Mundo Oculto

Chupasangre

Creo que fue la primera vez que escuché de ese tipo de cosas. Un animal de cuatro patas que se alimenta de la sangre de otros animales, del tamaño de un becerro pequeño y era alado

Jove

En aquellos años, yo, Pedro González, andaba de conductor de una empresa aseguradora. Me tocó llevar a don Augusto Mendoza, analista de la empresa, allá tierra adentro, a buscar un rancho que reclamaba una indemnización porque algo había atacado a sus animales y extraído toda la sangre.
Creo que fue la primera vez que escuché de ese tipo de cosas. Un animal de cuatro patas que se alimenta de la sangre de otros animales, quizás del tamaño de un becerro pequeño y, según decía el escrito, era alado.
Es normal que una empresa de prestigio como en la que yo trabajaba no creyese en ese tipo de cosas, no sería la primera persona que atribuye la muerte de sus animales a causas no naturales para salvarse de la ruina.
Hablamos con muchas personas, algunas, la mayoría, estaban confundidas, y sus relatos estaban lejos de aportar datos que don Augusto Mendoza podría considerar serios. Ya íbamos a desistir de nuestra aventura en el monte cuando nos presentaron a don Teofilo Castillo, campesino octogenario, él fue la persona que estaba a cargo de las bestias cuando éstas fueron atacadas.
- ¿Es cierto que usted vio el animal? - le preguntó don Augusto.
- Yo vi el animal -nos dijo don Teofilo Castillo- pero tanto como verlo como lo estoy viendo a usted, pues no. En la noche todos los gatos son pardos y no había luna para decirle de qué color era, pero sí puedo decirle que no era un coyote.
- ¿Por qué no? Total, esta región es conocida por los coyotes, leones, tigres... - interrumpí tratando de aligerar la conversación porque quería retornar a la ciudad lo más pronto posible; ahora que lo pienso, entiendo que mi instinto me pedía salir lo más pronto posible de esa región.
- Los coyotes, los leones y los tigres - respondió don Teófilo en tono tranquilo - no tienen alas.
Don Augusto no pudo contener la risa.
- Si usted quiere verlo - dijo don Teófilo en tono misterioso - vengase en la tardecita, como a las ocho de la noche el animal baja del cielo y viene por la bestia.
Muy a pesar mío, don Augusto decidió quedarse, para aclarar de una buena vez el asunto.
Se fue el sol, llegó la noche, había luna. Durante unas horas nos entretuvo el llanto de una guitarra a lo lejos. Don Teófilo vino a buscarnos pasadas las diez.
- Véngase - le dijo a don Augusto - el animal está comiendo allá al otro lado de la colina.
A pesar que no me invitó, decidí acompañar a mi jefe. Anduvimos con la luz de la luna sobre nuestras cabezas, cruzamos la loma y, en efecto, había algo bebiendo la sangre de un ternero. El cuerpo me tembló.
- Regresemos - imploré.
- Usted puede irse amigo - dijo don Teófilo, y vi sus dientes afilados clavados en el cuello de don Augusto, al mismo tiempo, que de su espalda surgían unas enormes alas y voló, con el cuerpo de mi jefe hasta perderse en las nubes.