Mundo Oculto

Las vírgenes negras


Isabel Martínez Pita
EFE/ Reportajes

Veneradas en muchos países del mundo, cada Virgen Negra tiene un nombre y una leyenda por la que se da explicación al tono oscuro que tinta su piel y la de su hijo Jesús. Sin embargo, los estudios realizados acerca de su origen apuntan a mitos y creencias ancestrales procedentes de la prehistoria.
El legado del color negro de la Virgen procede de cultos anteriores de las diosas madres Isis, Belisana o Artemisa que, a su vez, proceden de la adoración en la prehistoria de los meteoritos caídos a la Tierra, que eran venerados como fuente de vida.

La Madre Tierra
En la mitología celta, toda la simbología sagrada giraba en torno a la Madre Tierra, llamada Belisana. Los rituales se realizaban en honor a elementos como el fuego y el agua, y se cocían pociones mágicas con las plantas al alcance de aquella civilización, cuyas propiedades eran aprovechadas no sólo como medicinas, sino también como portadoras de hechizos y maleficios. Las fechas de sus celebraciones se relacionaban con acontecimientos que implicaban a las cosechas, la fertilidad, la salud o la familia, temas que eran considerados sagrados y de los que surgían todos los mitos y leyendas.
De la misma manera que el Sol y la Luna, a los que rendían culto por ser los astros que dirigían el curso de la vida más cercana a la naturaleza, la noche y el día, y cualquier otro acontecimiento cósmico, eran mitificados por su carácter sobrenatural y el poder que ejercían en la vida diaria y en su propia subsistencia. En torno a todos estos elementos se elaboraron los rituales y un mundo mágico de una particular espiritualidad que se fue extendiendo por el norte de Europa.

Implantación del cristianismo
Cuando se estableció el cristianismo, los padres de la Iglesia observaron que aunque la población pudiera creer en la existencia del Mesías, sin embargo, no abandonaban sus rituales anteriores. La solución que dieron para erradicar estas creencias tan arraigadas fue cambiar los nombres de sus dioses por santos, y sustituir las festividades ligadas a los acontecimientos de la naturaleza por hechos cristianos.
Con este sistema de implantación de un sistema religioso monoteísta y sujeto a una férrea estructura jerárquica, el cristianismo tuvo que adaptar, sin embargo, algunos de los símbolos y mitos que se venían venerando desde hacía siglos.
La realidad es que en cada lugar donde hubo un santuario a la Madre Tierra, se instaló una Virgen Negra. Los autores de esta sustitución fueron miembros de órdenes esotéricas, integrados a importantes congregaciones religiosas como la de San Antón, San Benito y el Temple.
Se encuentran, bajo diversas formas una gran Madre o Diosa Tierra, cuyos más antiguos antecedentes se hallan en las “Venus paleolíticas” de la prehistoria. Estas diosas (Isis, Astarté, Cibeles o Artemisa) fueron representadas generalmente de color negro porque era el símbolo de la Tierra primigenia que, una vez fecundada por el Sol, se convertía en fuente de toda vida, pero también era la sustituta de esa piedra negra que, llegada del más allá, caía incandescente creando la admiración de los hombres primitivos.

Meteoritos, piedras negras y sagradas
Aquellas piedras eran reunidas por los romanos que las requisaron de los países conquistados para ser veneradas en un templo dedicado a la Magna Mater (la Gran Madre) que construyeron en el Palatino de Roma. El pueblo acudía allí para solicitar favores, sobre todo relacionados con la fecundidad en el plano físico, así como la fertilidad intelectual y espiritual.
Esta veneración recorrió civilizaciones y países, llegó hasta la Edad Media y ha alcanzado hasta nuestros días. Cuando los musulmanes conquistaron La Meca en el valle de Arabia, en el año 683, se apoderaron del templo de la Kaaba, donde destruyeron 360 ídolos, sin embargo, respetaron la piedra negra, la negra roca basáltica que sigue recibiendo la adoración de los musulmanes.
Este hecho refleja el temor tanto de musulmanes como de cristianos a destruir las piedras negras procedentes del cielo, que explicaban de alguna manera el origen de la vida y constituían la plasmación material del estado espiritual. Ya en la Cábala Hebraica encontramos: “El mundo sólo comenzó a existir cuando Dios cogió la piedra de fundación y la lanzó al abismo de las posibilidades, para que pudiera constituirse el mundo sobre ella”. Esta idea también la recogen los griegos en el mito del diluvio y los celtas en sus creencias.

Nada es al azar
Las congregaciones religiosas del siglo XI, así como los cistercienses y templarios del siglo XII, asimilaron estas ideas sincréticas a través de sus contactos con Anatolia, Siria, Chipre y Egipto, y expandieron por Occidente imágenes de la Virgen Negra que tenían ocultas en su interior piedras de ese color.
Los santuarios de estas vírgenes no fueron instalados por azar, sino que se erigieron sobre las ruinas de templos paganos, a su vez edificados sobre lugares de adoración prehistóricos megalíticos. De esta tradición ancestral las celebraciones actuales hacia las Vírgenes Negras han tomado reminiscencias basadas en sus ritos, mitos y folklore relacionados con las piedras, bosques, manantiales y pozos.
Vírgenes Negras se encuentran diseminadas por todo el mundo. En América, las vemos en Canadá, Bolivia, Brasil, Ecuador y México. En Europa es Francia la que mayor número tiene de ellas, aunque también se encuentran en Alemania, Austria, Bélgica, República Checa, Holanda, Hungría, Inglaterra, Italia, Lituania, Malta, Polonia, Portugal, Suiza y España.
Las Vírgenes Negras también han sido relacionadas con la obra alquímica, en cuyo proceso la piedra con la que se realizan los trabajos en el matraz, culminará su proceso en oro, el metal más puro o en su otra vertiente en la medicina universal, capaz de sanar las células enfermas y devolver a la vida los tejidos muertos.
En la Alquimia, la piedra negra es aquella fase en la que la obra alquímica se putrefacta, muere para, a continuación, poder regenerarse y cumplir la misión de ser perfecta. Sólo a través de la muerte se consigue la resurrección, sólo a través del dolor se conoce la felicidad.