Mundo Oculto

El gran baile

Te he convertido en una obra de arte, ahora, y mientras te desangras, serás el candelabro central de mi salón de bailes

Jove

Las fiestas de los señores no se anuncian en las radios, ni hay resumen en las páginas sociales de las revistas de moda. Pocos saben cuándo se reúnen, hay más vuelos que de costumbre a la montaña, algunos camiones sin marca pasan veloces por la carretera, sin detenerse.
La gente de los pueblos cercanos sabe que hay algo, pero no preguntan,
ni se atreven a especular, de esas cosas es mejor no saber.
Una persona normal ante tanto aire de misterio prefiere guardar distancia, el miedo a lo desconocido ha permitido a los seres humanos poblar la tierra, el conocimiento acarrea desgracias.
Esa filosofía ancestral no acompaña a los hombres de la ciudad, al menos no era lo propio de Eduardo Mardini, quien quería conocer, devorar el mundo, saber, incluso, aquello que está vedado para el común de los mortales.
Es por eso que Eduardo Mardini salto el muro. Esa casa le atraía, más que ninguna otra casa en la hubiese instalado el sistema de seguridad. Tenía un aire gótico, un aire de muerte arrastrándose entre los resquicios de la madera.
Pudo sentir el aroma a sangre en el ambiente y desde entonces quiso saber más. Esa casa lo llamaba, por eso dejó programado el sistema con 10 segundos de vacíos en cada estación, tiempo suficiente para correr de un punto a otro y pasar inadvertido.
Entró a la casa, pero su piel le dijo que algo andaba mal. Si bien se mantenía dentro de su plan de incursión, su instinto le gritaba: "vámonos". Dudó, y en la duda fue sometido por cinco hombres. Un golpe en la cabeza lo dejó sin sentido por algunas horas, no pudo saber cuántas, no le dijeron.
Al despertar escuchó una música lejana, abrió los ojos, le tomó unos minutos acostumbrarse a la luz. Un hombre rubio de encendidos ojos azules lo contemplaba con gesto complacido.

- “Es una lástima que no podás ver mi obra --le dijo--, la mejor en años”.
- “Puedo explicar. No es necesario que llamen a la Policía”, contestó.
- “Nadie llama a ninguna autoridad en este caso, nosotros somos la autoridad aquí”.
- ¿Nosotros?
Con un gesto imperceptible dio la orden para que otros entrasen a la habitación. Todos rubios, de acerados ojos azules, como el anfitrión.
Reconocieron la perfección del trabajo, la maestría del trabajo. Él les respondió que en esos días la gente ya no reconoce el valor del trabajo manual.
- ¿Aún no comprendés querido? – le pregunto el anfitrión.
- ¿Qué cosa?
- “Todo esto fue una trampa, no necesitamos sistema de seguridad. Sabemos cuando un extraño entra en nuestra casa. Lo percibimos”, y una lengua de reptil salió de su boca para saborear el aire. “Hummmm, el delicioso olor del miedo”. Te he convertido en una obra de arte, ahora y mientras te desangrás serás el candelabro central de mi salón de bailes.

Escuchó un mecanismo activarse, una trampilla se abrió bajo sus pies, descendió, sintió la cera de las candelas en sus extremidades, vio su piel desgarrada, quiso ver el resultado final, pero le bastó oír las expresiones de admiración de los asistentes al gran baile.