Mundo Oculto

Los ojos de la bestia

Me tocó llevarla a la morgue, creo que lloré sobre su cuerpo, examiné y me parece que escuché a alguien reírse al final del túnel, y me desmayé

Jove
“Yo he visto a la bestia”, dijo el viejo que entró en emergencias con un tubo de cañería incrustado en sus entrañas, “y créanme... es más bello que todos los ángeles”.
Ramiro Orozco era el hombre, así lo anunciaba su tarjeta de identidad, pero el que yacía en la camilla no podía ser Ramiro Orozco, porque éste tendría unos 80 años de edad y el herido rondaba los 30.
-- ¿Cuál es su nombre?, le preguntó la doctora Josefa Herrera.
“Yo he visto a la bestia... y créanme... es más bello que todos los ángeles”, respondió el hombre, que según los documentos era Ramiro Orozco.
-- ¿Su nombre es Ramiro Orozco?, insistió la doctora Herrera.
“Yo fui Orozco --contestó el hombre con una voz metálica--, pero también fui y seré otros hombres, cuando esta piel de ahora se convierta en cenizas, porque estoy maldito, yo he visto a la bestia... y créanme... es más bello que todos los ángeles”.
Debo decir que la herida no resultó tan grave, el hombre sanó en unos días, una mañana se levantó y se fue, dejó unas monedas en pago, cuyo valor cubriría los sueldos de todo el personal del hospital durante un año, pero nadie se atrevió a tomar una moneda. Por instinto, decidimos avisar a la Policía y entregar las monedas de oro, por si éstas eran robadas.
Creo que por unos meses nos olvidamos del asunto, hasta que una noche la ambulancia trajo a emergencia a la doctora Josefa Herrara con un tubo atravesándole los intestinos.
“Yo he visto a la bestia... y créanme... es más bello que todos los ángeles”, decía la doctora una y otra vez, en un tono que nos crispaba los nervios. La doctora, a pesar de nuestros esfuerzos, no sobrevivió la noche. Me tocó llevarla a la morgue, creo que lloré sobre su cuerpo, la examiné y me parece que escuché a alguien reírse al final del túnel, y me desmayé.
Al despertar, la doctora me hablaba. No entendí bien qué me decía. “Sueño con ella”, me dije.
“Alfaro, despierte”.
“Doctora”. ¿Estoy soñándole?
“No sea bobo y póngase a trabajar”, me ordenó, al tiempo que regresamos a la Sala de Emergencia.
Me di cuenta de que no dormía. Ahí estaba la doctora, muerta hace unos minutos. Yo vivía, y entonces supe que había visto a la bestia más bella que todos los ángeles.