Mundo Oculto

Bajo un cielo azul

Al caer la tarde, Carlos no hablo más. Abrazó a la abuela y dijo: "En el patio de doña Cristina", luego se fue

Todos en el pueblo sabíamos. Nadie nos avisó, pero lo sabíamos. El aire nos traía un olor a narcisos mustios, sepultos abiertos y huesos azules bajo el sol. Alguien lo dijo, otro escuchó que alguien lo mencionó al pasar, quizás eran las seis de la tarde cuando el hombre de las noticias advirtió: "Debido a los recrudecimientos de los combates el gobierno nacional pide a los pobladores quedarse en casa".
Fue entonces cuando escuché ese llanto desgarrado que nos llegaba desde todos los rincones de la noche: "Ay mis hijos… ay mis hijos…". Ya había escuchado de la llorona, por primera vez la escuché llorar y tuve miedo; la abuela trató de calmarnos a todos: "Nadie ha muerto todavía, sabemos que nadie ha muerto todavía, estamos todos completos, pongan los colchones en las paredes, ocúltense bajo las camas".
Todos le obedecimos, menos el tío Carlos, él era así, creía que uno no debe resignarse, guardar silencio o cruzarse de brazos, sino que debe dar la cara siempre. Salió al patio, no nos dijo adiós, nunca fue de palabras innecesarias.
Cayó la noche sobre nosotros, llegó el día, las sirenas callaron a los gallos matutinos, las golondrinas alzaron vuelo y del cielo, del cielo azul y feliz, acompañada con el atronar de los motores, descendió la muerte; en pedazos estalló la venta, la casa de los González, con todos los González dentro, el camino desapareció ante nuestros ojos.
"Han notado –nos dijo la abuela– que nunca mueren animales cuando el hombre mata a otros hombres", y era verdad, los perros, los gatos, las aves de corral y las vacas que pudieron saltar los cercos, nos dejaron antes del bombardeo.
Después comenzó el combate, no escuchamos los gritos de los hombres heridos de muerte, pero en nuestra piel sentimos que allá, a una corta carrera de nosotros, los hombres abrían las entrañas de otros hombres, la abuela se puso a llorar, "es como que he perdido algo -nos dijo-, como si una parte de mí se ha muerto".
Quiso salir corriendo, ir a buscar al tío, acompañarlo en sus momentos finales, entonces él apareció en nuestra puerta: “Ya va a terminar --explicó abrazando a la abuela--, quédense todos en casa, que esto está por finalizar", y se quedó con nosotros el resto del día, nos explicaba quién ganaba una posición, quién la perdía.
"Los muchachos han tomado posición detrás de la iglesia, el ejército está del otro lado de la plaza; será difícil tomarse el comando".
Nosotros le poníamos atención a sus palabras porque éstas nos acercaban a donde el destino de todos se peleaba. "Antonio, el hijo de Tere, la de la pulpería, recibió una bala en el tórax… la está llamando, a su madre… ya dejó de llamarla", y nosotros guardamos respetuoso silencio por un rato por nuestro compañero de juegos, amigo de infancia.
"Reynaldo está arriba, en el campanario, desde ahí dispara, no atina uno, no tiene el corazón para dispararle a otro ser humano. A lo lejos lo observa Juan, no sabe que es Reynaldo, su primera base, le dispara”, nos embriagamos de miedo, Juan y Reynaldo siempre anduvieron juntos, eran como Pedro Infante y Luis Aguilar; dos tipos de cuidado.
Y así prosiguió Carlos durante las doce horas de combate, hablándonos de los que se iban, quién disparaba contra el amigo, quién contra el hermano, por qué la guerra es la locura total.
Al caer la tarde, Carlos no habló más. Abrazó a la abuela y dijo: "En el patio de doña Cristina", luego se fue.
El ejército hizo rondas casa por casa, buscando. Llegaron a la nuestra, nos encontraron asustados.
Juan saltó entre los hombres y dijo: "Doña Nicolaza --dirigiéndose a la abuela--, su hijo andaba con los otros… lo siento mucho. Le manda a decir doña Cristina que puede ir por él".