiene oídos para los malos hombres”, le dijo la voz desde algún lugar de la noche, “yo te escucho, yo sé lo que sueñas, yo puedo dártelo”.
“Con la oportunidad de amar me fue suficiente”.
“Podés regresar y tener un hijo”.
“Un hijo… hijo del diablo, porque los muertos y los demonios compartimos algo en común: no somos capaces de crear lo bueno de nuestra semilla”.
“Recuerdas que te hablé al oído y te dije: aún es posible regresar a casa”.
“Y regreso”.
“Fuiste feliz”.
“Amé… con la desesperación de los fantasmas, con el constante temor de desvanecerse en una nube de humo”.
“¿No quieres un hijo?”
“Quise… quiero… pero ya no hago tratos con vos. Vengo por lo que ya es mío, mi muerte”.
Y aquél tendió su negro manto sobre los ojos de Alfredo, le mostró el infierno, el lugar en donde su alma se retorcería de dolor por siempre.
“Ésta es tu muerte”, vociferó amenazante, ¿aún la quieres?
“Amé… con eso fue suficiente”.
Y Alfredo, entre en la muerte sin angustias, no miró al cielo; durante años se convenció que arriba no lo escucharían, que no hay quien escuche, que no lo perdonarán, por eso el silencio y el fuego le queman los huesos, la piel, las ganas de gritar y desaparece en una nube de humo.
Luby despierta, sabe que Alfredo no regresará, pero esa noche, sin saber ella cómo el ángel bajó del cielo a decirle que por amor les han concedido el hijo.